Ensayos de Filosofía
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 Número 9, 2019, semestre 1, artículo 7
 
Publicado 06 junio 2019


Resumen

El artículo tiene como objetivo mostrar el vínculo entre la conciencia de los límites del ejercicio interpretativo y la apertura hacia lo que está más allá de lo cognoscible. El misterio, en este caso, es lo que queda tras el reconocimiento de la vacuidad imperante en los juicios y saberes.


Temas

espiritualidad

interpretación

límite

mística

vacuidad

El ineludible límite hermenéutico

Exordio

 

Cada una de las personas que han nacido en este planeta poseen la natural e irresistible tendencia a interpretar. Incluso, más que una posibilidad que pueda o no consolidarse, la interpretación es una consecuencia natural de nuestro estar en el mundo. Basta con que observemos algo que acontece o cualquier aspecto de los que están a nuestro alrededor para que se produzca, casi de manera automática, una interpretación. Más que ser individuos racionales, somos seres que interpretan. Si dejamos de entender  la hermenéutica como un método sistemático o estratégico, para concebirlo como un natural proceso de interpretación derivado del hecho ineludible de estar en el mundo, no nos queda más que reconocernos como entidades corporales que interpretan.

 

No obstante, la interpretación tiene un límite, no en cuanto a las que puedan realizarse a lo largo de un día o de una vida, sino en virtud del contenido de lo interpretable. La interpretación humana se topa en su límite con una frontera, de tal modo que lo que queda más allá de ésta no es interpretable, tornándose para nuestra cognición en una especie de vacío. A este abismo desconocido le llamaremos vacío hermenéutico.

 

Ahora bien, el vacío no sólo es una experiencia originada por ausencias, límites, faltas o huecos producidos de forma involuntaria y tampoco es algo que deba erradicarse siempre; el vacío es también un estado que puede encontrarse, o al que puede accederse parcialmente, en forma voluntaria cuando se reconoce que incluso existe cierto límite en la veracidad de las interpretaciones que hacemos de las cosas que están de nuestro lado de la frontera.

 

Cuando se asimila que lo que está fuera de nuestro territorio de cognición e interpretación  también existe, el vacío no es más una carencia, sino la apertura hacia el misterio de lo desconocido y de lo transpersonal.  Enseguida, por tanto, se mostrará el vínculo que une la condición parcial de la interpretación humana y la predisposición de apertura al vacío como plataforma de introducción al misterio y, por ende, a la mística. Entre las modalidades del vacío hermenéutico se encuentra la parcialidad en los juicios, el vacío de signos y el silencio o vacío auditivo.

 

 

1. Parcialidad de los juicios

 

Puede resultar difícil de aceptar que cada una de las interpretaciones que emitimos, incluso aquellas que han sido elaboradas cuidadosamente y con el uso de métodos precisos, tengan la particularidad de ser erróneas o, en el mejor de los casos, incompletas. Lo anterior está asociado a la parcialidad de nuestros accesos al conocimiento y, por tanto, a la fraccionaria posesión de saberes que nos caracteriza. De esta situación se deriva la parcialidad de los juicios que elaboramos. Esto supone una agonía de certezas, la cual sólo es reconocida bajo la condición de tener la valentía para asumirlo. Precisamente, en forma proporcional a la disminución del arrojo aumenta la credibilidad en las certezas y se apoca la posibilidad de cuestionamientos y dudas. La lista de asuntos pendientes que le corresponden al individuo contemporáneo está encabezada por el de dudar de las propias aseveraciones sobre lo que le rodea. Los juicios emitidos desde una óptica parcial corren el riesgo inevitable de ser erróneos. Esta parcialidad deviene en alta posibilidad de errar en la perspectiva, de alterar la conclusión y de tergiversar los acontecimientos.

 

En los asuntos cotidianos es necesaria cierta cautela en los propios planteamientos sobre lo que le acontece a las personas, la interpretación sobre los motivos por los que hacen o dejan de hacer algo y las falaces representaciones que recurrentemente se tienen sobre las intenciones de los demás. El reconocimiento del vacío cognitivo, en su modalidad de parcialidad de las hermenéuticas, conlleva la aceptación de posibilidades de conclusión distintas a las propias. Todos hemos vivido la experiencia de reconocernos equivocados en los juicios emitidos. Muchas de tales equivocaciones no han sucedido porque nuestro criterio electivo sea erróneo o nuestros mecanismos racionales sean deficientes en grado sumo, sino que el conocimiento sobre todos los aspectos que rodeaban el hecho sobre el cual hemos realizado tal o cual conclusión es incompleto.

 

El natural arrojo con el que elaboramos conclusiones, siempre condicionadas por el influjo cultural, nos proporciona el aliciente de creer que estamos en lo correcto. Realizar una apología del vacío, en este caso, consiste en reconocer que también los juicios de otros sobre nosotros son parciales y que esa condición nos invita a realizar conclusiones menos impulsivas o, al menos, con una postura más abierta al dialogo. En otras palabras, reconocer la parcialidad de nuestros juicios abre la puerta a darnos cuenta de la insospechada inutilidad de etiquetar al otro.

 

Serían innumerables los casos de parcialidad en los juicios que se suelen realizar en la vida cotidiana y en los que se han hecho en la historia de la humanidad. Aunque usualmente se les conoce como malos entendidos, es oportuno distinguir que el entendimiento no suele ser malo, sino que se juzga a partir de pocos elementos, datos o saberes, de modo que las conclusiones obtenidas no están ajustadas a los antecedentes sistémicos que sostienen lo que observamos. En variadas ocasiones, los problemas se derivan de un intercambio inadecuado de información que arroja la consecuencia de no entender lo mismo que el interlocutor; pero aquí no hablamos de un mal entendido, sino de un entendimiento ajustado a los datos recibidos, los cuales, al ser parciales, condicionan el entendimiento.

 

Los sucesos que se viven en las relaciones interpersonales están saturados de casos en los que la información parcial deviene en enfrentamientos o desilusiones derivadas de expectativas construidas sin un sostén firme. Por ejemplo, cuando una persona dice a otra la expresión “te amo”, debería acompañarla por lo que él (o ella) entiende por esa expresión o, al menos, lo que implica en su concepción de las cosas. Cuando una ambigua afirmación emocional es interpretada en la juguetona mente del que escucha se promueve una serie de asociaciones que usualmente originan conclusiones demasiado aventuradas. Más complejas son las conclusiones de ciertos individuos que hacen lo que creen que es la voluntad de Dios, interpretándola a partir de diversos signos que ellos mismos convalidan de forma conveniente y muchas veces arbitraria.

 

La necesidad de darle un sentido a lo que hacemos nos produce una ansiedad tal que conlleva la desarticulación de las interpretaciones emitidas ante lo que nos acontece. Si hemos sufrido alguna desavenencia y necesitamos construirle un motivo que la vuelva aceptable, la tendencia común es vincularla con una voluntad omnipotente que tenga el noble motivo de prepararnos una celestial lección benéfica. Sin saberlo, detenemos nuestro proceso de indagación, contentándonos con respuestas sencillas que nos suenan, vemos o sentimos, aparentemente completas y llenas de iluminación. Cualquier idea de lo Absoluto se sustenta en recursos parciales tanto externos (los datos y conocimientos que poseemos) como internos (nuestras herramientas para discernir y obtener conclusiones).

 

El reconocimiento del vacío cognitivo y su incluida parcialidad hermenéutica no necesariamente tiende a enfrentar la fe, sino que puede propiciar su aparición; la fe a la que me refiero está situada en la creencia de que a pesar de que nuestras explicaciones sobre la vida y lo que acontece en el mundo sean precarias, puede existir una razón o motivo que desconocemos, pero que, curiosamente, nos sería favorable. No hay desperdicio en el acto humano de vivenciar la fe (muchas veces sólo eso queda), el problema es cuando la fe es estructurada individuos externos que indican, con lujo de detalle, el contenido que la fe propia debe tener. Aunque la fe sea una consecuencia de la conciencia del propio vacío explicativo, concordando en que nuestra capacidad racional muestra evidentes límites, debe existir el cuidado necesario para evitar que sea otro quien delinee, manipule o promueva para sus intereses una específica modalidad de fe derivada de sus intenciones. La fe debe ser producto de un ejercicio personal que incluya la aceptación de los límites; fuera de eso, la fe es sólo fantasía sumisa.

 

Para otros, la consecuencia de los límites racionales en nuestras interpretaciones es el absurdo. A pesar de que pueda resultar grotesco a primera vista, la conciencia del absurdo que rodea a muchos acontecimientos de la vida ajena y la propia es también un motivo de sobriedad, de aceptación, de liberación. Es en el momento en que la conciencia del absurdo se hace mayor cuando la gran pregunta sobre seguir vivo o terminar con la existencia se vuelve la principal cuestión de la vida, tal como solía afirmar Albert Camus.

 

Resultan molestas las explicaciones que ciertos profesionales de la conducta utilizan para explicar y convencerse a ellos mismos de las causas que ha tenido una persona para realizar tal o cual cosa. Sus análisis sobre el paciente terminan siendo del tipo “usted hizo eso debido a este motivo”; lo anterior sólo muestra la terrible obsesión, derivada de las propias manías. No puede perderse de vista que las explicaciones sobre lo que acontece a un individuo son solamente formulaciones hipotéticas producto de la propia percepción de la realidad y que no puede admitirse solemnidad, inflexibilidad o soberanía en un juicio parcial. A pesar de que la renuencia a aceptar las conclusiones de un tercero sobre la propia conducta nos ocasione un nuevo juicio en contra (el de que estamos siendo defensivos o renuentes a aceptar lo que se nos dice), seguirá siendo preferible la cautela a la aceptación ciega.

 

Es cierto que una persona externa puede tener mayor claridad al tratar de interpretar lo que le acontece a otro, puesto que al menos no está sometido al condicionamiento emocional que se deriva de estar inmerso en la situación problemática, pero esto no conlleva que toda interpretación externa (sin importar la intención idónea) sea completa y definitiva. Si bien es cierto que los comentarios que otro (consejero o terapeuta) observa sobre la propia conducta pueden ser oportunos, no se admite con ello que sean la única posibilidad interpretativa ni que deban estar acompañados de la tan desagradable pomposidad con que algunos se jactan y regodean al expresar sus doctos señalamientos, en ocasiones derivados de pueriles posicionamientos conceptuales o interpretativos.

 

El vacío hermenéutico es una derivación de la ignorancia. Tal vacío no es total puesto que contamos con datos certeros sobre algunos tópicos conceptuales o de la vida cotidiana, pero no hay manera de garantizar que las aseveraciones derivadas sean certezas. Aunque tengamos la posibilidad de prever algunas cosas que posiblemente sucedan, no podemos leer el futuro aún no acontecido. A pesar de que es posible establecer conclusiones de lo que ha sucedido en el pasado, no está bajo nuestro control la explicación definitiva de lo que se propicia en el presente o instante actual. Es cierto que contamos con información sobre muchos órdenes y formas del mundo y del ser humano, pero eso no válida ni permite hacer viable una conclusión definitiva sobre la realidad, la conducta y los vaivenes de sentido que caracterizan a toda existencia encarnada.

 

 

2. Vacío sígnico

 

Cuando se asume el hueco hermenéutico se puede percibir la precariedad de los signos que culturalmente hemos utilizado para representar distintas cosas, pero que no son suficientemente cabales para tal misión. A pesar de que un signo sea una forma validada de mostrar o contener algo mayor, no es suficiente para contener completamente lo que está signado. Concretamente, todo signo se utiliza para que se asocie a un conjunto de casos, temas o tópicos, que tienen alguna similitud entre sí, pero esto no supone la igualdad de todo aquello que el signo engloba.

 

De alguna manera, un mismo signo contiene en sí la posibilidad de representar algo diferente si se le realizan leves modificaciones. Pensemos en el signo utilizado con la mano para representar el amor y la paz. A pesar de que el amor suele vincularse con el ya clásico corazón flechado, también se simboliza con el dedo índice en graciosa asociación con el medio. Sin embargo, si a la posición de la mano indicada se le sustrae el dedo índice se volverá súbitamente ofensiva, a pesar de que el dedo medio se asociaba a la paz. ¿Por qué tendría que estar siempre el amor unido a la paz? ¿Acaso no hay muchos amores que han ocasionado guerras? ¿No sería lógico que si dos dedos representan el amor y la paz, uno solo de ellos represente a una de las dos cuestiones? Es evidente que en la práctica no sucede así ni suele considerarse oportuno levantar el dedo medio para luego explicar que se ha tratado de decir que se le desea paz (aunque no amor) a quien nos observó. Lo mismo sucede con las palabras y el uso lingüístico en general. Las expresiones que articulamos representan erróneamente, o al menos en forma incompleta, la idea central que se desea transmitir. Los signos no evitan el vacío en el mensaje o un hueco en el mismo. Los signos tienen su propia vacuidad.

 

No obstante, la conciencia del vacío sígnico incluye la posibilidad de desentrañar de nuestras concepciones del mundo aquellos signos que han sido arraigados profundamente. Poder modificar la manera en que signamos las situaciones conlleva una liberación digna de encomio. Las cosas no son siempre lo que pensamos de ellas y los signos con los que las representamos, así como las conclusiones que emitimos a partir de tales representaciones, son parciales. Vaciarnos de tales signos es lo que podría conocerse como desaprendizaje, el cual consiste en conferir un sentido, significado, representación o contenido distinto a aquellos aspectos que otrora considerábamos perfectamente definidos e inamovibles.

 

A pesar del esfuerzo por hacer conclusiones comunes y globales, lo que hace que un ser humano sea único es la particularidad de sus significaciones. Hemos sido programados para asociar de forma automática nuestra apreciación de la cosa con lo que la cosa es. Aprendemos de los padres un modelo de pareja, de los profesores un modelo de educación, de los amigos un modelo de socialización y de los gobiernos de los países un modelo de política o de autoridad. Sin embargo, las posibilidades son mayores a lo recibido y es posible significar de manera diferente lo que para nosotros debiera representar la vida en pareja, el aprendizaje, las relaciones interpersonales y el uso del poder o estilo de gobernar. Para que la nueva significación sea posible se requiere de un ejercicio descodificador que lo anteceda. No hay forma de conferir una etiqueta que tenga mayor valor que la antecedente si no es poniéndola por encima o desechando la anterior. Obviamente, se debe ser lo suficientemente cauteloso como para notar que el nuevo signo o etiqueta que hemos puesto es también una parcialidad que no engloba la totalidad de lo etiquetado.

 

De esto puede derivarse que los signos suponen cierta parcialidad innegable. A la vez, es posible declarar la oportunidad de vaciar, en cierto sentido y alcance, la automatización de los signos que conocemos y las valoraciones que hacemos de la mayoría de las cosas (y personas) que nos rodean. El vacío sígnico, mediante su apología adecuada, nos ofrece la alternativa de considerar, con más detalle, los significados que dirigiremos a lo que signamos.

 

Tal como es posible hacerlo con lo tangible, las nuevas significaciones también pueden ser realizadas sobre asuntos no materiales, tales como las vivencias que hemos tenido en el pasado, las experiencias que se conglomeran en cada día de nuestra vida o todo aquello que acontece y conocemos. ¿Es oportuno adjudicar otro signo al dolor que hemos suprimido en la infancia? ¿Vale la pena significar de distinta manera algún desasosiego acontecido? ¿Se obtendrá algún beneficio de reconsiderar la etiqueta que hemos puesto a un ser querido o, en su caso, a nosotros mismos? Es factible que las respuestas sean afirmativas y es viable realizar una nueva significación, siempre y cuando permitamos apologizar el vacío que antecede a los nuevos signos.

 

En lo que respecta a la interpretación de situaciones específicas que no podemos describir o controlar en su totalidad, por ejemplo los sueños, también es oportuna una descodificación que nos provea de la amplitud de perspectiva requerida. Es sabido que hay signos que han obtenido en nuestra vida un peso y un arraigo mayor, debido a que han sido introducidos eficazmente por la cultura, volviéndose arquetipos. Sin embargo, a pesar de que algunas de esas significaciones puedan ser comunes (y triviales), es posible considerar alternativas distintas de representación.

 

La interpretación de los sueños es variada a pesar de que existan elementos que conozcamos de antemano a partir de nuestra experiencia cultural. Distinto, aunque igualmente interesante, es ubicar las formas en que suele explicarse el origen del sueño: a) situándolo en un aparato interno de funcionamiento independiente (el inconsciente); b) a partir de misteriosos mensajes venidos de lo más íntimo de lo que cada uno es; c) por mediación de instancias celestiales y angélicas que se comunican metafóricamente; d) en función de inescrutables sucesos que se gestan en nuestra mente a partir de la disminución del bloqueo que comúnmente realiza en nosotros la conciencia rectora y moral. En cualquiera de los casos, el significado de un sueño es variable; por ello, es oportuna una significación que conceda el reconocimiento de su propia limitación implícita. Naturalmente, aquello que soñamos tiene una lógica distinta a la convencional, situada en lo onírico; el traslado que intentamos hacer de lo soñado, desde su estructura fantástica y aparentemente caótica hasta la estructura simbólica de nuestros convencionalismos comprensivos aparentemente armónicos, es siempre osado y titánico, además de parcial.

 

No podemos afirmar que el resto del tiempo en que no estamos dormidos nos debamos reconocer despiertos, pues posiblemente existen aspectos de la vida, la realidad o nuestra propia existencia, para los cuales aún estamos adormecidos. Aceptar el vacío sígnico, disponiéndose a la apertura de nuevas significaciones derivadas del soltar apreciaciones previas, es una posibilidad latente, siempre y cuando los riesgos incluidos no nos orillen a significarlo como algo indeseable.

 

 

3. Vacío auditivo (silencio)

 

Del mismo modo en que vaciarse de signos o etiquetas que nos disponen a representar las cosas que observamos y vivimos de una forma prediseñada nos puede facilitar el camino a la creación de nuevos significados, la promoción en nuestra vida del vacío auditivo favorece la calma y la focalización suficientes para centrarse en aquello que consideremos importante.

 

A pesar de que el silencio es la ausencia de captaciones sensoriales auditivas, nunca es absoluto. Cotidianamente, estamos rodeados de sonidos y, a menos que se realice el esfuerzo por encontrar lapsos y espacios en los que el silencio sea posible, permaneceremos en el ruido. Tal como el caos informativo que nos distrae de la adecuada interpretación de la información, el ruido no armónico promueve la desatención de aquello que, dentro o fuera de nosotros, debemos escuchar.

 

Realizar una apología del vacío auditivo no implica solamente buscar momentos de silencio para encontrar la armonización personal, sino que también conlleva la actitud prudente de filtrar, con un criterio adecuado, aquello que debemos decir y lo que es mejor no expresar. Muchas son las personas que han tenido que enfrentar problemas de toda índole por no haber sabido callar o valorar el silencio en momentos específicos. Tal como afirmó Shakespeare, al final de la segunda escena de su obra Hamlet, las palabras pueden ser como un puñal hecho para herir. De acuerdo con el dramaturgo inglés, también es preferible ser rey del propio silencio que esclavo de las palabras. Ceder al ánimo de dañar por medio de frases coléricas deviene en enemistades que podrían haberse evitado o en desagradables situaciones de cuyo embarazo es mejor librarse. En este sentido es idóneo el proverbio hindú que nos invita a preferir el silencio antes que las palabras que lo estropean. Sin embargo, no hay manera de valorar el silencio si se le teme o se le considera asociado con la cobardía, la sumisión o la debilidad en vez de con la valentía, la diplomacia y la cabalidad.

 

Un silencio pertinente es, a menudo, un mejor retribuyente que las largas y monótonas charlas que producen poco beneficio, sobre todo si están centradas en las justificaciones, críticas o ensalzamientos de unos hacia otros. Algunas conversaciones son inferiores a los silencios que pueden utilizarse para enfatizar la dramatización de un momento. Los antiguos persas solían decir que una plática incesante es tan molesta como la arena del desierto para el caminante fatigado. Las palabras de otros nos pueden distraer de las que aún no podemos expresar personalmente.

 

Con todo esto no se intenta afirmar que el silencio debe ser permanente, sino que no hay posibilidad de una intervención adecuada, en el arte oratorio o en los actos de la vida, si no se dispone del silencio requerido para promover la estadía con uno mismo. Así como hay silencios oportunos, también existen ocasiones en las que es urgente romper el silencio. Me refiero, concretamente, a las situaciones en donde es virtuosa una denuncia, un señalamiento o una aportación que otros no podrían dar. Incluso en estos casos, siempre existen momentos mejores que otros para rasgar el silencio. Luther King, humanista estadounidense, mencionó que el silencio de los bondadosos de su generación era más estremecedor que los crímenes de los perversos. Evidentemente, no se trata de callarlo todo.

 

Así como el silencio requiere de fortaleza y control, también puede combinarse con la asertividad que, entendida como la capacidad de expresar con naturalidad y equilibrio lo que debe ser dicho, es una notable virtud. En ese sentido, el cultivo de la asertividad requiere de silencios previos que coadyuven a la sintonía necesaria con uno mismo y a la congruencia entre el pensar, el sentir, el decir y el actuar, cuya integración suele ser poco común.

 

Es sabido que callar ante el crimen puede volver cómplice al que quedó en silencio, por esto hemos de distinguir entre silencios dañinos (los que no favorecen a nadie), silencios oportunos (los que nos libran de palabras inadecuadas en situaciones conflictivas), los silencios favorecedores del contacto (los que se realizan para concentrarse en algo específico y delinear la atención hacia lo que se desea) y los silencios místicos (en los que la atención tienen la intención de escuchar sin escuchar). Las cuatro anteriores modalidades forman parte de los silencios que son voluntarios, elegidos, moldeados y deseados por la persona.

 

También pueden referirse tres silencios no voluntarios: a) los que son debidos a una incapacidad (por no ser capaz de oír o hablar); b) los de aquellos que han muerto (y que nos invitan a un silencio voluntario para asimilarlo); c) los silencios que no podemos controlar en otros (y que nos corresponderá aceptar). Es oportuno aprender en algún lapso de la vida que nadie puede hablar por otro en todo momento, que a cada uno corresponde interponer su propia voz en el discurso de su vida. Cuando se toma la palabra que a otro corresponde se estropea la enseñanza que el silencio del otro nos debe aportar.

 

Entre las consecuencias favorables del silencio, cuando es elegido y valorado, está la acción prudente, la calma propia del discernimiento y la capacidad de esperar el momento oportuno para intervenir. Algunas personas muestran demasiada ansiedad por tomar la palabra, hacerse escuchar constantemente o anteponer su propia voz a través de lamentables gritos. Evidentemente, cuando un individuo decide gritar (o reacciona impulsivamente haciéndolo) muestra su desinterés por escuchar y pone en evidencia su intolerancia ante las palabras del otro a quien cree que debe superar auditivamente. Un grito es una imposición ofensiva que provoca el brillo de la ingenuidad de quien lo realiza, puesto que, sin notarlo, obstaculiza la adecuada transmisión de lo que se desea expresar; además, gritar incontroladamente equivale a admitir que se carece de respeto hacia el interlocutor y que se lo considera inferior por no contar con los mismos decibeles en sus comentarios.

 

Por otro lado, la pausa en el hablar será siempre preferible a la poca elocuencia derivada de la rapidez y la premura con que algunos tratan de amontonar las expresiones, como si no tuviesen contenido o no requirieran de su adecuada digestión en los oyentes. En las palabras que cada uno expresa se pueden escuchar los silencios que les han antecedido.

 

El silencio tiene un efecto evidente en quienes no están acostumbrados a callar. De la magnitud de nuestros ruidos son nuestras distracciones, y de las ausencias de silencio se alimentan las discordancias. De una persona que no soporta el silencio suele esperarse que busque llenar con cualquier sonido su cotidianidad. En estos casos, el silencio puede ser el ruido más estridente y se buscará alguna distracción o cualquier suceso que permita evadir lo que el silencio provoca. Suponer que el silencio es tiempo perdido resulta una nefasta equivocación; en todo caso, adolecer del silencio básico supondría mayor pérdida de tiempo. Truman Capote pensaba, por ejemplo, que nadie debe rebajarse a discutir con un crítico. El que otro haya roto su silencio para interponerse bravíamente no obliga a que quien lo escuche deba romper su propio silencio. No se debe perder el tiempo rompiendo el silencio que un agresor no respeta. El derecho al propio silencio es inviolable.

 

Realizar una adecuada apología del vacío del silencio nos invita a resignificar los propios y hacerlos palabra cuando sea el momento. Ese es el vínculo de esta modalidad de vacío con el hueco hermenéutico. Al existir el silencio, la pausa interpretativa, el hueco del hermeneuta sucede y, a partir de ahí, se pueden producir nuevos significados.

 

Escribir es permitir el silencio necesario para que aquello que en él se esconde, y a través de él se escucha, pueda salir para siempre de sus entrañas. Escribir es perpetuar las ideas, dar eternidad a una expresión, es fructificar el silencio con palabras que habrán de traicionarlo momentáneamente para después provocar el silencio de quien lee. Escribir es jugar con el silencio, haciéndolo un cómplice que permite su propia ruptura mientras espera paciente para prevalecer dominante otra vez. Plasmar por escrito las reflexiones es adueñarlas del papel (o alojarlas en una pantalla) para permitirles esperar silenciosamente a que alguien más, un invitado sorpresa, las haga suyas si es que supo sembrar su propio silencio. Escribir es, en suma, silenciar vehementemente la ansiedad cotidiana y permitir que egrese con lentitud en cada letra, sabiendo que un legado quedará ofrecido para siempre en las palabras, a pesar del silencio definitivo que atraiga la muerte a quien se convirtió para ellas en un puente.

 

 

Sevilla Godínez, Héctor
"El ineludible límite hermenéutico", Ensayos de Filosofía, nº 9, 2019, semestre 1, artículo 7
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