Ensayos de Filosofía
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 Número 10, 2019, semestre 2, artículo 6
 
Publicado 10 noviembre 2019


Resumen

En el presente trabajo se parte de un periplo histórico sin ánimo totalizador, ya que tan solo tiene la intención de poner de relieve que el concepto del alma, de máxima importancia en otra época, ahora ha perdido interés, posiblemente, porque trasciende la propia existencia.


Temas

alma

cristianismo

filosofía escolástica

formación del profesorado

materialismo



Bibliografía

Abbagnano, Nicola

1993 Diccionario de filosofía. México, Fondo de Cultura Económica.

 

Bossi, Laura

2008 Historia natural del alma. Madrid, La Balsa de la Medusa.

 

Copleston, Frederick

2011 Historia de la filosofía. Volumen 1, tomo 1 y 2. Madrid, Ariel.

 

Fraile, Guillermo

1997 Historia de la Filosofía. Tomo 1. Madrid, Biblioteca de Autores Cristianos.

 

Puente Ojea, Gonzalo

2000 El mito del alma. Madrid, Siglo XXI Editores.

 

Marías, Julián

2017 Historia de la filosofía. Madrid, Alianza Editorial.

 

Sciacca, Michele Federico

1966 Historia de la filosofía. Barcelona, Editorial Luis Miracle.

 

Serés, Guillermo

2019 Historia del alma. Barcelona, Galaxia Gutenberg.

 

Zambrano, María

2019 Hacia un saber sobre el alma. Madrid, Alianza Editorial.

 

 

Sobre el manido tema del alma

El hecho de que el alma haya sido considerada incorpórea no ha impedido desde la filosofía griega, su estudio. Ciertamente, hablamos de un principio de vida que constituye por sí misma una sustancia, y que, como Abbagnano ha señalado: "Esta fundamental significación del alma la considera la mayoría de las veces, como sustancia, entendiéndose precisamente con este término una realidad por sí misma, o sea, que existe independientemente de las demás" (Abbagnano 1993: 33-34).

 

Platón, basándose en los presocráticos, formuló la teoría animista (cfr. Puente Ojea 2000: 46-58 y 254-258). Platón afirmó que el alma es una entidad inmaterial, única e inmortal, distinta del cuerpo, que se disuelve en la muerte. "El hombre es su alma", la más próxima a los dioses, principio de su movimiento, su vida y pensamiento a diferencia del cuerpo que es sensación (cfr. Fraile 1997: 371; Copleston 2011: 180-187). De lo dicho deducimos que para Platón el ánima fue creada por el Demiurgo, divino y eterno, concibiendo la metempsicosis del alma y el destino escatológico del ser humano.

 

Además, en opinión de Puente Ojea (2000: 276 y ss.), la naturaleza del alma se basa en la relación entre el alma y el cuerpo cuya unión es inmediata. El alma está en todo el cuerpo de tal manera que las facultades, vegetativas, sensitivas y espirituales, son desarrolladas a través de actos propios.

 

En Aristóteles, nos encontramos la teoría hilemorfista seguida por la mayoría del pensamiento escolástico (cfr. Fraile 1997: 489). Aristóteles creía que todas las cosas son un compuesto de materia y forma, donde la materia es potencia, mientras que la forma es un acto. De acuerdo con lo expuesto, Fraile (1997: 489-490) deduce que en el pensamiento aristotélico existieron tres etapas: la primera (de influencia platónica), el alma y el cuerpo son dos entes distintos unidos temporalmente; la segunda (de carácter transitorio), el cuerpo es parte del alma conservando su unidad accidentalmente, el cuerpo es por y para el alma; la tercera (teoría hilemórfica), el alma es un acto del cuerpo, unión de forma y materia formando única sustancia de la que brotan toda las operaciones del viviente.

 

En este sentido, Serés afirma que "el alma es una sustancia (ousía), entendida como un principio activo y dinámico que hace participar a los órganos corporales del mantenimiento de la vida y de otras funciones" (Serés 2019: 45). Otro axioma que destacar es aquel que "en cada ser vivo hay un alma", lo cual determina la imposibilidad de que alma exista con independencia del cuerpo. Por tanto, el ánima es una entidad en cuanto forma específica de un cuerpo que en potencia tiene vida, pero cuando deja de vivir vaga por algún lugar indeterminado.

 

Dos siglos después, el cristianismo entró en el mundo como verdad revelada, como doctrina de redención y salvación (Copleston 2011: II-14), lo que no lo libró del ataque hostil por carecer de una filosofía propia, que lo llevó, a su vez, a la filosofía imperante en aquella época -la derivada del platonismo-, que constituye las ideas de los primeros escritores que, inicialmente, no distinguían filosofía y teología, sino presentaban una sabiduría providencial para el cristianismo.

 

Los pensadores cristianos, formados en los antiguos apologistas, se ocuparon de la defensa de la fe cristiana contra los ataques paganos, formando posteriormente la llamada filosofía patrística. Esta herencia fue asumida en el siglo VIII por la escolástica. Esta consiste en la elaboración intelectual de los dogmas y la discusión racional de sus enemigos: heréticos o paganos y herejes (cfr. Marías 2017: 124). La patrística no distinguió entre religión y filosofía (cfr. Sciacca 1996: 170.171), sino la defensa de la nueva religión, por lo que se les conoce como apologistas.

 

De este periodo destacamos a san Agustín de Hipona, también conocido por "doctor de la gracia". Fue el máximo pensador del cristianismo y uno de los más grandes genios de la humanidad.  Autor prolífico, dedicó gran parte de su vida a escribir sobre filosofía y teología, siendo Confesiones y La ciudad de Dios, sus obras más emblemáticas. En este sentido, Copleston destaca que san Agustín pertenece al periodo del Imperio romano, por lo que su filosofía proviene del platonismo y, por tanto, no puede denominarse medieval, pero sí un pensador cristiano y de gran influencia en la Edad Media (cfr. Copleston 2011: 445).

 

San Agustín entiende el problema de la filosofía como el del alma, la vida y el espíritu: Dios y alma constituyen el doble objetivo de la filosofía (cfr. Marías 2017: 133). San Agustín es el teólogo de la interioridad. La triplicidad del alma: memoria, inteligencia y voluntad la entiende como un vestigio de la Trinidad. La unidad del ser humano con las tres facultades supone el yo, perfectamente diferenciado, pero unidos en la vida, la mente y la esencia (cfr. Marías 2017: 133).

 

Esta doctrina se mantuvo hasta el siglo XIII, siendo asumida por la escolástica. Esta se define como "toda filosofía que toma como tarea la aclaración y defensa racional de una determinada tradición o revelación religiosa" (Abbagnano 1993: 427). Constituye la filosofía cristiana de la Edad Media, también denominada "filosofía de las escuelas". Inicialmente, los docentes de filosofía y teología dictaban sus lecciones en las escuelas, catedrales y universidades, cuyo objetivo consistía en hacer comprender la verdad revelada ante las incredulidades y las herejías (cfr. Marías 2017: 141-142). La escolástica no fue una filosofía autónoma, sino un dogma o tradición religiosa que tenía su antecedente en la filosofía grecolatina clásica, para comprender la revelación religiosa del cristianismo. Su formación fue, sin embargo, heterogénea, pues en este movimiento la principal preocupación era consolidar y crear grandes sistemas sin contradicción interna que asimilasen toda la tradición filosófica antigua. Por otra parte, se ha señalado en la escolástica una excesiva dependencia del "argumento de autoridad", como, por ejemplo, la auctoritas (decisión de los concilios), la sententia (de los Padres de la Iglesia).

 

En la Edad Media se produce la trasmisión de la cultura grecolatina, así como una reactivación de la herencia cultural de la antigüedad. En sus comienzos el cristianismo tuvo que enfrentarse con el pensamiento griego, esto vuelve a ocurrir, aunque de manera distinta en la Edad Media. No obstante, hay una etapa de asimilación del pensamiento de Aristóteles, esta obra que realizan, entre otros, santo Tomás de Aquino, filósofo y teólogo, que difiere de la tradición escolástica (de origen platónico) y su aproximación a la filosofía aristotélica. Fue una de las mayores figuras de la teología sistemática. Su legado representa una de las fuentes más citadas del siglo XIII, además de ser punto de referencia de las escuelas del pensamiento tomista. Sus obras más conocidas son Summa theologiae y Summa contra gentiles.

 

Santo Tomás, conforme a la doctrina aristotélica, señala que el alma es quien hace que el cuerpo viva, la unión de alma y cuerpo es una sustancia, es decir, ambos unidos forman la sustancia completa y única que es el hombre, sin intervención de ninguna otra forma (cfr. Marías 2017: 176). La filosofía de santo Tomás fue una adaptación de la aristotélica al pensamiento cristiano y supone, pues, la dogmática cristiana, los padres de la Iglesia, la tradición medieval y, sobre todo, Aristóteles (cfr. Marías 2017: 172). En opinión de Copleston, buena parte de esta doctrina es aristotélica, pero representada por una mente poderosa no servilmente adaptada (cfr. Copleston 2011: 342). Según santo Tomás, la teología es para la revelación divina, para la filosofía es la razón humana (cfr. Marías 2017: 173).

 

Al término de la Edad Media, la situación religiosa entró en crisis, lo cual subrayaba el aspecto sobrenatural y, por ello, se transformó en mística (cfr. Marías 2017: 189). La organización política estaba compartida entre la Iglesia y el Imperio. Por otro lado, se suele decir que la filosofía moderna comenzó con René Descartes (Francia), para otros con Francis Bacon (Inglaterra), pero a partir del siglo XVII supuso una ruptura con la filosofía medieval y el nacimiento de una nueva filosofía.

 

René Descartes es considerado el padre de la geometría analítica y de la filosofía moderna. Su pensamiento parece identificar nuestro yo con nuestra mente, y no con el compuesto mente-cuerpo. Pero también indica que la relación que mantiene nuestra alma o mente con nuestro propio cuerpo es una relación peculiar, distinta a la que se establece con el resto de los cuerpos. Por eso nos dice que el alma se extiende a lo largo de todo el cuerpo, aunque exista también un lugar privilegiado donde parezca concentrarse y donde propiamente conecta el alma y el cuerpo. Descartes admite que el alma y el cuerpo se relacionan, como consecuencia de la estrecha relación que tienen ambas substancias en cada hombre concreto (cfr. Copleston 2011: IV-92; Sciacca 1966: 321). Además, estaba convencido de la verdad y, aunque él hablaba de la "mente" más que del "alma", afirmó la existencia de una realidad espiritual, en general, y de la mente espiritual del hombre, en particular, siendo las cuestiones más importantes: el mundo, el hombre y Dios. A pesar de abandonar la teología, se mantiene entre el hombre y el mundo la Divinidad (cfr. Marías 2017: 213). Dios, sí existe, es un ente infinito, perfectísimo, omnipotente, que lo sabe todo. Esta idea no procede de la nada, sino de un ente superior, el mismo Dios (cfr. Marías 2017: 213). El hombre es creado a imagen de Dios, lo que le permite llegar al conocimiento de este (cfr. Marías 2017: 214). Descartes asumió la tarea de reordenar la amínica humana, "revisando las teorías aristotélicas y descartando la tradicional tripartición: alma, cuerpo, espíritu, o reduciendo este último a una función estrictamente mecánica" (Serés 2019: 13-14).

 

 

Conclusión

 

No es mi intención hacer un resumen histórico de las filosofías, ya que no tiene interés ninguno, ni aporta nada nuevo. Se trata de acudir a unos cuantos filósofos, que, desde mi punto de vista, son los más representativos sobre el tema que nos ocupa.

 

La teoría de Platón sobre la inmortalidad del alma (metempsicosis) queda, en parte, excluida por la teoría de Aristóteles (hilemorfismo). Pero ello no es óbice, como ha señalado Zambrano (2019: 55), para entender que ambos filósofos contribuyeron con todo el saber cristiano-medieval posterior.

 

A partir de aquí se aprecia el abandono del concepto del alma. Añadiríamos que, a diferencia de lo ocurrido en otras épocas, proliferan orientaciones de una pobreza conceptual relacionadas con el tema que nos ocupa. En pleno siglo XXI, el hombre no es considerado la unión de cuerpo y alma, sino de un linaje germinal (cfr. Bosi 2008: 454). Su muerte no tiene mayor importancia que la otorgada por sus familiares y amigos.

 

El ser humano no es más que un robot. Su conciencia es un reflejo mecánico de transmisión de mensajes con información cuantificada, y, visto así, nunca muere. Estamos, por el contrario, ante una supervivencia vigilada y provocada, una máquina humana individual a imagen y semejanza de su creador para que haga lo que él no puede, pero sí lo desea hacer.

 

 

Domínguez Reyes, Juan Faustino
"Sobre el manido tema del alma", Ensayos de Filosofía, nº 10, 2019, semestre 2, artículo 6
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