Ensayos de Filosofía
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 Número 7, 2018, semestre 1, artículo 7
 
Publicado 13 marzo 2018


Resumen

El giro lingüístico hace que la ética, dejando su tono individualista, se centre en la deconstrucción de las palabras, aparentemente verdaderas, que esconden intereses y relaciones de poder. Su deconstrucción posibilita una nueva construcción con otras premisas éticas. En particular, este artículo se centra en el concepto de amor.


Temas

amor

deconstrucción

Derrida

ética



Bibliografía

Derrida, Jacques

1971 De la gramatología. Madrid, Siglo XXI.

2007 La diseminación. Madrid, Fundamentos.

 

Diviani, R.

2008 "Derrida y la deconstrucción del texto. Una aproximación a 'Estructura, el signo y el juego en el discurso de las ciencias humanas', La Trama de la Comunicación, 13.

 

Kant, Immanuel

2002 Fundamentación para una metafísica de las costumbres. Madrid, Alianza Editorial.

 

Nietzsche, Friedrich

1990 Sobre verdad y mentira en sentido extramoral. Madrid, Tecnos.

 

Real Academia Española

2014 Diccionario de la lengua española (23ª ed.).

La deconstrucción del amor como imperativo ético

Por más que busquemos, por más que anhelemos, no hay nada, absolutamente nada, fuera del texto (Derrida 2007: 55). No es que no haya nada, en el sentido del vacío, más allá del texto. Es más, que nosotros no podemos salir de él, de cruzar esa línea entre lo que hablamos y de lo que creemos que hablamos. Porque al final cuando creemos que hablamos de algo que no es texto e intentamos señalar ese más allá, solo hablamos otra vez con (y de) texto.

 

Entonces... ¿qué ocurre con los términos que consideramos verdaderos? Siguiendo a Derrida, es necesario deconstruirlos. Esos términos se están erigiendo como únicos y verdaderos, como si referenciaran a una realidad ajena al texto y fuese esa realidad ajena la dadora de su veracidad. Pero si no hay nada más allá del texto, entonces esta fuente de veracidad tambalea. La deconstrucción “considera como tarea primordial el desenmascaramiento de todo centro, de un núcleo, de un fundamento único” (Diviani 2008: 361). Es decir, los significados de las palabras son los que son, pero podrían ser otros porque, al final, son palabras hablando de palabras. Normal que a estas alturas dijera Nietzsche que “las verdades son ilusiones de las que se ha olvidado que lo son; metáforas que se han vuelto gastadas y sin fuerza sensible, monedas que han perdido su troquelado y no son ahora ya consideradas como monedas sino como metal” (Nietzsche 1990: 25).

 

¡Y hay más! No es solo que estos términos que han adquirido un significado fijo ya no puedan afirmarse como verdaderos o falsos, sino que entre todos los significados posibles si se ha fijado uno ha sido por relaciones de poder (Derrida 1971: 170). Es decir, la significación de las palabras es una cuestión polí(e)tica y es aquí donde insertamos la problemática que nos atañe: la deconstrucción del amor.

 

Si la fijación de los significados esconde relaciones de poder, la deconstrucción deberá mirar primero a quien construye o fija esos significados. Sobre el amor dice el DRAE en sus dos primeras acepciones (Real Academia Española 2014):

 

1. m. Sentimiento intenso del ser humano que, partiendo de su propia insuficiencia, necesita y busca el encuentro y unión con otro ser.

2. m. Sentimiento hacia otra persona que naturalmente nos atrae y que, procurando reciprocidad en el deseo de unión, nos completa, alegra y da energía para convivir, comunicarnos y crear.

 

¿Qué núcleo duro o ideas clave podemos extraer de estas definiciones?:

- El ser humano es incompleto y es el otro el que nos completa: “parte de su propia insuficiencia”, “nos completa”.

- La satisfacción de la insuficiencia busca una exclusividad: “procurando reciprocidad en el deseo de unión”.

 

No es difícil darse cuenta de que estas ideas son las hegemónicas en la concepción occidental del amor a través de conceptos bien asentados, como la monogamia o la fidelidad, o mitos populares que nos instruyen en ellas, como el de la media naranja. Sin embargo, la deconstrucción debe señalar el alcance y los límites de las ideas vigentes consideradas como verdaderas, naturales, e “indeconstruibles”.

 

En primer lugar, si el ser humano es incompleto por naturaleza y es el amor el que contempla, se aceptarán comportamientos a veces lesivos o no tan beneficiosos para la persona con tal de preservar la anhelada completitud. Podría ser fácil una justificación bajo estas proclamas de que en vez de “mejor solo que mal acompañado” es mejor mal acompañado y completo que solo e incompleto.

 

En segundo lugar, si el otro es la pieza de rompecabezas que justo nos encaja y nos completa, la relación de amor ya no es con el otro sino que se convierte en una relación conmigo. Da igual el otro en su totalidad porque lo que importa es que encaje en mis carencias, en mi vacío. El otro no es amado por lo que es, sino porque lo que a mi me encaja que sea. En este sentido existirán siempre tensiones porque el otro siempre, siempre, siempre, será otro. La tensión entre lo que yo me espero del otro, lo que a mí me encaja, lo que a mí me gusta, lo que a mí me llena del otro, siempre chocará con la complejidad del otro, con su totalidad.

 

Solo partiendo de ese amor que es relación conmigo y de esa incomprensión hacia la totalidad del otro se entiende que “se procure reciprocidad en el deseo de unión”. El otro visto como pieza de rompecabezas que me falta se ve como una posesión. El otro encaja en mí y da igual si yo encajo o no encajo en él. Se desea reciprocidad porque el otro se desea tener y poseer. ¿El otro como objeto? Solo así se puede entender la tragedia que supone en la cultura amorosa occidental el amar y no ser amado. El encontrar a tu media naranja y no poder unirse. Se ha descubierto lo que te falta, pero poco importa lo que le falta al otro. El otro se posee y te completa. Desde un punto ético, en todas estas visiones se viola el imperativo categórico:

 

"Obra de tal modo que uses a la humanidad, tanto en tu persona como en la persona de cualquier otro, siempre al mismo tiempo como fin y nunca simplemente como medio" (Kant 2002: 116).

 

El otro es visto como un medio para completarme. El otro ya no es otro nunca más sino que pasa a ser ese Yo que no ha nacido conmigo, esa parte de mí que no tengo, ese medio que me falta para mi felicidad. ¿El amor al otro como medio para llegar a mi felicidad y plenitud? Así parece y si así fuera, el amor al otro no sería más que amor hacia mí y para mí, para mi felicidad y para completarme. Desde esta lógica queda claro como no se puede vivir sin amar porque amar es poseer y poseer es completar.

 

Pero llegados a este punto de la deconstrucción empecemos a construir un amor que sea verdaderamente amor al otro y no amor para mí a través del otro. ¿Qué amor se derivaría del imperativo categórico kantiano? Un amor que acepta al otro como un fin, lo que supone aceptarlo en su otredad. No tratar de incorporarlo a nuestras carencias. Del otro no se espera nada porque no tenemos una imagen o un deseo de él. Si se ama al otro se desea a este en su totalidad y eso implica no amar nuestras carencias. No se debe amar lo que se admira, lo que se tiene, lo que se espera, lo que se gustaría. El amor al otro como fin en sí mismo desborda todo marco que lo intente aprisionar en mi mismidad. El otro como fin se entiende desde su propio centro de gravedad, desde sus carencias, desde sus afectos y desde sus logros. Amar así se convierte en un intento desesperado de salir del Yo para conocer un otro. El amor así es siempre inacabado, siempre haciéndose, siempre conociendo al otro, siempre camino.

 

Salir de los marcos de mi mismidad implica, por tanto, no esperar una reciprocidad porque el amor a otro como fin debe convertirse en un amor como fin en sí mismo. No se ama para nada, el amor como fin es un amor que no espera, sino que da. Cualquier método de intercambio del amor es eso, intercambio y por tanto no es amor. Es mercado, es contrato, pero no es amor. Si alguien deja de amar porque el otro no le ama entonces amaba el contrato o a él, pero no al otro. Entonces, si aceptamos la completa otredad del otro parece infantil y narcisista pensar que el otro solo nos va a amar a nosotros. No incorporarle a mí supone no imponerle mis miedos de soledad o de vacío. Si se entiende el otro como fin se entiende que sus gustos, sus amores, sus necesidades serán distintas a lo largo del espacio y del tiempo y que, desde nuestra finitud, no podemos corresponder eso siempre. Un amor desinteresado al otro no espera un amor desinteresado del otro.

 

Este amor como fin en sí mismo no puede ir, como se ha mostrado, de la mano de conceptos clásicos en el amor popular occidental como son la monogamia y la fidelidad pues ambos son la conversión de unos miedos a una forma mercantil de amor, donde el amor se rompe si se fallan las cláusulas. Como se ha explicado, un amor comprometido con el otro como fin es una responsabilidad poli(é)tica y se resume en el constante, incesante y siempre inacabado intento de romper el marco de la mismidad y nadar por el del siempre desconocido por completo marco de la otredad.

 

 

 

Correa Román, Javier
"La deconstrucción del amor como imperativo ético", Ensayos de Filosofía, nº 7, 2018, semestre 1, artículo 7
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