La perspectiva monoteísta del Dios creador, tradicionalmente de la mirada judeocristiana, que sostiene que aquel ser supremo es eterno o inmortal, omnipotente, omnisciente y benevolente, es, sin duda, una mirada que presenta diferentes problemas racionales que resolver. Es decir, que suscita múltiples dudas sobre la posibilidad de que aquello sea verdaderamente real, en un amplio sentido del término realidad. Entre aquellas dudas, pretendo referirme en esta anotación filosófica, a una de las más radicales, si es que no la más radical: ¿Cuál es el origen de aquel Dios?
Cuestionar el origen de un Dios creador es una tarea sumamente importante para la filosofía, pues, en el ámbito de la ética y la metafísica, no hay otra idea más influyente que la de un Dios supremo, sobre todo, en occidente, cuna de los derechos humanos universales. Debo mencionar que esta pregunta existencialista había rondado mis pensamientos en múltiples oportunidades, pero no me había detenido en ella, ya que intuía que no estaba preparado para enfrentarla. Recientemente, me he sentido preparado para ello y me he detenido a reflexionarla, con una fuerte intención de comprender la eternidad, aspecto tan común en las ideas teológicas y filosóficas, como lo es en los textos de Kierkegaard.
Debo señalar que la respuesta que aportaré a dicha pregunta surge de manera bastante ingenua, en otras palabras, que no se fundamenta en alguna mirada filosófica que he estudiado previamente, de modo que desconozco si es que otras personalidades han llegado a la misma explicación que señalaré. No obstante, intuyo que sí, aunque, evidentemente, es posible que lo hayan hecho en otros términos y de forma más doctrinaria y, a su vez, completa.
Si Dios es el ser supremo por excelencia, es lógico que no haya otro ser que haya podido fundar su existencia, es decir, no hay ser creador del creador, pues, de lo contrario, no existiría tal Dios. Entonces, me surge la pregunta, ¿Dios surgió de la nada? A la vez que divagaba por aquellas ideas, recordaba que este es uno de los cuestionamientos que hace la gente atea para negar la existencia de Dios, específicamente, que es ilógico creer en un Dios que surgió de la nada. Entonces, reconozco que no tiene mucho sentido creer aquello, pues, así como surgió un día un Dios, podría surgir, perfectamente, otro Dios. En efecto, rechazo la idea de que Dios surgió de la nada o espontáneamente en algún momento.
Si afirmo que Dios no surgió de la nada, ¿cuál podría ser el origen de Dios? La respuesta más razonable que se viene a mi mente es que no existe tal origen. No hay un origen de Dios. En otras palabras, Dios siempre ha existido o, dicho de otro modo, no cabe concebir una existencia sin Dios. Asimismo, desde esta perspectiva, no cabe pensar un origen de la existencia, pues, la existencia es eterna junto con Dios. De este modo, he logrado entender más claramente que puede existir una eternidad sin principio ni fin, asimismo, evidentemente, un Dios que no tiene principio ni fin. Entonces, ante la legítima y racional pregunta sobre el origen de Dios, a mi entender, diría que es una pregunta que no puede aplicarse a un Dios eterno que siempre ha existido.