Ensayos de Filosofía
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 Número 5, 2017, semestre 1, artículo 4
 
Publicado 17 febrero 2017


Resumen

La verdad histórica depende de los hechos, pero el poder propende a alterarla con sus manipulaciones. La práctica de borrar las huellas del pasado, silenciar la narración verídica, destruir los testimonios y, a veces, crear una versión falseada, que suplanta a la verdadera, delata una pésima filosofía de la falsificación.


Temas

falsificación

Granada

manipulación

memoria histórica

Sevilla

verdad



Bibliografía

Ley 52/2007, de 26 diciembre 2007.

https://www.boe.es/buscar/act.php?id=BOE-A-2007-22296

La ‘memoria histórica’ y la filosofía de la falsificación

La verdad histórica depende de los hechos. Queda registrada en el lenguaje de los relatos, las inscripciones, las imágenes, los monumentos, los símbolos. Como la historia real es irreversible, los hechos acontecidos como tales no pueden cambiarse. Pero, más acá del olvido, siempre queda el recurso de borrar las huellas que los hechos dejaron, silenciar la narración, destruir los testimonios, o bien, a veces, crear una versión falseada que se hace pasar por verdadera.

 

Sin duda, esta censura, esta coerción sobre la verdad de los hechos existe, desde que la sociedad humana empezó su historia, desde los reyes asirios, los faraones egipcios y los califas islámicos hasta hoy, potenciada por la piqueta o la hoguera y, más recientemente, por las tecnologías de la imagen. Con tales instrumentos, los resultados quedan bien patentes en la falsificación de la historia y la ideologización de la filosofía.

 

Los latinos lo denominaron damnatio mamoriae, condena de la memoria, que era decretada por el Senado Romano, al objeto de borrar todo recuerdo y hasta el nombre de quien era declarado enemigo del Estado.

 

Esa práctica supone diversos modos de manipulación, censura y ficción. Es propia, sobre todo, de los regímenes dictatoriales y totalitarios: necesitan la verdad absoluta y fabrican una verdad oficial que distorsiona los hechos mediante ocultaciones y mentiras.

 

Un caso muy conocido y emblemático lo encontramos en el trucaje de la fotografía de Lenin en un mitin, en mayo de 1920. No era una cuestión de estética para mejorar la imagen. Al lado de la tribuna estaban Lev Trotski y Lev Kámenev, quienes, en las fotos publicadas luego en la Unión Soviética, desaparecieron como por arte de magia.

 

Fotografía "A" original. 1920. Fotografía "A" original. 1920. La misma fotografía "A", manipulada. La misma fotografía "A", manipulada.

 

Fotografía "B" original. 1920. Fotografía "B" original. 1920. La misma foto "B", manipulada de otro modo. Fotografía "B", manipulada de otro modo.

 

Como puede verse, en realidad, no es una sola manipulación, sino al menos dos; aunque en general se confunden y suele cotejarse erróneamente la fotografía "A" original junto a la fotografía "B" alterada. Si observamos atentamente, las instantáneas corresponden al mismo acto, pero están tomadas desde un ángulo diferente (respecto a los edificios del fondo) y en un momento probablemente próximo (se nota en el giro de las cabezas de la gente), mientras el orador aparece casi en la misma posición, algo más girado hacia su derecha en la segunda fotografía. En el caso de la foto "A", se ha hecho desaparecer la figura de Trotski solamente. En el caso de la foto "B", se han esfumado tanto Trotski como Kámenev, de manera que se ven completamente vacíos los peldaños de subida a la tribuna. El creador del Ejército Rojo, caído en desgracia, fue borrado de la historia oficial soviética y sus documentos.

 

Si buscamos en Internet, comprobaremos que son innumerables los casos del mismo tipo o análogos, en una guerra ideológica sorda, que tiene que ver con cualquier pretensión, menos con el respeto a los hechos, a la verdad histórica. A veces representan maniobras de propaganda a gran escala, que, al cabo del tiempo, se descubren y entonces quedan expuestas al ridículo. Como si no hubiera nada oculto que no acabara sabiéndose. Otras veces, se da una minuciosa labor de zapa, borrado y reescritura, acaso ritual de hechicero, que opera obsesivamente sobre los símbolos, como queriendo revertir acontecimientos de la historia.

 

En este último sentido, no sería demasiado difícil rastrear la presencia y efectos de ese comportamiento en nuestro país, incluido el ámbito local más cercano. Aquí consignaré solo una muestra de casos observados incidentalmente. Cada uno en sí mismo es muy circunstancial, pero adquiere valor sintomático por la actitud que deja traslucir.

 

El primer pequeño ejemplo ocurrió en el edificio de la que fuera Facultad de Medicina de Granada. Desde su construcción hasta 2015, ostentaba en el frontispicio una leyenda con letras capitales que decía en latín: SOLIDO SAXO FUNDATA NUNC NOVO RITU VETUS SPLENDET SCHOLA IMPERANTE FRANCO - MCMXLIV. La traducción es: "Edificada sobre roca sólida, la antigua escuela brilla ahora de un modo nuevo, gobernando Franco, 1944". Pues bien, en determinado momento finisecular, las letras de aquella inscripción fueron arrancadas y en su lugar se puso el superfluo rótulo: UNIVERSIDAD DE GRANADA.

 

Facultad de Medicina, inaugurada en 1944. Facultad de Medicina, inaugurada en 1944. Facultad de Medicina de Granada, 2015. Facultad de Medicina de Granada, 2015.

 

No puede decirse que el cambio se hiciera sin intencionalidad. Lo que la borradura perseguía quedó en evidencia pocos años más tarde, cuando, quizá por la nostalgia de algunos, el letrero reapareció dentro del vestíbulo de entrada a la facultad, si bien ostensiblemente recortado: SOLIDO SAXO FUNDATA NUNC NOVO RITU VETUS SPLENDET SCHOLA - MCMXLIV. Para el año académico 2015-2016, la Facultad de Medicina se trasladó a su nuevo emplazamiento y pronto la inscripción del antiguo edificio volvió a desaparecer, sin dejar rastro. Aquella frase latina simplemente dejaba constancia del hecho de la inauguración del edificio de la facultad.

 

Vestíbulo de la Facultad de Medicina, 2015. Vestíbulo de la Facultad de Medicina, 2015. Vestíbulo de la antigua facultad, 2017. Vestíbulo de la antigua facultad, 2017.

 

También en la ciudad de Granada, otro diminuto ejemplo. A fines del siglo XIX, en el monte de Cartuja, la Compañía de Jesús erigió el Colegio Máximo y, al lado, un observatorio astronómico (año 1902). En el friso sobre la entrada del observatorio se leía: CAELI ENARRANT GLORIAM DEI, que significa: "Los cielos proclaman la gloria de Dios". Es una cita del primer versículo del salmo 19 (18). Fueron pasando los años y, a principios del decenio de 1970, los jesuitas vendieron a la Universidad de Granada la mayor parte del monte de Cartuja, que se transformó en campus universitario. El observatorio acabó como anejo de la Facultad de Filosofía y Letras. No sé si intervendría, o no, alguna intencionalidad. Tampoco tiene tanta importancia, ni se trata de un bien declarado de interés histórico, pero lo cierto es que, con el primer arreglo del edificio, aquella piadosa inscripción desapareció como por ensalmo.

 

 Observatorio astronómico de Cartuja, 1902. Observatorio astronómico de Cartuja, 1902.  Antiguo observatorio de Cartuja hoy, 2017. Antiguo observatorio de Cartuja hoy, 2017.

 

Considerados de forma aislada, estos ejemplos parecen anecdóticos y hasta pintorescos, si no fuera por lo que manifiestan de cierta mentalidad censoria, subyacente, que va en aumento y hasta tiende a hacerse sistemática. En efecto, en España, esa clase de actuaciones en pro de la amnesia se ha incrementado notoriamente, a raíz de la Ley 52/2007, llamada Ley de Memoria Histórica (BOE 27 diciembre 2007). Se ha incentivado oficialmente el borrado de las huellas de la historia, promoviendo en ocasiones un celo demoledor de monumentos, denominaciones y símbolos, o financiando publicaciones creativas de una historia oficial, ideologizada y anticientífica. Como resultado, en ciertos aspectos, se diría que el territorio urbano se está convirtiendo en algo así como un palimpsesto: dícese del "manuscrito antiguo que conserva huellas de una escritura anterior borrada artificialmente" (DRAE).

 

Evoquemos un caso significativo de "memoria histórica", entre cientos o tal vez miles consumados o en curso. En la parte superior de la portada principal de la Facultad de Filología de la Universidad de Sevilla, en el edificio de la antigua Real Fábrica de Tabacos, se erguía un escudo de España de la época anterior a la Constitución de 1978, esculpido en piedra. En sintonía con la mencionada ley y quizá acuciadas por los catones de la memoria histórica, a fines de 2014, las autoridades de la universidad hispalense decidieron "eliminar el escudo, respetando los ángeles, como elemento escultórico de gran valor, y sustituirlo por el sello institucional de la US". Pues bien, cuando, en 2015, se ejecutó la obra, el celo supresor incumplió parte del acuerdo, arramblando también con los angelotes, como puede verse en la fotografía, y remató la obra con un soso estilo neoclásico.

 

Frontispicio de la Facultad de Filología, 2014. Frontispicio de la Facultad de Filología, 2014. El frontispicio de Filología en 2015. El frontispicio de Filología, reformado en 2015.

 

En irónico contraste con ese puritanismo supresor, se pueden encontrar símbolos que fueron respetados durante la dictadura. En 1933, se inauguró la prisión provincial de Granada. Sobre la puerta principal de la prisión, lucía en relieve el escudo de la Segunda República Española, que curiosamente permaneció intacto durante todo el régimen del general Franco. De modo que todavía hoy se puede admirar, pues dicha puerta ha sobrevivido a la demolición de la cárcel, tras el traslado de esta al centro penitenciario de Albolote, en 1997.

 

Escudo de España de la Segunda República. Escudo de España de la Segunda República. El mismo escudo republicano, en 2017. El mismo escudo republicano, en 2017.

 

Un caso parecido, de inesperado respeto, lo hallamos en Sevilla, en otra pared exterior del mismo edificio de la antigua Real Fábrica de Tabacos antes referida. Allí, en la fachada de la calle San Fernando, hemos visto adosado desde siempre, en azulejo, un gran escudo de la ciudad, con la corona almenada típica de la heráldica de la Segunda República. Y allí permanece hoy, compartiendo fachada con un escudo real del primer tercio del siglo XX.

 

Escudo de Sevilla.     Escudo de Sevilla.  Escudo real de España.   Escudo real de España.

 

No es tan nuevo. Si retrocedemos varios siglos atrás, al visitar la sala Mexuar en los palacios de la Alhambra, nos puede sorprender algo que cabe interpretar como un detalle de tolerancia. En el alicatado que circunda la estancia, contemplamos cómo se alternan escudos nazaríes, con el lema "Solo Alá es vencedor" y escudos imperiales de Carlos V, sea con el águila bicéfala, o con la divisa "Plus Ultra".

 

Escudo nazari. Escudo nazari en el centro. Escudo de Carlos V. Escudo de Carlos V en el centro. Escudo de Carlos V. Otro escudo de Carlos V.

 

Sin embargo, en estos tiempos contemporáneos, la norma no es el respeto por el legado de la historia, que siempre puede ser explicado e interpretado. La tendencia prevalente parece ser la de los desmochadores del pasado. Triunfan los instigadores y fautores de esas formas larvadas de destrucción del patrimonio histórico. Campean los falseadores de la historia, en nombre de una memoria selectiva, sesgada políticamente. Y lo peor es que actúan incuestionablemente al amparo de la legalidad. Un contrasentido que nos obliga a preguntarnos por el carácter sectario de la Ley, más bien ley de desmemoria.

 

La pugna por imponer una historia oficial presiona sobre los mismos historiadores, y no pocos sucumben a la ideología, en detrimento de la objetividad historiográfica. Sin duda, los impulsores de esa memoria histórica pretenden fines que estiman justos, pero pudiera ser que, en realidad, estén cayendo en un ejercicio de revanchismo. Habría que reconsiderar esa política insidiosa, esa ilusión de cambiar mágicamente los hechos históricos, ese ataque al conocimiento científico, esa pésima filosofía de la falsificación.

 

 

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Castilla Hidalgo, Martín
"La ‘memoria histórica’ y la filosofía de la falsificación", Ensayos de Filosofía, nº 5, 2017, semestre 1, artículo 4
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