Ensayos de Filosofía
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 Número 11, 2020, semestre 1, artículo 1
 
Publicado 01 enero 2020


Resumen

Presentamos un estudio de 'La ciudad de las damas', de Cristina de Pizan, voz partícipe en la Querella de la Rosa por la igualdad de los sexos, cuya polémica abrió paso a la consideración crítica del estado político, artístico y social de las mujeres, reflexiones producidas desde la Edad Media.


Temas

desigualdad

feminismo

liberación de la mujer

literatura

mujer en la iglesia



Notas

1 . En la traducción española que manejamos adjetiva erróneamente como monja en lugar de canonesa, refiriéndose a Hrotsvita. En la abadía de Gandersheim, las canonenas aunque seguían la regla de san Benito -votos monásticos-, gozaban de libertad de movimiento y no tenían el voto de pobreza. De la obediencia de reglas monásticas y su relación con el poder de las mujeres véase I. Magli (1972) "Il problema antropológico culturale del monachesimo femminile", en Enciclopedia delle religioni, IV, voz "Monachesimo"; y Tavernini, 2000: 167.

 

2. P. Dronke (1986) "Rosvita", en Donne e cultura nel Medioevo citado en Tavernini, 2000: 165.

 

3. Términos empleados por Cristina de Pizan.

 

4. Sobre la cuestión matrimonial véase el estudio de Gil Ambrona, citada en este artículo, que permite profundizar en la tesis acerca de las dualidades entre el ideal y la práctica social del matrimonio, el peso de la tradición y la Iglesia, así como las evoluciones que podemos encontrar en literatura y registros oficiales que permiten analizar la situación de las mujeres desde una perspectiva más plural que la que refleja la literatura, y que por motivos de espacio aquí no podemos más que apuntar. 



Bibliografía

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1876 "Discurso en defensa del talento de las mugeres, de su aptitud para el gobierno, y otros cargos en que se emplean los hombes", en Memorial literario instructivo y curioso de la Corte de Madrid (vol. VIII, págs. 400-430). Madrid.

 

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La ciudad de Cristina de Pizan. Perspectivas filóginas en el medievo

La ciudad de las damas, publicada en 1405, no es la única obra que Cristina de Pizan escribió, pero sí sea tal vez la que más refleje la situación de las mujeres en la baja Edad Media, al haber servido de piedra angular para la Querella. La ciudad de las damas es, en términos de la autora, un memorial de agravios que pretende edificar con razón, derechura y justicia un "nuevo reino de la femineidad".

 

De cómo fuera recibido en la sociedad de Cristina este libro no se conoce evidencia, aunque como defiende M.-J. Lemarchand parece improbable la hipótesis que se manejaba en el siglo XX sobre la lectura de La ciudad de las damas como una edición de De claris mulieribus de Boccaccio, quien, aun reconociendo la existencia de mujeres ejemplares, para él lo eran "menita sexum", a pesar de su sexo, ya que la concepción acerca de la mujer que predominaba es la de mujer como virago, individuo que aspira a poseer atributos viriles, aunque el problema de autoridad contra los maldicientes que se encuentra en La ciudad de las damas lleve a Cristina a legitimar también su obra en la autoridad de él. Pizan, probablemente motivada por su interés en verse reconocida como escritora y para la defensa de su obra, advierte "que no se me diga que mi argumentación es parcial, porque yo retomo a Boccaccio, cuya autoridad es indiscutible" y en consejo de la dama Razón afirma que está bien refutar ideas amparándose en lo que otros doctos han hecho.

 

Lo que podemos decir es que Cristina de Pizan no era la única mujer que abordó desde la escritura la situación de su sexo. María-Milagros Rivera sostiene que "en la querella de las mujeres participaron pensadoras que identificaron la existencia en su sociedad de operaciones de política sexual (…) que pudieron localizar un poco en todas partes, pero cuya existencia no resultaba nunca explícita. Y tomaron postura política contra ellas" (Rivera 1992: 598), porque la Querella constituyó un repudio a los prejuicios y valores que consignaban tópicos contra la igualdad de los sexos, apuntalando la misoginia, y que siglos más tarde darán lugar al patriarcado y su reacción, los feminismos.

 

 

1. Filoginia, comienzos de la andadura por la igualdad

 

Antes que la Querelle des femmes con Pizan, en el siglo XII ya puede hablarse de la Frauenfrage, de la cuestión de mujeres, pero es con la Ilustración cuando el destino de la Querella cobra un nuevo cariz, cuando la igualdad de los sexos y la polémica contra la misoginia se transforma en la vindicación por la ciudadanía, con la que se instauran violentamente los derechos civiles y la autonomía individual, hasta la condena al machismo de hoy, misoginia en grandes cifras que "son globales y aún cantan el terrible destino que nacer mujer puede suponer" (Pérez Garzón 2018).

 

En 1673 Poulain de la Barre publicaba De l'egalité des deux sexes, dos siglos después que Cristina de Pizan escribiera La ciudad de las damas. Más de cien años después vería la luz la Vindicación de los derechos de la mujer, de Mary Wollstonecraft. Ella, en 1972, rompía con la misoginia al incorporar la acción política a la conciencia y el interés por las mujeres en el orden social que se estaba pensando para un mundo en que Dios ya había dejado de ser la autoridad y causa por la que defender la igualdad de sexos. Pero en la baja Edad Media el orden social aún era teocrático. Los argumentos patrísticos al nacimiento de Eva estaban siendo utilizados para apoyar un discurso en la Edad Media que pretendían legitimar, o al menos completar, el corpus misógino. Esto puede verse en la defensa de los autores filóginos medievales como es el caso de El triunfo de las donas de Rodríguez del Padrón (1390-1450), donde los argumentos de materia -la ancilaridad de Eva- y de tempore -la derivación de Eva después de Adán- serán respondidos con otros como el de loco y el de natura, ambos relacionados con Eva, lo que le conduce a la defensa de la mujer como "la criatura más perfecta, por ser creada después y por parecerse más a los ángeles" (cf. Vélez-Sainz 2015: 96-112).

 

 

1.1. Hrotsvita y la cuestión del placer femenino

 

También puede verse el caso de la canonesa Hrotsvita (ca. 935-1002), mujer devota que escribió comedias teatrales en prosa cuatrocientos años antes de La ciudad de las damas, y que bien merece un apunte. Como recoge Gilson (1) el teatro cristiano da comienzo en un pequeño, orgulloso principado independiente, guiado por mujeres (2), un monasterio de benedictinas, motivado precisamente por la elocuencia de la literatura pagana y la popularidad aún en el siglo X de las comedias de Terencio y porque aunque en los siglos IX y X el pensamiento filosófico no arroja toda la luz a la cultura como sí ocurre en otros periodos, o precisamente por ello, la cultura clásica es notable siendo los cambios del siglo XII y la Frauenfrage los que preparen la Querella. 

 

La escenificación de los amores de las mujeres y del placer entraba en conflicto con las enseñanzas morales de la Vulgata y, como Cristina de Pizan, también Hrotsvita se encontraba en un espacio cristiano por lo que es comprensible el sonrojo que ella misma siente al tener que superar el pudor para con sus obras demostrar que si es más fuerte la tentación, el triunfo de la virtud como la inocencia será más admirable.

 

"Frecuentemente me siento enrojecer de vergüenza y de confusión, porque no puedo emplear este estilo sin imaginar y describir la detestable locura de los amantes criminales y la impura dulzura de conversaciones que nuestros oídos deberían negarse a escuchar; pero si hubiese evitado estas situaciones por pudor, no habría alcanzado mi objetivo, que era demostrar la gloria de la inocencia en toda su claridad" (Hrotsvita, citado en Gilson 1965: 215).

 

Al igual que Cristina de Pizan, Hrotsvita era culta y privilegiada, como ella, también escribió apoyándose en el cristianismo, para una mujer cuyo modelo estaría en las virtudes y su diferencia en el sexo. Luego entonces, será el sexo lo que determine la defensa de la mujer frente a los ataques de hombres que son "sucios y negros pedruscos" (3).

 

 

1.2. La ciudadanía como sustrato político

 

La cuestión de las mujeres es un asunto de ciudadanía. En eso Cristina de Pizan parece adelantarse a sus coetáneos incluso en la llamada a la acción de las mujeres para las que escribe que "ha llegado la hora de quitar de las manos del faraón una causa tan justa".

 

El interés por la mujer en el mundo y por la igualdad de estas con los hombres primero -la igualdad de sexos- y la igualdad de derechos, después, forja pasada la Edad Media movimientos de mujeres que discurren sobre temas que están presentes en La Ciudad de las Damas y otros que la superan, entre ellos la educación. Josefa Amar y Borbón defendió como Cristina de Pizan que, si las mujeres tuvieran la misma educación que los hombres, harían tanto o más que estos (Amar y Borbón 1876). La educación de las mujeres, aún en el siglo diecinueve, alejada de toda perspectiva religiosa, seguía formando parte de esas operaciones de política sexual que al comienzo señalábamos.

 

 

2. Límites de la ciudadela feudal

 

¡Que callen ya! ¡Qué se callen para siempre esos clérigos que hablan mal de las mujeres, esos autores que desprecian en sus libros y tratados, y se mueran de vergüenza todos sus aliados y cómplices por lo que se han atrevido a decir! (Pizan 2013: 91).

 

Llegados a este punto podemos plantear si La Ciudad de las Damas es protofeminista.  De los tres libros que lo forman, en los tres primeros capítulos del libro I está el sustrato más político por cuanto más duro es el discurso contra los misóginos. Pero aún es demasiado dependiente de la idealización de la mujer, muestra de ello es la defensa de la mujer por el reconocimiento de la moralidad o el uso del evangelio para sostener dos argumentos que podemos concretar en que, por un lado, de la igualdad de almas se deduce la igual capacidad moral, y que de la proximidad de la mujer concreta con la virgen a través de ese ejercicio moral se aduce contra los maldicientes que difamar a las mujeres es tanto como blasfemar.

 

Cristina no cuestiona el orden social que sostiene las desigualdades sino que forma parte del grupo de autores y autoras filóginos, es decir quienes quedaban al otro lado de la misoginia. Pero sí deja ver la capacidad de la autora para reconocer los argumentos misóginos que operan en los dichos contra las mujeres. Las razones misóginas que dibujan a la mujer como glotona y comilona, débiles como los niños, lloronas, charlatanas e hilanderas, son respondidas largamente por Cristina caricaturizando a los misóginos como unos envidiosos, repletos de vicios, a quienes gusta hablar mal y hablan demás para parecer sabios.

 

La utilización del yo diegético presenta también ciertas dualidades en la defensa, sirva señalar cómo en el capítulo VII del libro II presenta una idealización del cuidado como función de las mujeres con el objeto de restar tristeza al hecho de tener una niña en vez de un varón hijo, y utilizar en el libro I el aislamiento doméstico y la misma función de los cuidados como lastre para la inteligencia femenina al privárselas de experiencias. En ese asunto tanto como en lo que significa la división sexual del trabajo (cf. págs. 49, 53 y 77) Cristina se sirve de razón para dejar abiertas preguntas o dar razones con las que ella misma podría en realidad estar discrepando.

 

El límite de La ciudad de las damas no está en la ciudad que construye, sino en que no parece ser una obra que cuestione radicalmente el orden establecido, aunque se deba reconocer el valor de la obra. El límite es que queda a medio camino, entre el empoderamiento de las mujeres (la demostración de razón y capacidad literaria) y el rechazo de la exclusión de la mujer del sistema judicial (cf. págs. 49, 57 y 77), o bien, perpetuando roles y sosteniendo la dominación sexual:

 

"Queridas amigas casadas, no os indignéis por tener que estar sometidas a vuestros maridos, porque el interés propio no siempre reside en ser libre (…) que ninguna de vosotras se obstine en defender ideas frívolas o poco razonables, ni recurra a un lenguaje o actos escandalosos, tan poco apropiados para una mujer. (…) mujeres de alta, media y baja condición, que nunca os falte conciencia y lucidez para poder defender vuestro honor".

 

Efectivamente, Cristina subraya la defensa del honor de las mujeres, da un portazo a la misoginia pero es incapaz de efectuar el movimiento hacia la fundamentación de un orden diferente ajeno a la diferencia sexual, en el que la fidelidad feudovasallática y la culpabilización de los males matrimoniales a las mujeres (contenidos en las doctrinas de los Padres de la Iglesia y reforzados en la Edad Media) queden desterrados del trasfondo de la política de la ciudad. La fundamentación empezará a elaborarse siglos después. La honorabilidad ha constituido el ideal de masculinidad, ataviaba a los hombres de un rol de género que los convertía en garantes del interés del linaje, o lo que es lo mismo, del orden familiar en el que el matrimonio seguía siendo algo contractual (4).

 

Finalmente constatar que en el capítulo LIII del tercer libro se pregunte por qué otras mujeres no habían escrito un libro de tal envergadura, que denunciara que solo exista la perspectiva de los hombres, el camino iniciado por la igualdad de sexos tendrá repercusión en obras de siglos posteriores como las de Josefa Amar (Discurso sobre la educación física y moral de las mujeres, 1790), ya citada e Inés Joyes (Apología de las mujeres, 1798). No se pretende aquí apoyar la idea de que si consideramos a las autoras y a los autores que bien en el contexto de la Querella  u otro han pensado en ciertos términos de igualdad a la mujer, o que la han defendido en la medida de sus posibilidades, el feminismo encontraría sus antecedentes a lo largo de todas las épocas, lo que supondría negar la dependencia contextual de las llamadas olas feministas. 

 

La ciudad de Cristina, como la habitación de Virginia Woolf, proyectaba ese espacio de creación propia, un espacio defensivo, un espacio en el que ver emerger nuevas experiencias de las mujeres.

 

 

Mora Palomares, Agustin
"La ciudad de Cristina de Pizan. Perspectivas filóginas en el medievo", Ensayos de Filosofía, nº 11, 2020, semestre 1, artículo 1
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