Ensayos de Filosofía
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 Número 7, 2018, semestre 1, artículo 8
 
Publicado 14 marzo 2018


Resumen

El artículo presenta la propuesta de una ética estadística, basada en la máxima utilitarista de la mayor cantidad de felicidad para la mayor cantidad de personas. Ante un panorama social complejo, asoma una posibilidad concreta para encontrar aquello que une a los individuos en vez de lo que los separa.


Temas

estadística

ética

felicidad

utilitarismo



Notas

1. La traducción más próxima al español sería la de “espacios seguros” y consisten, según sus propios defensores, en espacios dentro de los campus universitarios donde los sujetos marginados o víctima de algún tipo de discriminación puedan hablar libremente de sus problemáticas. El problema es que en estos espacios hay una prohibición explícita al uso del hate-speech (lenguaje de odio), pero entendiéndolo no desde una perspectiva concreta sino en sentido amplio, es decir cualquier tipo de enunciado que ofenda al individuo o individuos en cuestión.

 

2. Se trata de un movimiento a nivel mundial que consiste en la circulación de un autobús naranja por las calles de numerosas metrópolis de países occidentales, como Chile, España, México, Estados Unidos, entre otros, cuyos lados están pintados con eslóganes como “Nicolás tiene derecho a un papá y una mamá”, o “Con nuestros hijos no se metan”.



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Repensando el utilitarismo. 1. La estadística como forma ética de interpretación de lo social

1. El utilitarismo y su posible vigencia

 

El utilitarismo, entendido como la opción ética y moral que propone la solución de conflictos a partir de la premisa de que el mejor acto es aquel que maximiza la utilidad, enfocándose siempre en las consecuencias prácticas y no en las causas, es una corriente filosófica que data del siglo XVIII. En sus inicios y de la mano de sus precursores, se perfiló como una brújula moral y ética para el análisis y resolución de problemas en una Inglaterra industrial y protagonista del comercio internacional que sin embargo presentaba unas condiciones sociales deplorables. A lo largo del siglo XIX vio su mayor desarrollo teórico y práctico de la mano de Stuart Mill que incorpora una dimensión estética y humana dando al constructo su forma acabada. Durante ese siglo se desarrollan doctrinas más concretas tales como el utilitarismo negativo, el factual y el preferencial, además de crearse la famosa máxima “la mayor cantidad de felicidad para la mayor cantidad de personas”. No obstante, a partir del siglo XX con las dos guerras mundiales y todas las corrientes filosóficas surgidas en consecuencia, el utilitarismo se diluyó lentamente al punto que solo quedaron nombres prácticamente desconocidos como John Smart (famoso por su crítica al sentido común en relación con la ética y la moral).

 

Hoy día encontramos a la sociedad occidental en un estado extraño respecto a la filosofía. Por un lado, desde la segunda mitad del siglo XX a la actualidad han escrito y delineado propuestas una cantidad de pensadores abrumadora (basta pensar solo en la Escuela de Frankfurt con sus cuatro generaciones) que van desde corrientes altamente disidentes y de corte crítico, hasta propuestas sociales derivadas del avance de las denominadas neurociencias, pasando por intentos realmente titánicos pero nobles de continuar el proyecto moderno (Habermas y sus discípulos) Es el momento en el cual, a partir de la crítica fuerte a la idea de verdad, han proliferado la hermenéutica y la fenomenología a la par que la idea de un relativismo generalizado también ha penetrado más hondo en las mentes no solo de filósofos sino de también de los sujetos en general. Y pese a eso (o quizá por eso) es que nos hallamos en un momento de enorme incertidumbre e indeterminación de las ideas. ¿Qué está bien?, ¿Qué está mal?, ¿Siquiera existen esos conceptos o son meros juegos de lenguaje?, ¿La realidad existe como tal?, ¿Existe alguna forma posible de establecer jerarquías entre objetos sin caer en relaciones de dominación o violencia simbólica?, ¿Es posible la objetividad en alguna medida?, estos son solo algunos de los cientos de interrogantes que hoy día siguen vigentes, y parece que van en aumento.

 

Ante este panorama la propuesta de este ensayo reside en revalorizar la propuesta utilitarista en su instancia primitiva, especialmente a partir de una idea de Bentham que ha sido poco o nada tenida en cuenta a lo largo de sus lecturas y que hoy día, gracias a la tecnología y el desarrollo de métodos avanzados en matemática, es altamente realizable: el cálculo. Si bien es cierto que el cálculo de felicidad ha trascendido por su carácter original y extravagante, se propone leer entre líneas al británico y hacer énfasis en lo que realmente importa del cálculo, y es la posibilidad de hacerlo masivo y objetivo. Esta opción surge a partir de la necesidad de encontrar un parámetro concreto que permita responder a posibles críticas que pudieran realizársele hoy día al utilitarismo clásico, así como reformarlo para hacer frente a una realidad inmensamente más compleja tanto en cantidad como calidad de datos de la que había en el siglo XVIII. Dónde todas las filosofías se preguntan por las causas, las motivaciones y la comprensión subjetiva, se tiene aquí la intención de trabajar sobre las consecuencias, los beneficios y la objetividad que todo acto tiene por su misma naturaleza, es decir que es. En este marco es que la estadística adquiere esa misma dimensión humana que los utilitaristas siempre manifestaron, pero, muchas veces adrede, se invisibilizó.

 

En un mundo con tantas voces, tantos discursos, tantas opiniones, tanta información, tanta incertidumbre, el individuo (optamos por este concepto y no por el término sujeto por cuestiones epistemológicas) corre el riesgo de perderse a sí mismo, así como a sus propios principios éticos y morales. Así los grandes números devuelven la voz a las masas silenciadas por los medios de comunicación, a la gente de a pie cuyos intereses muchas veces son acallados porque no respaldan a la ideología dominante, a pobres y marginales que conmueven solo cuando sus miserias se ven reflejadas en televisión o Internet, pero son inmediatamente relegados al olvido por otro contenido, y a muchos otros. Finalmente, los grandes números también permiten recuperar certezas objetivas y objetivantes, donde supuestamente cualquier tipo de verdad es cuestionable. Claro está, esta metodología no tiene pretensiones absolutas. Reconocemos como válida la premisa de las no verdades absolutas que propone el pensamiento posmoderno. No obstante, también exigimos conciencia y responsabilidad en el empleo de dicha postura epistemológica. Se admite por el peso de la evidencia que toda verdad es fundamentalmente contextual, es decir que tiene carácter de tal de acuerdo con variables de espacio y tiempo, pero no por eso la verdad no es posible o debe dejar de ser un horizonte que guíe la reflexión.

 

 

2. Por qué optar por la estadística

 

Optar por la estadística para apoyar una perspectiva utilitarista es algo que cae de maduro. Si la estadística puede ser definida, palabras más o menos, como la rama de la matemática que emplea herramientas diversas de análisis para describir a una determinada población (Stigler 1990) significa que su objeto de estudio es de naturaleza masivo. Es decir, se emplea la estadística para poder describir, explicar e incluso predecir fenómenos no de naturaleza individual sino grupal. Este enfoque fundamentado en la cantidad es el que abre la puerta al utilitarismo, que se constituyó como una filosofía para el desarrollo de la felicidad de la mayor cantidad de personas sin dejar nunca de tener en cuenta al individuo. De manera análoga la estadística pretende describir al grupo de individuos en su totalidad, pero para lograrlo debe si o si tener en cuenta al individuo en su particularidad, sin contar que esta disciplina reconoce la no universalidad de sus enunciados admitiendo la existencia de anomalías en cualquier análisis.

 

Es pertinente e incluso interesante realizar una aclaración sobre este asunto. Que la estadística reconozca la existencia de anomalías, no interfiere con el proceso descriptivo ni el establecimiento de enunciados. Es decir, en la estadística la anomalía, la excepción, son fenómenos posibles e incluso esperables, pero no afectan la totalidad de los datos. La configuración de esta forma de proceder, que en primera instancia parece accesoria, se torna relevante en tanto se opone a una forma muy popular en estos días de abordar la temática de las excepciones caracterizada por la exagerada problematización de dichos grupos tanto a nivel jurídico por conflictos de derechos (De Lucas 1994; Prieto Sanchis 1996), a nivel social por el choque de culturas inherente al intercambio (Terrén 2001), a nivel económico con la problemática de las migraciones (Riesco-Sanz 2014), en fin todas aquellas formas de lo que se ha dado en llamar las problemáticas del multiculturalismo (Enguita y Terrén 2008).

 

En todos estos casos, sucede que parecen entrar en conflicto los derechos de intereses de las mayorías con lo de las minorías dando lugar a una larga cantidad de debates realmente infructíferos pues suelen llegar al mismo punto del cual partieron: hay dos partes en el asunto (la mayoría y la minoría) y una situación que no es conciliable pero se pretende que mediante el uso del lenguaje, por esta extraña moda que se ha impuesto a partir del denominado giro lingüístico, propuesta postmoderna que afirma que el lenguaje no describe el mundo sino que lo crea y puede transformarlo (Ibáñez García y García 2013), por arte de magia aparezca la solución. Quiero establecer en este punto una diferencia con la propuesta de debate de Habermas (1989), que si bien pone fe en el giro lingüístico lo hace desde la racionalidad moderna como método para encarar el diálogo que toda democracia eficaz requiere, con la certeza de que todo conflicto político tiene una posible resolución basado en lo que él denomina moral posconvencional (1985) que derroca los particularismos y los reclamos individuales.  Es decir, así como nosotros, Habermas no verá al conflicto como algo eterno que se enrosca en argumentos, sino que tiene una forma de contrastarse tanto en la realidad social como en el diálogo que permite su conformación. Esto es porque parte desde los mismos principios que el enfoque estadístico para comprender la realidad: la inclusión de las minorías, del otro, por medio de la ampliación de derechos, nunca de su restricción. La acción política debe tender hacia la mayor cantidad de libertades para la mayor cantidad de sujetos contemplados en dichas libertades, y esto no debe estar matizado por ninguna variable objetiva como sexo, raza, nacionalidad, etc.

 

En nuestra perspectiva ético-estadística, a diferencia de lo que parece suceder en la realidad, los derechos de las mayorías nunca se verán afectados por los intereses de las minorías. Veamos el caso polémico que está sucediendo en torno al uso del lenguaje en el asunto de la teoría de género y demás. El inicio de esta polémica puede entenderse como un asunto de naturaleza válida y moderada como plantea Oscar de la Fuente (2010) en su análisis sobre el lenguaje de odio y la posibilidad de limitarlo. En dicho artículo se propone delimitar de manera clara y concisa que es el lenguaje de odio y lo define como aquel que estigmatiza a un grupo con características que son indeseables para la mayoría de la sociedad. Y lo que es más importante aún, se pone en evidencia que la definición de lo que es el lenguaje de odio o no lo es no compete al grupo afectado, puesto que si no se corre el riesgo de criminalizar la crítica. Es decir, retomando nuestros lineamientos, que, si la mayoría de la población considera que una expresión es lenguaje de odio, lo es, y si la mayoría considera que no lo es, no lo es, y pese a quien pese es el criterio más justo que puede encontrarse en términos democráticos.

 

Lo que viene sucediendo poco a poco en determinados lugares de occidente es que esta perspectiva no se está poniendo en práctico. Tomemos dos casos concretos: el de los denominados safe spaces (1) y la polémica del bus de la libertad (2).

 

En el caso de los espacios seguros, está claro que son una forma de limitar la libertad de expresión y promover la marginación de grupos ya supuestamente marginados. Poniendo en evidencia que ya de por si el lenguaje de odio no es algo permitido en ningún espacio público no hay necesidad alguna de crear un espacio destinado a tal fin. Incitar a grupos minoritarios o personas que se sienten discriminadas a encerrarse en sitios donde se les confirme aún más la idea de que efectivamente son diferentes para mal no hace más que incitar directamente al odio a partir de la clásica fórmula de polemizar entre un “nosotros” y “ellos” sin posibilidad de conciliación (Harendt 2002; Van Dijk 2005) Además, si lo que realmente se busca como sociedad es cuidar a los sujetos hostigados o maltratados, ¿por qué colocarlos adrede en una situación de indefensión y apartamiento? Si tenemos el ideal de una democracia basada en el diálogo, que es lo que la mayoría de los políticos promulgan, ¿Cuál es el papel de este movimiento que polariza grupos y divide, evitando la conciliación?, ¿Qué esperan hacer con el resto de la sociedad que no es un espacio seguro, silenciarlo? Una propuesta justa, coherente con la voluntad de las mayorías e inclusiva en términos de derechos sería juntar a las partes y llegar a acuerdos a través de terceros imparciales que oficien de mediadores, buscando consensos a partir de los grandes números (en caso de que fuera un asunto más masivo) o de los eventos particulares (en caso de que fuera un conflicto entre particulares).

 

Este tipo de no operatividad voluntaria o evitación de la realidad intencional parece desplegarse también en lo que respecto al ya citado bus. En los conflictos que ha generado la aparición de este transporte entre los que lo apoyan y los que no, los unos diciendo que tienen derecho a expresarse, los otros diciendo que no porque supuestamente promueven un discurso de odio, el poder mayor, la autoridad, el Estado, se queda en una impasible calma tendiendo a optar por una no toma de posición al respecto. Lo problemático es que, al no pronunciarse, facilita el diálogo no racional y a veces violento entre las dos partes. Es decir, permiten que el pueblo conflictúe entre sí, aislando y fragmentando a las partes. Lo curioso es que yendo a los números y aplicando inferencia, el porcentaje de la población que está realmente contra el bus es significativamente menor que aquel que está a su favor. El desfasaje se da en que del enorme porcentaje que está a favor del autobús (o en su defecto no está en contra, que es lo mismo), no está proporcionalmente representado en las calles o en la acción de conflicto violento (recordando aquella frase que señala que lo que importa es hacerse notar para parecer cantidad). Aplicando la perspectiva ética-estadística la solución sería simple y se dirimiría por una encuesta nacional o en su defecto local, donde se solicite la opinión de forma lisa y llana a la población. De esa forma, sea cual sea la respuesta, la otra parte no puede aducir que se está cometiendo una falta de violación a sus derechos porque, si salen ganando los que están a favor del bus, los que están en contra deben reconocer que los que son más no ven en él un discurso de odio ni discriminación hacia ellos, y si sale ganando los que están en contra del bus, los que están a favor deben reconocer que para su sociedad lo que promueve ese autobús no es admitido por la mayoría. El problema parece ser que se confunde el derecho a la libertad de expresión y disentir con algo, con una especie de voluntad de censura a todo aquello que se aleje de la posición de uno. Es exactamente lo mismo que pasa con los safe spaces donde se tiende a fragmentar a la sociedad y conflictuarla en vez de hacerla dialogar y llegar a un acuerdo que promueva la convivencia y la inclusión.

 

Esta vulneración de los derechos de las mayorías, o lo que diversos autores (Jiménez 1993; Darnstädt, Wagner y de Luco Zelmer 2005; Cortina 2011) han denominado la tiranía de las minorías, no tendría lugar en una sociedad regida por la estadística con pretensiones de ampliación de derechos, nunca de restricción. Y esto sería así porque la dialéctica esperable en una democracia es la del diálogo constante que apunta a las reformas progresivas en pos de una sociedad mejor, en la cual mayorías y minorías cooperan entendiendo que lo que hay que ajustar es el sistema (del cual ellos son protagonistas y artífices) no la idiosincrasia de la parte con la cual están en desacuerdo.

 

 

3. Consideraciones parciales

 

El modelo ético estadístico presentado en este artículo surge a partir del análisis de una situación social tan diversa y compleja, que a veces parece un círculo vicioso del cual no se puede escapar. Esta situación, diagnosticamos, se debe a la ausencia de un parámetro objetivo sólido empleado tanto por el Estado como por los medios de comunicación para la toma de una postura realmente democrática.

 

En lo trabajado anteriormente se ha buscado delinear a grandes rasgos cómo funcionaría un modelo de ética basado en la estadística. Sus elementos son una propuesta de democracia basada en el diálogo constante y la ampliación de derechos, como propone Habermas; una sociedad abierta y dispuesta al cambio a través de la ingeniería social como plantea Popper y un horizonte utilitarista donde se busca alcanzar la mayor cantidad de felicidad para la mayor cantidad de personas. Para justificar dicha perspectiva, en siguientes artículos se analizarán modelos reales dando respuestas concretas a situaciones que hoy día parecen no tener salida más allá del conflicto.

 

 

 

Zapico, Martín Gonzalo
"Repensando el utilitarismo. 1. La estadística como forma ética de interpretación de lo social", Ensayos de Filosofía, nº 7, 2018, semestre 1, artículo 8
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