Ensayos de Filosofía
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 Número 8, 2018, semestre 2, artículo 6
 
Publicado 22 septiembre 2018


Resumen

El presente artículo realiza una breve exploración de la situación de la academia contemporánea y de la propuesta Aristotélica de la virtud dianoética. La conjugación del contexto actual y la idea de virtud intelectual permite cuestionar la idea de universidad como espacio de búsqueda auténtica y comprometida del saber verdadero.


Temas

academia

Aristóteles

prudencia

sabiduría

universidad



Bibliografía

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¿Es posible cultivar las virtudes intelectuales aristotélicas en la práctica académica de nuestra época?

La palabra academia proviene del griego ἀκαδημία, su etimología distingue la raíz ἀκάδημος (dios ateniense) y el sufijo -ία. Esta palabra nombra la institución clásica de la antigua Grecia a modo de gymnasion (i. e. lugar de ejercicio) ubicado en una gruta a las afueras de Atenas, a la que podía asistir cualquier sujeto interesado en caminar, ejercitarse o conversar (Dillon 2005). Este espacio fue el escenario de los encuentros entre sofistas y filósofos, y se instituye formalmente alrededor del año 387 a. C. por Platón, de quien se dice que compró la gruta. Ahora bien, la Academia se estableció como el principal espacio de actividad intelectual de Platón y sus discípulos (cfr. Britannica 2018), siendo el centro de la actuación filosófica de la época, a partir de la práctica de la dialéctica. Al respecto, Dillon (2005) indica además que los registros históricos indican que en la Academia existía cierto grado de democracia para establecer a un líder, ya sea a partir de votación o por consenso.

 

La historia de la Academia clásica no fue registrada por Platón (cuyo propósito no fue establecer una doctrina por escrito), sino más bien por sus discípulos y sucesores, de los cuales destaca, entre muchos, Aristóteles (quien recopilará y criticará parte de su doctrina). A partir de su obra, es posible extraer los principales temas de interés y desarrollo de la Academia, entre los que destacan las matemáticas, de las cuales se deriva un sistema o doctrina básica de producción de conocimiento (cfr. Dillon 2005). Por lo tanto, puede entenderse que, en términos generales, la Academia se constituyó como un espacio de reunión de sujetos interesados por profundizar en los distintos ámbitos de la experiencia humana y que se consolida en el establecimiento de una tradición intelectual que perdura hasta nuestros días.

 

Resulta claro que el concepto de academia continúa siendo utilizado en la actualidad para designar (1) a las instituciones de formación (superior) y (2) al sistema general de producción y difusión del conocimiento. Sin embargo, es posible establecer las diferencias entre la academia clásica, como espacio para ejercitar el intelecto como un fin en sí mismo (propiedad que se aplica también al conocimiento/saber) y la academia contemporánea, como institución (i. e. institución de educación superior, universidad). En este sentido, la palabra universidad (del latín universitas = todo), según el diccionario Oxford de etimología inglesa (2000), conserva en cierto sentido la noción de espacio de producción y transmisión de saber, pero hace referencia explícita al “cuerpo de docentes y estudiantes comprometidos en las ramas superiores del aprendizaje en un determinado lugar”.

 

Becher y Trowler (1991) refieren que la academia contemporánea se establece bajo un modelo de empresa en relación constante con los sistemas de industria y de gobierno, cuyo contexto se establece el marco de un mercado globalizado de orientación neoliberal (cfr. Bryne y Bond 2014). En este sentido, es innegable que la institucionalización de la academia fue necesaria para asegurar la adecuada administración de sus procedimientos a medida que fue complejizándose. Sin embargo, para este modelo la noción de conocimiento ha pasado de ser un fin en sí mismo a un requisito para aumentar la competitividad.  Así, Bryne y Bond (2014) explican que los cambios en el rol y la experiencia académica dan cuenta de una transformación del modelo de universidad, a modo de “fábrica” diseñada para la producción en masa de conocimiento que puede ser explotado en la técnica.

 

Ahora bien, a pesar de los evidentes cambios en la orientación de la academia, es necesario reconocer que para su desarrollo y evolución, e incluso para su sostenibilidad en un mercado educativo altamente competitivo, ha de existir un cuerpo de profesionales comprometidos con la práctica académica en sí misma. Es decir, la conservación de la integridad del conocimiento y de los procesos de búsqueda del conocimiento como fin en sí mismo ha de sostenerse como medida para evitar que la idea de universidad se desvirtúe.

 

Este breve recorrido a través de la historia de la academia y su condición actual es de utilidad para demostrar la necesidad de retomar la discusión en materia de la intelectualidad y la búsqueda del conocimiento. Por lo tanto, la discusión debe partir por un análisis respecto a la actuación de los sujetos quienes determinan como su espacio de ejercicio profesional a la academia, para lo cual resulta de utilidad retomar los postulados que realiza Aristóteles en el Libro VI de la Ética a Nicómaco, titulado “Examen de las virtudes intelectuales”, respecto al ejercicio de la virtud dianoética.  En este sentido, el objetivo del presente ensayo es revisar la propuesta de virtudes intelectuales que desarrolla Aristóteles en la Ética a Nicómaco en el marco de la academia contemporánea para responder a la siguiente pregunta: ¿Es posible cultivar las virtudes intelectuales aristotélicas en la práctica académica de nuestra época?

 

 

Virtudes intelectuales según Aristóteles

 

El libro VI de la Ética a Nicómaco presenta el “Examen de las virtudes intelectuales, en el cual, según Natali (2014), Aristóteles realizará una exploración sobre los modos de ser (virtudes) característicos de cada una de las partes del alma racional. Para tal fin el libro desarrollará ampliamente la noción de sabiduría práctica o prudencia (φρόνησις) y sabiduría teórica (σοφία) (Natali 2014).

 

En términos generales, Aristóteles entiende la virtud ética y a la virtud dianoética como virtudes del alma que representan modos de ser, de las cuales explicará que “el objeto propio de la parte intelectual y práctica, a la vez, es la verdad que está de acuerdo con el recto deseo” (EN, VI, 1139a, 30). Así, puede entenderse que ambas apuntan a un fin (que ha de ser un bien), que para Aristóteles es un presupuesto de toda acción humana virtuosa en la que interviene una elección particular resultado de un acto reflexivo cuyo principio es el deseo genuino de realizar un bien. Además, podrá realizarse una distinción de ambos tipos de virtudes (ética y dianoética), siendo la primera un modo de ser determinado por la recta razón adquirida a partir de un proceso formativo, mientras que la para la segunda la recta razón se verá determinada por la prudencia, siendo esta adquirida por la experiencia a partir de la puesta en práctica de la propia naturaleza.

 

En este sentido, Aristóteles inicia la descripción de la virtud intelectual (i. e. virtud dianoética) como parte del segundo grupo de virtudes del alma, pertenecientes a su parte racional. Esta, a su vez, se subdivide en las partes “científicas” y “razonadoras”, estando las primeras asociadas a aquellos “entes cuyos principios no pueden ser de otra manera” (EN, VI, 1139b, 10) y las segundas cuyos principios serán contingentes. Al hacer esta distinción, Aristóteles determina que existirá una diferencia entre las virtudes intelectuales orientadas hacia la verdad en sí misma y las que dan cuenta del procedimiento para la adquisición de tales verdades. Sin embargo, reconocerá en ambas una funcionalidad común, de acceso a la verdad: “La función de ambas partes intelectivas es, por tanto, la verdad; así pues, las disposiciones según las cuales cada parte alcanza principalmente la verdad, esas son virtudes de ambas” (EN, VI, 1139b, 10).

 

Ahora bien, al establecer que la finalidad de la virtud dianoética es el alcance el conocimiento verdadero, Aristóteles distinguirá dos tipos de conocimiento (i. e. teórico y práctico) que dependerán del tipo de objeto al que se refieren (objeto científico, que no puede ser de otra manera y objeto contingente). En consecuencia, los tipos de conocimiento se diferenciarán en función a la virtud que los caracteriza, siendo (1) sabiduría teórica (i. e. sofía) y sabiduría práctica (i. e. prudencia).

 

Respecto a la virtud de sabiduría teórica, Aristóteles indicará que tendrá como objeto aquello que es necesario, eterno (que le adjudica un carácter ingénito e indestructible), enseñable y capaz de ser enseñado. Esta virtud implica la conjunción de un saber catalogable como científico y del intelecto deseante que se hace manifiesto a través del acto reflexivo. Es decir, la sabiduría como virtud intelectual implica necesariamente el acto de la intelección, la cual permite captar una única sustancia en el saber, que es la verdad que no puede deducirse de la experiencia en tanto que “el sabio no sólo debe conocer lo que sigue de los principios, sino también debe poseer la verdad sobre los principios” (EN, VI, 1141a, 15).  Por lo tanto, la noción de intelecto para esta virtud dará cuenta de una facultad orientada a la comprensión de los principios del saber “que no puede ser de otra manera”. Ahora bien, para distinguir a esta virtud intelectual es necesario esclarecer que se diferencia del conocimiento científico (ἐπιστήμη) en tanto el sujeto que posee este tipo de conocimiento no se preguntará por la verdad de los axiomas que lo componen, es decir, no se preocupará por acceder a la verdad genuina.

 

Por otra parte, la virtud de la sabiduría práctica o prudencia tendrá como objeto el saber que surge de lo contingente (lo que puede ser de otra manera), el cual será producto de un acto reflexivo. Respecto al ejercicio de esta virtud, Aristóteles explica: “En efecto, parece propio del hombre prudente el ser capaz de deliberar rectamente sobre lo que es bueno y conveniente para sí mismo, no en un sentido parcial, por ejemplo, para la salud, para la fuerza, sino para vivir bien en general” (EN, VI, 1140a, 25). Esta explicación respecto al objeto de la virtud de la prudencia posibilita generar un enlace con las virtudes éticas, puesto que estas implican el ejercicio de una buena acción. Así, se asume que para ejercitar una virtud ética, es necesario el juicio práctico que permita determinar el curso de acción más idóneo para garantizar el logro de la finalidad de la acción (el bien). En este sentido, la prudencia implicará un razonamiento de carácter calculante o ponderador cuyo objeto sea la realización excelente de un bien práctico, puesto que “se refiere a cosas humanas y a lo que es objeto de deliberación. (…) El que delibera rectamente, hablando en sentido absoluto, es el que es capaz de poner la mira razonablemente en lo práctico y mejor para el hombre” (EN, VI, 1141b, 10).

 

Ahora bien, retomando el objeto de la virtud de la sabiduría práctica (i. e. lo que puede ser de otra manera) Aristóteles presentará una importante separación entre el objeto que podría ser distinto (cuya modificación resultará de una producción, i. e. τέχνη) y la acción que podría ser distinta. La clave de la distinción se encuentra en la finalidad que produce la modificación, así, en la producción la finalidad hacia la modificación es externa, es decir, en el acto productivo o técnico la actividad resulta ser un medio para la obtención de un fin distinto al de la naturaleza del objeto, siendo por naturaleza incompleta. Por otra parte en la acción la finalidad será intrínseca al acto mismo e implicará el ejercicio de la naturaleza del modo de ser, es decir, logra completarse en un proceso en el que acción y finalidad coinciden. Así, Aristóteles explica que “no hay arte de cosas que son o llegan a ser por necesidad, ni de cosas que se producen de acuerdo con su naturaleza, pues éstas tienen su principio en sí mismas” (EN, VI, 1140a, 10).

 

Aristóteles distinguirá ambas virtudes, indicando que: “Lo sabio es siempre lo mismo, pero lo prudente varía; en efecto, se llama prudente al que puede examinar bien lo que se refiere a sí mismo y es lo que se confiará a ese hombre” (EN, VI, 1141a, 25). Además, indicará que, en términos del ejercicio práctico de una virtud, la sabiduría teórica resultará inútil, en tanto su finalidad no implica necesariamente el bien humano.

 

El examen que realiza Aristóteles en términos de las virtudes intelectuales suscita una serie de cuestionamientos, asociados, por un lado, a las cualidades de la relación entre ambas virtudes; y por otro, en relación con la discusión respecto a la valoración moral del conocimiento. Así, es posible formular las siguientes preguntas: ¿son las virtudes intelectuales antecedentes a la virtud de la prudencia? y ¿es el conocimiento teórico moralmente neutral?

 

 

Virtudes intelectuales y epistemología: agencia epistémica

 

Reed (2001) destaca la popularización de una epistemología centrada en las virtudes o epistemología de la virtud, la cual surge de la relación entre las disciplinas de la ética y la epistemología, en un modelo que permite explicar los procesos que describen la actuación de un agente que busca el conocimiento verdadero. Así, partirá de la noción de un agente que posee una virtud epistémica, la cual, a partir de su ejercicio a través de la acción, permitirá acceder a ciertos estados de conocimiento. En este sentido, existen dos perspectivas fundamentales que explican la virtud epistémica (Reed 2001, Greco 2002). Por un lado, la perspectiva de Ernst Sosa, quien describe la virtud epistémica como las facultades cognitivas (e. g. razón deductiva, percepción visual) que deberán ser utilizadas racionalmente para acceder a la verdad. La segunda perspectiva, compartida por Montmarquet y Zagzebski -que Reed (2001) reconoce como inspirada de la ética de Aristóteles- describe las virtudes como cualidades del carácter o estilos de personalidad (e. g. coraje intelectual), asociadas al deseo de adquirir la verdad (Greco 2002).

 

A partir de esta segunda posición, se formula el concepto de agencia epistémica, que describe aquellas capacidades y prácticas que intervienen en la búsqueda por obtener conocimiento. Además, este concepto hace referencia a dos tipos de acción, asociados a (1) la adquisición y (2) el ejercicio de la virtud, estando ambos bajo el control directo del agente. Como puede verse, esta segunda posición determina que el acceso al conocimiento de carácter verdadero dependerá enteramente del agente que lo busca a partir del ejercicio consciente de una virtud intelectual. Por lo tanto, sería posible afirmar que la virtud es necesaria (de cierta manera) para acceder al conocimiento, hecho que se contrapone a la posibilidad de un conocimiento que sea adquirido sin la actuación de la virtud. Ante esta problemática Reed (2001) explica que la solución es determinar un estado de conocimiento, al cual se puede acceder tanto a partir del ejercicio de la virtud o sin esta, pero que en términos generales las virtudes tenderán a la adquisición del conocimiento porque permiten que el agente se encuentre en un estado de búsqueda deliberada de este.

 

De esta manera, la epistemología de la virtud implica la recuperación de la noción de virtudes intelectuales, bajo un modelo que conjuga las disciplinas de la ética y la epistemología. Según Baehr (2011) esta tendencia confirma el intento por explicar el rol fundamental que tienen las virtudes intelectuales en la epistemología.

 

 

Virtudes intelectuales en la academia contemporánea

 

La explicación que otorga Aristóteles en el libro VI de la Ética a Nicómaco respecto a las virtudes intelectuales y la actualización que se realiza en la epistemología de la virtud da cuenta de la importancia que aún tiene para la comunidad académica la pregunta sobre el acceso al conocimiento. Ahora bien, es ampliamente conocido que la tendencia contemporánea ha institucionalizado en la universidad los procesos de búsqueda y adquisición de conocimiento en la academia, cuestión que permite enmarcar la discusión en un contexto específico. Es decir, resulta valiosa la exploración respecto al ejercicio de la virtud intelectual precisamente en un espacio cuya finalidad se asocie al conocimiento, siendo este tanto de carácter teórico como práctico.

 

En este sentido, la universidad es caracterizada por Search, Gupta, Akcelrud y McDonough (2017) como un espacio de producción de conocimiento a través de procesos de investigación, sean estos de carácter corporativo (i. e. que implican la exploración de los procesos de gestión de la universidad a modo de corporación con intereses de emprendimiento, realizadas por instituciones denominadas “centros de conocimiento no universitario”) y académico (i. e. que implica la producción de conocimiento para servir al bien común, realizada por investigadores que laboran en la universidad). Sin embargo, los autores destacan que la investigación universitaria (tanto de carácter corporativa como académica) se orientan a garantizar la competitividad de la universidad en el mercado. Esta idea implica una reconfiguración del rol del conocimiento en un espacio universitario en la que compiten las ideologías o modelos, siendo estos (1) intelectuales, (2) gerencialistas y (3) consumistas (Byrne y Bond 2014).

 

Como puede verse, la idea de la búsqueda de conocimiento por sí mismo se traslada a un modelo en el que el conocimiento es susceptible de ser tecnificado en respuesta a las necesidades de un mercado. Este modelo desvirtúa la idea tradicional del rol y experiencias académicas, en tanto la universidad se constituye ahora como un espacio de producción en masa de conocimientos, cuya finalidad es el entrenamiento de profesionales que respondan a una agenda económica neoliberal (Byrne y Bond 2014).

 

Esta situación problemática exige la reconsideración del ejercicio de la virtud intelectual, y la consecuente respuesta a la siguiente pregunta: ¿es necesario que los profesionales que sostienen la academia desarrollen virtudes intelectuales? Este cuestionamiento implica reconsiderar el valor académico que tiene la genuina búsqueda por el conocimiento, de modo que puedan equilibrarse la práctica académica con el modelo económico imperante. Es decir, no se trata de rechazar la existencia de un mercado académico competitivo o la consideración de lo que Byrne y Bond (2014) denominan la experiencia del estudiante, sino más bien de buscar un modelo en el que la academia logre balancear las tres perspectivas de modo que no se contradigan entre sí.

 

Para tal fin es recomendable una relectura del examen de las virtudes intelectuales que realiza Aristóteles en el Libro VI de la Ética a Nicómaco, de manera que pueda promoverse una academia sostenida en la práctica integral de las virtudes intelectuales en los que la comunidad académica (i. e. docentes, estudiantes, administración) se comprometan en la búsqueda del conocimiento verdadero. Así, la propuesta hacia una formación continua de pregrado a posgrado debería dar cuenta de un intento por generar espacios formativos que, además de otorgar a los estudiantes los saberes preliminares que necesitan para ejecutar determinada profesión, permitan también desarrollar espacios de investigación en los que se materialice la búsqueda de la verdad como principal motor hacia la obtención genuina de conocimiento. Se trata entonces de una propuesta en la que las virtudes de sabiduría teórica y práctica sean potenciadas y ejercitadas, lo cual implica reconsiderar el rol del agente involucrado en la búsqueda del conocimiento, pues es finalmente este quien sostiene el sistema académico. Así, se puede decir que no solo es posible cultivar las virtudes intelectuales en la academia, es más bien necesario para garantizar su continuidad.

 

 

Conclusiones

 

Para la realización del presente ensayo se ejecutó un breve recorrido histórico respecto a la academia y la noción contemporánea de idea de universidad, para dar cuenta de la problematización imperante en el sistema académico. Este problema encarna un cambio en la esencia de la universidad clásica (de búsqueda del saber verdadero), la cual pareciese orientarse hacia un modelo económico que privilegia otras cuestiones (i. e. producción de saber tecnificado). En este sentido, la recuperación del “Examen de las virtudes intelectuales” que realiza Aristóteles en el Libro VI de la Ética a Nicómaco permite explorar el fenómeno de ejercicio de la virtud dianoética en el marco de la aproximación al saber (sea este teórico y práctico). Ahora bien, la discusión respecto a una epistemología de la virtud y el concepto de agencia epistémica da cuenta precisa de la relevancia que tiene la recuperación y actualización de las virtudes intelectuales para comprender la actuación de los sujetos orientados a la adquisición genuina del saber, lo cual implica reconsiderar la valía de los agentes que buscan el conocimiento que, en el marco de la academia, es más bien necesario para garantizar su continuidad.

 

 

Oré Kovacs, Nicole
"¿Es posible cultivar las virtudes intelectuales aristotélicas en la práctica académica de nuestra época?", Ensayos de Filosofía, nº 8, 2018, semestre 2, artículo 6
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