Ensayos de Filosofía
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 Número 12, 2020, semestre 2, artículo 2
DOI  10.13140/RG.2.2.18572.13441 
 
Publicado 01 julio 2020


Resumen

Se aborda la crisis desatada por la pandemia del Covid-19 tomando como principal referente el pensamiento existencial de Karl Jaspers. Se propone una lectura crítica a propósito de de la relación que establecemos con la información en el seno de esta crisis.


Temas

información

Karl Jaspers

Martin Heidegger

muerte

pandemia



Bibliografía

Baquedano, Sandra

2013 "Situación límite y suicidio en Jaspers", Philosophia (Argentina), nº 73: 45-60.

 

Brito, Rodrigo

2018 Heidegger y la existencia propia: una ética para enfrentar la actual crisis planetaria. Santiago, Universidad Mayor-RIL.

 

Esquirol, Josep María

2009 El respirar de los días. Una reflexión filosófica sobre el tiempo y la vida. Barcelona, Paidós.  

2015 La resistencia íntima. Ensayo de una filosofía de la proximidad. Barcelona, Acantilado.

 

Han, Byung-Chul

2012 Muerte y alteridad. Barcelona, Herder, 2018

 

Heidegger, Martin

1972 Ser y tiempo. Santiago, Editorial Universitaria, 2015.

 

Jaspers, Karl

1949 La filosofía. México, D.F., Fondo de Cultura Económica, 1953.

 

Steiner, George

1978 Heidegger. México, D.F., Fondo de Cultura Económica, 2013

 

Yalom, Irvin

2008 Mirar al sol. La superación del miedo a la muerte. Buenos Aires. Emecé.

Hoy lo vivo está en mirar hacia la muerte. Información y alienación en la era de la pandemia

Estadística, información y alienación

 

A la fecha (6 de mayo de 2020), el número de muertes ocasionadas por el Covid-19 asciende a un total de 263.785 casos en todo el mundo. Solo en Chile se contabilizan 281 defunciones atribuidas directamente a los efectos del virus, mientras que en otros países de nuestra región las cifras oficiales dan cuenta de un escenario aún más adverso: en Ecuador ya han muerto 1.618 personas, el pueblo peruano lamenta 1.533 pérdidas, y en territorio brasileño el virus ha cobrado 8.588 vidas humanas. Cruzando el atlántico, los números reportados por algunos países europeos resultan francamente alarmantes: Italia se ubica en el primer lugar de la lista con 29.684 fallecidos, seguido muy de cerca por España con 25.812 y por Francia con 25.812 decesos confirmados. El ranking mundial es liderado actualmente por los Estados Unidos de Norteamérica con la sorprendente cifra de 73.418 muertos.

 

La estadística aportada por los organismos nacionales e internacionales responsables de llevar el conteo de las víctimas de la pandemia constituye la cara más visible de la tragedia. Los medios de comunicación masiva informan minuto a minuto y sin descanso sobre estas cifras, colmando los noticiarios y las redes sociales con gráficos, tendencias y proyecciones. Prácticamente no se habla de otra cosa; todos los espacios se encuentran saturados de información sobre la contingencia mundial, la que hoy parece reducirse sin más al avance del coronavirus y sus consecuencias a escala global. Todos estos datos acaban por dibujar numéricamente el rostro de la amenaza, cuyo semblante tiende a volverse cada vez más ominoso a medida que los casos confirmados alrededor del mundo se suman y se multiplican.

 

Al vernos enfrentados a este incesante flujo de información, se vuelve urgente reparar en lo siguiente. Si bien es cierto que estos números nos permiten tomar conciencia de la magnitud cuantitativa del problema, lo que la estadística oficial no alcanza a mostrarnos es la profundidad cualitativa del asunto: la peculiar textura y el significado de las vivencias personales que emergen en el seno de este súbito encuentro con la enfermedad y con la muerte. Los datos no nos dicen nada sobre la dimensión humana de la pandemia, pues la mera estadística es ciega al sentir de aquellos que hoy temen por sus vidas y por las de sus seres más queridos, es sorda al lamento de los enfermos y de los deudos, y así permanece irremediablemente muda ante el clamor de quienes necesitamos -algunos desesperadamente- hallar un sentido a lo que ocurre a nuestro alrededor. En definitiva, hoy más que nunca debemos tener presente que las cifras por sí solas no nos hablan, solamente nos informan.

 

En el contexto actual, diversos personeros de gobierno nos señalan la importancia de "mantenernos informados" durante el desarrollo de la crisis, sin reparar en el hecho de que el enorme caudal de información que nos envuelve día a día tiene la capacidad de horadar los frágiles cimientos de nuestra estabilidad anímica; no es raro encontrarnos con que aquellos que se afanan por "estar al día" con la información del momento suelen ser, precisamente, los que se hallan más inquietos ante el porvenir. Se trata de una curiosa paradoja: a más información, mayores tienden a ser la desorientación y la confusión. Esto, toda vez que los datos y noticias que tenemos a nuestra disposición poco o nada nos aportan en términos de clarificar el sentido que para cada uno de nosotros pueda tener lo que (nos) está pasando.

 

Buscamos en la contingencia noticiosa algún tipo de asidero, un punto de referencia, algo a qué aferrarnos. Sin embargo, no nos percatamos que al asirnos a la información del momento acabamos por perdernos irremediablemente a nosotros mismos. Como bien nos advierte el filósofo catalán Josep María Esquirol (2009), la información que circula en derredor nuestro -y a la que tan obediente e inconscientemente tendemos a "engancharnos"- tiene ínsito el potencial para alienarnos. Es en este sentido que el autor afirma que "la rueda de la información, el estar al día, acaba siendo un buen narcótico: añadiéndose a la rueda, el hombre se entretiene, se engancha y, de este modo esquiva ser él mismo, se aliena" (Esquirol 2009: 82). Dicho de otro modo, "estar pendiente de la actualidad es evasión, abstracción, huida" (Esquirol 2015: 120). Esta última palabra llama fuertemente mi atención... ¿De qué estaríamos huyendo cuando nos sumamos a la rueda de la información contingente? ¿En qué sentido podemos afirmar que la información que circula nos aliena, nos aleja de nosotros mismos? ¿Por qué extraño motivo nos sentimos hoy tan impelidos a mantener fija nuestra atención en el desarrollo de la contingencia, consumiendo noticias y tomando nota de la evolución de la estadística? Por ahora ensayemos una posible respuesta a la primera de estas preguntas, preparando el terreno para abordar las otras dos restantes: parece ser que hoy huimos ante la vida.

 

 

Las situaciones límite

 

Karl Jaspers nos enseñó que vivir una vida humana significa siempre hacerlo en medio de situaciones: "estamos siempre en situaciones. Las situaciones cambian, las ocasiones se suceden. Si éstas no se aprovechan, no vuelven más" (Jaspers 1949: 17). Para el filósofo, la existencia de cada uno se juega en cada instante en el seno de determinadas circunstancias, las cuales se revelan en la propia experiencia como poseyendo ciertas cualidades, siendo una de ellas su transitoriedad: hoy estoy en esto, mañana en esto otro, y no puedo sino estar siempre ya en esto o en aquello. Ortega apunta en la misma dirección cuando afirma que "yo soy yo y mi circunstancia": ser es siempre estar siendo en situaciones. Por otro lado, explica Jaspers, las situaciones en que habitamos tienden a presentarse como estando más o menos disponibles para ser transformadas por nosotros: en general nos es dado modificar ciertas circunstancias en función de nuestros deseos o preferencias, si bien también es cierto que las más de las veces nos hallamos en situaciones que ofrecen una contundente resistencia ante la posibilidad de ser alteradas por nuestra voluntad. En tales casos, nos vemos obligados a redoblar nuestros esfuerzos para alcanzar las condiciones que estimamos más convenientes. Y si bien hay ocasiones en que tales esfuerzos rinden sus frutos, hay muchas otras en que simplemente debemos reconocer que por más que lo intentemos no tendremos éxito. 

 

Ahora bien, junto con lo anterior, Jaspers identifica un cierto tipo de situaciones cuyo rasgo definitorio consiste en su condición perenne e insalvable. Se trata de situaciones que no podemos alterar, así como tampoco podemos nunca escapar de su influjo. En palabras del autor:

 

"Hay situaciones por su esencia permanentes, aun cuando se altere su apariencia momentánea y se cubra de un velo su poder sobrecogedor: no puedo menos de morir, ni de padecer, ni de luchar, estoy sometido al acaso, me hundo inevitablemente en la culpa" (Jaspers 1949: 17).

 

A estas últimas el autor las denomina "situaciones límite", consistiendo en lo que podríamos llamar situaciones "no circunstanciales", es decir, que no se encuentran sujetas a variación ni contingencia alguna, así como tampoco se prestan para ser transformadas a voluntad; sin importar cuánto esfuerzo invirtamos en cambiarlas ellas se mantienen incólumes, fungiendo como el telón de fondo de nuestro habitar cotidiano.

 

En su análisis, el filósofo alemán se ocupa especialmente de cuatro situaciones de esta laya: la muerte, el sufrimiento, la lucha y la culpa. Todas ellas consisten en elementos consustanciales a nuestra existencia mundana, ingredientes fundamentales de nuestra humana condición. Encabeza esta lista la muerte (Tod): ser humano es siempre ya ser mortal, o como prefiere Heidegger (1972), existir significa hallarse arrojado en dirección a la muerte. Nuestra condición mortal no es algo que podamos, de hecho, eludir: se trata en verdad de la posibilidad más posible, del horizonte que se dibuja, impertinente, desde el instante mismo de nuestro nacimiento. En segundo lugar, Jaspers explica que el sufrimiento (Leiden) también nos es dado como un hecho del cual no podemos escapar: el cuerpo duele y enferma, así como también lo hace el alma. Sin importar de qué modos intentemos mantenernos salvos del sufrimiento, éste siempre acaba por imponerse como una experiencia inevitable. En tercer lugar, la lucha (Kampf) corresponde a nuestro afán por transformar nuestra situación o estado actual, buscando alterar nuestro presente en pos de una condición anhelada. Esta lucha se libra, simultáneamente, en al menos dos frentes: luchamos y competimos con los otros seres humanos, pero también luchamos con nosotros mismos pues, como bien nos recuerda Baquedano -parafraseando a Jaspers- "la existencia consiste en el proceso de llegar a ser sí mismo, lo cual implica un constante combate dentro de sí" (2013: 52). Y, finalmente, la culpa (Schuld) constituye para el pensador otro dado de la existencia que, a la par con los otros tres, nos configura como seres humanos. Debemos a Sartre la conocida expresión "estamos condenados a ser libres"; nuestra libertad es una condena toda vez que no podemos sino ejercerla, viéndonos obligados en todo momento a hacernos cargo -muchas veces, penosamente- de la responsabilidad que ella siempre acarrea. Y en vista de que somos seres finitos -ya lo vimos- toda decisión implica tener que optar por un camino y descartar, en el acto, infinitas otras posibilidades de ser. Y he ahí que se anuncia la culpa, que es culpa ontológica y no solamente moral: somos culpables de nunca llegar a ser todo lo que podríamos llegar a ser.

 

Como mencioné anteriormente, estas situaciones límites se caracterizan por ser absolutamente insalvables pues forman parte de nuestra irrenunciable condición humana; son los hilos con que se teje la trama de nuestra existencia. Sin embargo, lo cierto es que en general tendemos a no reparar en ellas, viviendo nuestras vidas como si el peso de la muerte, el sufrimiento, la lucha y la culpa no estuviese lastrando cada uno de nuestros pasos. Solemos vivir en forma desatenta, entregados confiadamente al cómodo amparo de nuestras certidumbres y ocupaciones: "en la vida corriente huimos frecuentemente ante ellas cerrando los ojos y haciendo como si no existieran. Olvidamos que tenemos que morir, olvidamos nuestro ser culpables y nuestro estar entregados al acaso" (Jaspers 1949: 17). Pero basta con que lo absolutamente inesperado irrumpa en nuestras vidas para que esta ilusión, este olvido, se diluya, descorriéndose así el grueso velo de la cotidianeidad. El azote de lo imprevisto -una enfermedad, un accidente, un fracaso, un engaño, una pandemia- nos fuerza a tomar conciencia de nuestra radical situación: después de todo sí éramos mortales y finitos, sí estábamos destinados a sufrir, sí estábamos enfrascados en una lucha interminable, sí éramos al fin y al cabo responsables del curso de nuestras vidas... Ya van 263.785 muertes ocasionadas por el virus en el mundo y la lista de fallecidos aumenta con cada minuto que pasa... ¡después de todo, resulta que sí éramos mortales!

 

 

Huir ante la vida a través de la información

 

Huimos, entonces, ante la vida. Huimos ante esta vida que hoy nos revela su verdadero rostro, desprovista de certezas permanentes. Atenazados por la conciencia de nuestra propia finitud, confrontados por los límites de nuestra frágil existencia, nos vemos de pronto despojados de ese grato olvido en que consiste la cotidianeidad; ya no podemos obviar nuestra condición mortal, el sufrimiento nos asecha en cada esquina, nuestra vida se reduce a una batalla por la supervivencia, somos interpelados por la situación a decidir y a reparar en el tipo de vida por el cual hemos optado.

 

Ante una situación como ésta la angustia -así, con mayúscula- nos asedia, pues "a las situaciones límites reaccionamos (...) ya velándolas, ya, cuando nos damos cuenta realmente de ellas, con la desesperación" (Jaspers 1949: 17). Y es entonces que huimos, desesperados, buscando un refugio donde resguardarnos mientras pasa la tormenta. En definitiva, procuramos un refugio que nos ampare ya no solamente del virus, sino de la angustia que hoy se cuela insidiosamente por los intersticios de nuestro ser, fragilizado por la pandemia.

 

Y he aquí el punto: huimos ante esta vida, tan precaria e indigente, buscando refugio en la información, en la actualidad, en el acontecer noticioso. Todo ello "acaba siendo un buen narcótico" que contribuye a adormecer nuestra conciencia de cara al límite. Así, nos ocupamos en consumir compulsivamente información contingente, estadística, "enganchándonos" de esta extraña droga que nos libera de la angustia al trocarla por ansiedad, por inquietud, por temor. Y es que preferimos el miedo antes que el terror o la desesperación, pues si bien podemos vivir ansiosos, nos resulta imposible convivir con la angustia.   

 

Convengamos en que el miedo y la angustia son dos experiencias del todo diferentes. La verdadera angustia -existencial, ontológica- adviene cuando nos hallamos enfrentados con la alteridad, esto es, cuando somos interpelados por aquello que nos resulta absolutamente desconocido e inaprehensible y, por ende, radicalmente incontrolable. El miedo, en cambio, lo sentimos ante algo que, si bien nos amenaza, nos resulta cognoscible y hasta cierto punto predecible. El miedo tiene objeto, no así el terror o la desesperación existencial cuyo objeto coincide con la nada, el vacío. Y es así como el poder narcotizante de la información y la actualidad descansa en su habilidad para perfilar lo imperfilable: la información delimita la nada con trazos de contingencia, recurriendo a los datos para dibujar los contornos y los movimientos del fantasma. Curiosa es esta alquimia -la de la información- que es capaz de transformar el pesado plomo de la incertidumbre radical en el reluciente pero efímero oro de una precaria sensación de control. La alteridad se cubre con el velo de lo contingente. La desesperación cede su lugar a la ansiedad y el temor.  

 

Es justamente en lo anterior que se anuncia el potencial alienante de la "rueda de la información". La actualidad noticiosa nos permite desviar la mirada de nosotros mismos, esto es, de nuestra precaria e ineludible situación existencial, ayudándonos a olvidar el hecho de que estamos inevitablemente sujetos al acaso, a lo azaroso, a lo impredecible, a lo radicalmente otro. Asimismo, la novedad del minuto a minuto y la velocidad de la contingencia nos anestesian y nos distraen, a la vez que nos brindan una falsa conciencia de la situación. Esta distracción y el consiguiente olvido de los propios límites equivale a un "olvido de sí", un "olvido ontológico" o, como diría Heidegger (1972), a la "caída" en una existencia impropia.

 

Sobre la base de lo ya dicho nos encontramos en condiciones para intentar dar respuesta a la tercera pregunta -la que interroga sobre los motivos que nos impulsan a aferrarnos a la rueda de la información y la actualidad. En el fondo, necesitamos conocer lo que nos amenaza, requerimos identificar el objeto de nuestro terror. Nos urge conocer su magnitud, anticiparnos a sus movimientos, predecir su comportamiento, adelantarnos a su ataque para preparar nuestra defensa. En fin, necesitamos deshacernos de esta maldita incertidumbre para sentirnos en control de nuestra situación; saber que podemos hacer algo, que nos es dado manipular el azar, para así asegurarnos frente al fracaso y la pérdida inminentes. El filósofo surcoreano Byung Chul-Han afirma que en el encuentro con la muerte tendemos a reaccionar con una "hipertrofia patológica del yo" (2012: 9), la cual se sostiene sobre un intento desesperado por volvernos más poderosos que la muerte: "la muerte se anuncia como lo distinto del poder. La resistencia a morir y las ansias de más poder se reflejan mutuamente. El incremento de poder se experimenta como una disminución de la muerte" (Han 2012: 11). Visto bajo este prisma, es como si nuestro afán por mantenernos informados tuviera como único fin amasar más poder para nosotros -el poder que proviene del estar informados- para así sentirnos capaces de vencer a la muerte: "la muerte actúa como un fermento del poder. Se hace acopio de poder contra la muerte" (Han 2012: 19). Y es así como gracias a la información nuestro yo se hace grande, potente, agente, vital... si bien se trata inevitablemente de un yo fantaseado, irreal, evitativo, compensatorio. Para el autor, este yo hipertrofiado acaba por adoptar una apariencia grotesca, monstruosa y patética, que no hace más que transparentar su absoluta desesperación.

 

 

Lo vivo en la muerte

 

Se impone entonces una última pregunta, acaso la más importante: hallándonos hoy en esta difícil situación, ¿qué otra cosa podemos hacer? Si la opción de narcotizarnos con la información contingente se nos muestra como una vía de escape sin salida, una forma de autoengaño que en nada cambia nuestra circunstancia, ¿existe alguna alternativa? Al fin y al cabo, ¿cómo afrontar esta situación sin caer en el olvido de nuestro ser más propio, sin ceder ante la tentación de engrandecer artificialmente nuestro yo, inflando tramposamente nuestra sensación de control y seguridad? Para abordar estas interrogantes, recurramos por última vez al pensamiento de Jaspers.

 

Retomemos el argumento del filósofo justo donde lo dejamos, presentando esta vez la cita completa: "a las situaciones límites reaccionamos (...) ya velándolas, ya, cuando nos damos cuenta realmente de ellas, con la desesperación y con la reconstitución: llegamos a ser nosotros mismos en una transformación de la conciencia de nuestro ser" (Jaspers 1949: 17, cursivas añadidas). Lo que el autor llama aquí "reconstitución" tiene que ver con la posibilidad de mirar de frente aquello que se nos anuncia en la conciencia de las situaciones límites, enfrentándonos resueltamente a la precariedad de nuestra condición finita y exponiéndonos al influjo de la angustia. Según explica Jaspers, la reconstitución de nuestro ser solo se hace posible una vez que nos disponemos a hacernos cargo de nuestra irrenunciable situación existencial, sin desviar la mirada ante la nada. Se trata, en definitiva, de una verdadera "conversión", la cual requiere de nosotros estar dispuestos a renunciar a toda certeza y, en ese mismo acto, abandonar toda pretensión de ejercer algún tipo de control sobre la circunstancia presente. En el fondo, la única alternativa consistirá en "afrontar" -en el sentido de "hacer frente", "mirar de frente"- en vez de "enfrentar" -en el sentido de "dar la pelea", "resistir"- la situación que ahora se nos impone.  

 

El movimiento de reconstitución descrito por Jaspers coincide en gran medida con lo que Heidegger (1972) llamó "resolución precursora". En su analítica existencial, el maestro de Friburgo coincide con Jaspers en identificar como condiciones ineludibles de toda existencia humana tanto la finitud (la muerte) como la culpa. De igual modo, el pensador se muestra de acuerdo con la idea según la cual en nuestro habitar cotidiano tendemos a no tenerlas presentes, a olvidarlas. Para el autor de Ser y tiempo, dicho olvido ontológico constituye uno de los rasgos distintivos de lo que él denomina una existencia "inauténtica" o "impropia", esto es, aquella vida que se vive sin conciencia de sus límites, que no repara en su nihilidad constitutiva y que, por ende, no se apropia de sí misma en la radicalidad de su condición finita. Esta impropiedad se sostiene sobre la distracción que encuentra la persona humana -el Dasein- en sus diversas ocupaciones y en la familiaridad y el ajetreo del día a día.

 

Sin embargo, este estado de enajenación y olvido de sí no es una condena o un destino inevitable para el Dasein, pues se dan también momentos en los cuales se nos ofrece la posibilidad de reapropiarnos de nuestra existencia y, con ello, de vivir nuestra propia vida. Tal ofrecimiento llega a nosotros bajo la forma de una "llamada" silenciosa que, desde lo más hondo de nuestro ser, nos interpela. Según Heidegger, el "llamado" o "vocación de la conciencia" nos recuerda nuestro esencial ser-culpable: el hecho de que cada uno es responsable de optar por la senda que habrá de recorrer de camino hacia su muerte. En palabras del filósofo y psicólogo chileno Rodrigo Brito:

 

"Ser-culpable viene a significar (...) un no ser del todo dueño de sí mismo y, por tanto (...), un estar en deuda radical por el propio ser que se tiene-que-ser y del cual tenemos-que hacernos responsables, es decir, responder por él y desde él" (2018: 84, cursivas en el original).

 

Y George Steiner, destacado comentarista de Heidegger, lo plantea como sigue: "la ‘vocación’ de la conciencia, y el estado de culpa que esta vocación produce en el Dasein (...), nos recalca la virtualidad de escoger auténticamente, de tomar conciencia de, contra toda la inercia y la mundanidad, la posibilidad de ‘ser-para-su-sí-mismo’" (Steiner 1978: 175, cursivas en el original).

 

Pues bien, lo que Heidegger (1972) denomina "resolución" o "resolución precursora" es la actitud adoptada por el Dasein una vez que se ha decidido a responder a la llamada. Tal resolución es "precursora" en el sentido de que se constela en torno a la conciencia de la propia finitud, articulándose ante la nada y adelantándose a la propia muerte:

 

"El Dasein resuelto asume (...) su radical finitud, sus límites, su condición existencial, los términos de su existencia en lo que tienen de apremiantes y de inamovibles, su nacimiento existencial en cuanto estar-arrojado y su muerte existencial en cuanto estar-vuelto-hacia-la-muerte, desde donde puede extraer, y solo así, la originaria singularidad de su existir y el alado peso de su destino" (Brito 2018: 91-92).

 

Sería esta actitud resuelta, decidida y responsable la que hace posible la reconstitución de nuestro ser de cara al límite. Confrontados por la muerte, estremecidos por la nada, solo podemos volver a vivir nuestra propia vida si nos resolvemos a dejar atrás ese olvido -esa huida- que es propiciado por la cotidianeidad, la actualidad y la contingencia, para así encarar con propiedad nuestro destino. La resolución decanta entonces en una forma de afrontar la circunstancia presente en la cual el Dasein renuncia a la opción de distraerse en lo familiar o de aferrarse a lo que le resulta conocido, resistiéndose así a la seducción de sus hábitos y costumbres y, con ello, asumiendo el desafío que significa perseverar en su ser.

 

De este modo, si asumimos con propiedad la urgencia de la situación presente y nos resolvemos a mantenernos erguidos ante el embate de la incertidumbre, podremos restablecer en nosotros la vitalidad responsable que requerimos pata afrontar la actual crisis. Solamente abdicando de nuestro intento por mantenernos informados en todo momento en una búsqueda frenética de certezas, "desenganchándonos" de la rueda de la información y de la actualidad para encarar de una buena vez la alteridad, es que podremos seguir viviendo auténticamente en la era de la pandemia. Pues como bien ha sugerido Esquirol, "hay vida más allá de la actualidad. Mejor dicho: solo hay vida más allá de la actualidad" (2015: 125): una vida que se vuelve cada vez más poderosa, más agente, en la medida que se dispone a sostener la angustia que proviene del ser consciente de su propia fragilidad. 

 

Y es que hoy lo vivo está en mirar hacia la muerte... pero no aquella muerte que se nos ofrece ya perfilada y circunscrita por las cifras oficiales, ni tampoco esa muerte que se nos presenta reducida a una mera anécdota, como parte del contenido de una nota o un despacho noticioso. Hoy lo vivo está en mirar hacia esa muerte que es cada vez la mía, en lo que tiene de radical alteridad, en su calidad de misterio inabarcable, en su condición de rotunda nihilidad. En palabras de Irvin Yalom, el famoso psiquiatra y psicoterapeuta existencial, mantenernos conscientes de nuestra propia finitud, familiarizarnos con la idea de que somos seres mortales, es la única manera de existir de cara al límite, pues "aunque el hecho físico de la muerte nos destruye, la idea de la muerte nos salva" (2008: 18).

 

 

Méndez, Matías
"Hoy lo vivo está en mirar hacia la muerte. Información y alienación en la era de la pandemia", Ensayos de Filosofía, nº 12, 2020, semestre 2, artículo 2
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