Ensayos de Filosofía
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 Número 12, 2020, semestre 2, artículo 8
 
Publicado 27 septiembre 2020


Resumen

Se examina la situación actual del debate sobre la legalidad de las corridas de toros. Las premisas asumidas por la posición antitaurina son difíciles de defender: que lo inmoral no es arte ni cultura. Se propone abandonar rechazar el marco asumido para justificar la ilegalización de las corridas de toros.


Temas

antiespecismo

antitaurinismo

corrida de toros

ética

patrimonio cultural



Bibliografía

Aristóteles

2014 Ética a Nicómaco. Gredos, Madrid.

 

Duignan, B.

2013 "Speciesism". Encyclopædia Britannica, disponible en: https://www.britannica.com/topic/speciesism

 

Fernández, T. R.

2010 "Sobre la constitucionalidad de la prohibición de las corridas de toros en Cataluña", DOXA. Cuaderno de filosofía del derecho, 33: 725-738.

 

Ferrater Mora, J.

1999 Diccionario de filosofía. Tomo I. Barcelona, Ariel.

 

Lara, F. (y O. C. Serena)

2015 Sufre, luego importa: reflexiones éticas sobre los animales. Plaza y Valdés Editores.

 

Lora, P. D.

2010 "Corridas de toros, cultura y constitución", DOXA. Cuaderno de filosofía del derecho, 33: 739-765.

 

Platón

2014 El banquete. Madrid, Taurus.

 

Plotino

2018 Eneadas. Buenos Aires, Losada.

La tortura sí es cultura. De la est-ética al antiespecismo en la postura antitaurina

Este artículo pretende mostrar la situación actual del debate (popular) en torno a la legalidad de las corridas de toros para mostrar el punto exacto de su enquistamiento. Se harán patentes las premisas asumidas por la posición antitaurina y cómo estas la obligan a tomar una postura harto difícil de defender, a saber, la defensa de que lo inmoral no es arte ni cultura. Se propone abandonar ese punto y rechazar el marco asumido para justificar la ilegalización de las corridas de toros desde el antiespecismo.

 

 

1. ¿Dónde estamos?

 

Un eslogan común en las protestas antitaurinas es que la tortura no es cultura. Pero, ¿de dónde viene esta sentencia? Este eslogan es una respuesta (o directamente un ataque) a las posiciones protaurinas que, sin entrar a discutir lo moral de sus prácticas, suelen defender su tradicional práctica como patrimonio cultural común que el Estado tiene que defender (cfr. Lora 2010: 746 y ss.) debido a la Ley del Patrimonio Histórico Español del 25 de junio de 1985 (y gracias a la amplitud y vaguedad semántica del vocablo patrimonio cultural (cfr. Fernández 2010).

 

La postura antitaurina, sorprendentemente, ha aceptado este marco de debate y ha optado, mayoritariamente, por mostrar y defender que, aunque haya que defender el patrimonio cultural (este es el marco que aceptan), las corridas de toros no son, justamente, patrimonio cultural. El argumento antitaurino es muy sencillo. Entre corchetes, el marco que asumen:

 

[0] Hay que defender (legalmente) el patrimonio cultural común.

[1] El patrimonio cultural común no es inmoral (ni implica sufrimiento).

[2] Las corridas de toros son inmorales y (o porque) implican sufrimiento.

[3] Por tanto, las corridas de no toros no son patrimonio cultural y no hay que defenderlas (legalmente, se entiende).

 

El debate parece entonces enquistado en una discusión cuyo tema central es si las corridas de toros son cultura o arte (que en el debate parece operar de forma casi indistinta). De serlo, parece que deberían permitirse legalmente por lo comentado más arriba (proteger el patrimonio cultural) pero, de no serlo, parece que no habría motivo para seguir tolerando esta práctica. De esta forma, a los defensores de las corridas de toros les basta con defender que esta práctica encaja dentro del ambiguo patrimonio cultural, mientras que la posición antitaurina debe hacer la ardua tarea de mostrar que, si algo es inmoral o implica sufrimiento, no es ni arte ni cultura (y por tanto no debe estar permitido). Examinemos este último punto.

 

 

2. ¿Puede la inmoralidad ser arte? Apuntes en torno a la relación est-ética

 

El problema de la postura antitaurina no es tanto su loable horizonte sino la difícil tarea que se ha puesto en el marco que ha aceptado. Para que el argumento anterior sea válido debe (de)mostrar una premisa [1] que, lejos de ser evidente, es bastante difícil de defender. Esta premisa sostendría que si algo es inmoral, entonces no es arte; es decir, que las categorías estéticas están subordinadas a los valores morales. Como digo, esta tarea es harto compleja.

 

Esta postura entronca con la tradición occidental con el concepto griego de kalokagathía que es un sustantivo compuesto por la palabra kalós (καλός) que significa bello y agathós (ἀγαθός) que significa bueno. Esta unión entre lo bello (estética) y lo bueno (ética) parece ser la postura de Platón cuando en El banquete (201c) Sócrates dice: "Pero respóndeme todavía un poco más. ¿Las cosas buenas no te parecen que son también bellas?" o como también podemos leer en Lysis (216d): "Insisto, pues, en que lo bueno es lo bello". Esta postura de unión entre lo bueno y lo bello fue también asumida por parte de algunos discípulos platónicos como es el caso de Plotino. Para él, había una interconvertibilidad de los términos (Ferrater Mora 1999), lo que implicaba que es lo mismo para una cosa ser buena y ser bella porque estos términos, en definitiva, son idénticos; de hecho, en sus Enéadas (I VI 6) puede leerse "la belleza es asimismo el bien".

 

Para Aristóteles en su Ética a Nicómaco también hay una identificación entre el bien y la belleza: "Y he aquí por qué el bien es a un tiempo una cosa rara, laudable y bella" (libro II, cap. 9), pero con algunos matices con respecto a la postura platónica. Por ejemplo, la kalokagathía está dentro, o mejor, enmarcada, dentro de su doctrina de las virtudes  como cuando dice: "Pero  todas las acciones que la virtud inspira son bellas, y todas ellas están hechas en vista del bien y de la belleza" (libro IV, cap. 1).

 

El problema de esta postura (que era tan evidente para los griegos) es que en nuestro tiempo está lejos de ser tan evidente y sus defensores, para mantenerla, deben responder a preguntas tan complejas como: ¿cuál es la naturaleza del bien y del arte para que sean una y la misma cosa? ¿Por qué no puede haber arte inmoral? A esta última pregunta se le suma la cantidad ingente de ejemplos históricos que, después de los griegos, la historia del arte ha brindado y que no son precisamente morales. Pensemos en obras que van desde los escritos del Marqués de Sade hasta la "performance" Personas remuneradas durante una jornada de 360 horas continuas, de Santiago Sierra. Se consideran cultura e historia de nuestra cultura a pesar de ser, precisamente, inmorales.

 

Por el contrario, la postura protaurina simplemente tiene que justificar que las corridas de toros son cultura (sin entrar en si es inmoral o no). A su favor juega la amplitud del término que, según la RAE, sería todo lo que encaje en "conjunto de modos de vida y costumbres" o "conjunto de las manifestaciones en que se expresa la vida tradicional de un pueblo". Incluso si quisiéramos ponérselo más difícil, haciendo no sólo que demuestren que es cultura sino también que es patrimonio cultural, bastaría con que mostraran que las corridas de toros entran dentro de "la herencia cultural del pasado de una comunidad" (según la definición de la Unesco).

 

Como vemos, la postura antitaurina tiene una dificultad extra: no sólo señalar que las corridas de toros no son cultura (algo difícil) sino también demostrar que no lo son precisamente porque son inmorales (una postura aún más comprometida). Todos estos problemas, y esta es la tesis del artículo, se esfuman si se rechaza la premisa [0] que aceptan acríticamente en el marco del debate, a saber, que el Estado debe salvaguardar el patrimonio cultural. Si la postura antitaurina rechazase esto (aduciendo básicamente que hay formas y costumbres culturales que simplemente no merecen ser legales por su inmoralidad) bastaría con mostrar que las corridas de toros son una inmoralidad para que el Estado no las permitiese (a pesar de ser cultura o patrimonio cultural). Algo que, desde el antiespecismo, es difícil rebatir. Vamos a verlo.

 

 

3. De la lucha por la est-ética al antiespecismo

 

El antiespecismo es la postura política que lucha y pretende derrocar al hegemónico especismo sobre el que se ha instaurado nuestra sociedad occidental (y no occidental). El especismo es la creencia o forma de discriminación que se basa en sostener que los miembros de una comunidad son moralmente más relevantes sólo por pertenecer a una especie distinta (Duignan 2013). La RAE lo resumen de esta manera: "Creencia según la cual el ser humano es superior al resto de los animales, y por ello puede utilizarlos en beneficio propio".

 

Los argumentos en contra del especismo son varios y son difícilmente refutables (cfr. Lara y Serena 2015). Un argumento sería el de los casos marginales. Y es que hay humanos —considerados en los márgenes— como los bebés, las personas seniles, las personas sin una capacidad cognitiva clara etc. que son consideradas sujetos morales (con derechos que respetar). Si estos individuos no comparten la característica que se suele aducir como criterio de superioridad de la especia humana (la inteligencia) ¿no es inconsistente que consideremos a estos humanos sujetos morales a pesar de no tener capacidad de raciocinio, pero no lo hagamos con otras especies no humanas?

 

Otro  argumento sería el del Holocausto. La intelectualidad europea de posguerra criticó el Holocausto por ser una fábrica de matar, la razón al servicio de la barbarie. Sin embargo, la falta de crítica en torno a la industria ganadera que también opera bajo la racionalidad más eficiente para organizar el saqueo y la muerte de millones de individuos no humanos es un caso evidente de que hay una creencia profunda de que unas especias pueden ser exterminadas mientras que otras no.

 

La dificultad (para el especista) radica en que defender que la especie humana sea superior es muy problemático. En primer lugar porque habría que dar unos criterios cuya objetividad está ya puesta en duda de antemano porque se caería en una petición principio. Sería la versión secular de la demostración de la existencia de Dios que, para demostrar su existencia, presuponen siempre que tiene que existir. En este caso, los especistas (que creen que la especie humana es superior), darán criterios que sólo tenga la especie humana (como el raciocinio) para justificar la misma superioridad que presuponían.

 

La postura antiespecista sostiene, en cambio, que infligir dolor a cualquier ser vivo es una inmoralidad o, mejor dicho, no es justificable moralmente infligir dolor a ningún ser sintiente. Hacerlo, implicaría justificarlo bajo el especismo de alguna u otra manera.

 

¿Cómo se traduce esto en la lucha antitaurina? En que si se abandona el marco heredado (la premisa [0] según la cual todo lo que es arte o cultura hay que protegerlo legalmente) entonces se abre todo un horizonte intelectualmente menos comprometido y estratégicamente más viable. Es decir, se trata de no aceptar que debe ser legal todo lo que es cultura o arte sino que sólo debe ser legal lo que sea moralmente adecuado (correspondencia moral-justicia). De esta forma el debate se desplaza diametralmente: la postura taurina tiene que justificar sus prácticas moralmente (especismo) y la antitaurina tendrá que negar que infligir dolor a otro individuo no humano sea justificable moralmente (antiespecismo). Como vemos, una postura mucho más cómoda y con mayor probabilidad de éxito que la de sostener que sólo lo moral es arte.

 

 

4. Conclusiones

 

Dicho todo lo anterior, la postura antitaurina debe ser consciente de que el marco del actual debate (sobre si las corridas de toros son o no cultura) le pone en una posición intelectual muy difícil de defender: la de que sólo es arte/cultura aquellas prácticas que son morales. Y es difícil no sólo porque ya no es algo tan evidente intelectualmente como lo era para los griegos sino porque el ulterior desarrollo de la historia del arte en Occidente brinda ejemplos más que de sobra para desacreditarla.

 

No es la cultura en general lo que el Estado debe proteger sino que sólo debería ser legal, sólo debería permitirse en una sociedad, aquello que creemos que es moralmente adecuado. Las costumbres o el nacionalismo cultural no pueden ser argumentos para justificar cualquier práctica infame. No se trata de negar que las corridas de toros sean cultura (¡quizá lo sean!) sino que se trata de impedirlas porque son inmorales y, por tanto, deberían ser ilegales. Así, la postura antitaurina debe abandonar la lucha por la relación ética y estética (est-ética) y su moralidad para abrazar la causa antiespecista como su principal (y más valiosa) compañera de viaje.

 

 

 

Correa Román, Javier
"La tortura sí es cultura. De la est-ética al antiespecismo en la postura antitaurina", Ensayos de Filosofía, nº 12, 2020, semestre 2, artículo 8
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