Ensayos de Filosofía
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 Número 7, 2018, semestre 1, artículo 2
 
Publicado 01 enero 2018


Resumen

Este trabajo apunta los rasgos de la noción nietzscheana de lo trágico, apoyándose en la figura del Seiltänzer (funámbulo), que acentúa el papel del riesgo y del azar en la vida, y en el personaje de Zaratustra, que asume aquello, pero critica las emociones trágicas del miedo y la compasión.


Temas

Aristóteles

Nietzsche

Schopenhauer

tragedia

Zaratustra



Notas

1. “Tengo derecho a considerarme el primer filósofo trágico” (Nietzsche 1888b: 70. “El nacimiento de la tragedia”, parág. 3; KSA, 6, 312).

 

2. He modificado ligeramente la traducción de acuerdo con la que propone el profesor Tomás Calvo en su trabajo La visión de la tragedia en Aristóteles (Inédito). (Agradezco a T. Calvo el acceso a este trabajo suyo, cuando todavía no ha sido publicado.)

 

3. Entonces, según Schopenhauer, los motivos pierden fuerza y dejan paso al conocimiento de la esencia del mundo que actúa como aquietador, provocando la resignación y la renuncia a la voluntad de vivir.

 

4. “No me es desconocido este viajero: hace algunos años pasó por aquí. Zaratustra se llamaba; pero se ha transformado” (Nietzsche 1883-1885: Prólogo, parág. 2; 1992: 41; KSA, 4, 22).

 

5. El breve diálogo que a continuación entablan ambos personajes da idea de las profundas diferencias entre ellos: el significado de la soledad, la relación con Dios, con los hombres, con los animales… No nos detendremos en eso ahora, pero conviene señalar que la distancia entre los dos estriba en que el anciano eremita no conoce lo que para Zaratustra es un hecho y un punto de partida: “Este viejo santo, en su bosque, no ha oído todavía nada de que Dios ha muerto”, se dice Zaratustra a sí mismo, después de separarse del anciano (Nietzsche 1883-1885, Prólogo, parág. 2, p. 34; KSA, 4, 14). Una despedida, por lo demás, marcada por la cordialidad (“así se separaron el anciano y el hombre, riendo como ríen los niños”) y por una cierta compasión, pues Zaratustra responde a la curiosidad del eremita por saber en qué consiste el regalo que lleva a los hombres: “¿Qué podría yo daros a vosotros?, pero déjame irme aprisa para que no os quite nada” (Nietzsche 1883-1885, Prólogo, parág. 2, p. 33; KSA, 4, 13-14).

 

6. “No me entienden, no soy yo la boca para estos oídos” (Nietzsche 1883-1885, Prólogo, parág.5, p. 38; KSA, 4, 18).

 

7. “Y todo el pueblo se rio de Zaratustra” (Nietzsche 1883-1885, Prólogo, parág.3, p. 36; KSA, 4, 16).

 

8. “Inalterable es mi alma y luminosa como las montañas por la mañana. Pero ellos piensan que yo soy frío y un burlón que hace chistes horribles” (Nietzsche 1883-1885, Prólogo, parág.5, p. 40; KSA, 4, 21).

 

9. Una muchedumbre que antes se rio de él y que, tras el último discurso, sobre “el último hombre”, el más despreciable, le había respondido con sorna: “Danos ese último hombre. Haz de nosotros esos últimos hombres. El superhombre te lo regalamos” (Nietzsche 1883-1885, Prólogo, parág.5, p. 40; KSA, 4, 20).

 

10. Como Sófocles, también Nietzsche pone de relieve lo trágico de nuestra condición: “Muchas cosas asombrosas existen y, con todo, nada más asombroso –deinós- que el hombre” (Sófocles 1998: 261).

 

11. “Todavía estoy muy lejos de ellos, y mi sentido no habla a sus sentidos. Para los hombres yo soy aún algo intermedio entre un necio y un cadáver” (Nietzsche 1883-1885, Prólogo, parág. 7, p. 42; KSA, 4, 23).

 

12. Allí son muchos los que le odian: los buenos y los justos, los creyentes de la fe ortodoxa… Él bufón mismo está dispuesto a saltarle por encima: “un vivo por encima de un muerto”, dice en clara alusión a lo que había sucedido con el funámbulo.

 

13. “Pero me separo de ti, el tiempo ha pasado. Entre aurora y aurora ha venido a mí una verdad nueva. No debo ser pastor ni sepulturero. Y ni siquiera voy a volver a hablar con el pueblo nunca; por última vez he hablado a un muerto” (Nietzsche 1883-1885, Prólogo, parág. 9, p. 45; KSA, 4, 26).

 

14. “Yo no os enseño el prójimo, sino el amigo” (Nietzsche 1883-1885, I “Del amor al prójimo”, p. 99; KSA, 4, 78).



Bibliografía

Aristóteles

2011 Poética. Madrid, Gredos.

 

Nietzsche, F.

1883-1885 Así habló Zaratustra. Madrid, Alianza, 1992. (KSA [Kritische Studienausgabe] 4).

 

1889a El crepúsculo de los ídolos. Madrid, Alianza, 1975. (KSA 6).

 

1888b Ecce homo. Madrid, Alianza, 1989. (KSA 6).

 

Schopenhauer, A.

1819 El mundo como voluntad y representación. (Werke IV). Madrid, Trotta, 2009.

 

Sófocles

1998 Antígona. Madrid, Gredos.

El funámbulo. Claves nietzscheanas para una filosofía de la tragedia

1. Nietzsche frente a Aristóteles y Schopenhauer

 

La categoría de lo trágico es tan relevante en el pensamiento nietzscheano que constituye su principal seña de identidad (1). Sin embargo, su posición dista mucho de dos pensadores que, como él, reivindicaron el papel de la tragedia y que están muy presentes en sus consideraciones: Aristóteles y Schopenhauer.

 

 [1] Aristóteles define la tragedia como “imitación (mímesis) de una acción seria (spoudaias) y completa (…), que lleva a cabo mediante la compasión (éleos) y el temor (phóbos) la purificación (kátharsis) de pasiones tales” (Aristóteles 2011: 44. Poética, 6, 1449 b) (2). Con estas dos notas, mímesis y kátharsis, Aristóteles reivindica el valor que Platón había negado a los poetas (éstos no dicen la verdad ni contribuyen a la educación moral de los ciudadanos); en cambio, para Aristóteles, la “imitación” propia del arte trágico supone un compromiso con la verdad; y la “purificación” experimentada ante un espectáculo trágico prepara para vivir y produce efectos pedagógicos, esto último mediante la conveniente estimulación de la compasión y el miedo, que de ese modo son rehabilitadas por sus efectos positivos, y reconocidas como pasiones trágicas.

 

[2] Por su parte, Schopenhauer considera que la tragedia -que no pertenece al género de lo bello, sino al de lo sublime (cfr. Schopenhauer 1819: cap. 37, p. 483 y ss. Werke IV, 510 ss.)- muestra la cara espantosa de la vida: el triunfo de los malvados, la caída del justo, el reinado del azar y el error, el reparto injusto de la felicidad y la desgracia… Y tiene como resultado la negación de la voluntad de vivir. La catástrofe trágica despierta la convicción de que la vida no merece nuestro apego y el espíritu trágico conduce a la resignación. Schopenhauer considera que la tragedia antigua, comparada con la moderna, es inferior, pues, aunque produce el estado de ánimo descrito, no conduce a la resignación. Y, en cuanto a las pasiones trágicas, reconoce el valor de la compasión y el miedo (cfr. Shopenhauer 1819: cap. 37, pp. 485-486. Werke IV, 512-513). Ambas constituyen los pilares de la sabiduría trágica, donde el velo de Maya ya no engaña, pues el héroe trágico es representado de forma tal que cualquiera de nosotros podría reconocerse en él, quedando superado el principium individuationis y con él el egoísmo (3).

 

[3] En cuanto a Nietzsche, aunque no siga el canon de la tragedia que Aristóteles expuso en la Poética ni el que Schopenhauer expuso en el libro III de El mundo…, la reflexión sobre lo trágico es el motivo fundamental de su filosofía y Así habló Zaratustra, su contribución al género.

 

Si se indaga suficientemente en esta obra, hasta es posible encontrar una tragedia dentro de la tragedia: en general, el Prólogo, pero, de manera especial, el parágrafo 6 del mismo cuenta con importantes ingredientes: está la “imitación” de una acción noble, la lucha del protagonista contra la adversidad hasta el punto de poner en peligro su vida; no faltan tampoco las emociones trágicas del miedo y la compasión. Y, sin embargo, el resultado nada tiene que ver con la catarsis, en el sentido aristotélico, ni mucho menos con la resignación o la negación de la voluntad de vivir.

 

 

2. El peligro como profesión

 

El Prólogo a Así habló Zaratustra es un compendio de todos los grandes motivos de la obra de Nietzsche, pero hay también en él una rara belleza, heroica y trágica, que permite identificar su posición ante los grandes problemas de la vida y muy concretamente ante de uno de ellos: la fragilidad humana y el riesgo de que todo salga mal. En concreto, el parág. 6 habla directamente del peligro que acecha, porque la vida, nuestra vida, es una “actuación” sin garantías. Recordemos brevemente la trama.

 

Zaratustra acaba de llegar a una ciudad cualquiera en cuya plaza pública comienza su actuación un funámbulo (Seiltänzer). Por circunstancias que luego apuntaremos el volatinero cae y, a punto de morir, mantiene un breve e intenso diálogo cuyo contenido vale la pena reproducir:

 

"«¿Qué haces aquí? -dijo por fin- desde hace mucho sabía yo que el diablo me echaría la zancadilla. Ahora me arrastra al infierno: ¿quieres tú impedírselo?»

«Por mi honor, amigo, respondió Zaratustra, todo eso de que hablas no existe; no hay ni diablo ni infierno. Tu alma estará muerta aún más pronto que tu cuerpo; así, pues, ¡no temas ya nada!»

El hombre alzó su mirada con desconfianza. «Si tú dices la verdad, añadió luego, nada pierdo perdiendo la vida. No soy mucho más que un animal al que, con golpes y escasa comida, se le ha enseñado a bailar.»

«No hables así, dijo Zaratustra, tú has hecho del peligro tu profesión, en ello no hay nada despreciable. Ahora pereces a causa de tu profesión: por ello voy a enterrarte con mis propias manos.»

Cuando Zaratustra hubo dicho esto, el moribundo ya no respondió; pero movió la mano como si buscase la mano de Zaratustra para darle las gracias" (Nietzsche 1883-1885: Prólogo, parág. 2; 1992: 41) (KSA 4, 22).

 

 

2.1. La trama: mímesis, éleos, phóbos

 

Incipit tragoedia: la tragedia está aquí, al inicio de la obra. Esta escena, cargada de significado, reclama nuestra atención y merece también un breve análisis. De momento conviene situarla y recordar los antecedentes. Zaratustra acaba de abandonar su caverna en la cima de la montaña donde había vivido solo durante diez años y se dirige de nuevo a los hombres (parág. 1). En su camino de vuelta encuentra a un anciano eremita que lo reconoce y constata a la vez los cambios que se han producido en él (4).

 

El eremita reconoce a Zaratustra. Y como en todo “reconocer”, constata algo igual y algo distinto: Zaratustra es el mismo que hace años “llevaba su ceniza a la montaña”; pero ahora, en el camino de vuelta, parece dispuesto a “llevar su fuego a los valles”. Se ha transformado (“puro es su ojo y en su boca no se ocupa náusea alguna”): la soledad, en lugar de ensimismarlo y profundizar el desapego y un humor sombrío, ha operado en él un cambio radical y positivo: lo ha convertido en un bailarín, un niño y un despierto. Esos tres sustantivos sintetizan su transformación (5).    

 

Y entonces Zaratustra llega a la ciudad y se dirige al mercado, donde se halla reunida una gran muchedumbre que espera la actuación de un volatinero. Mientras éste se prepara, Zaratustra aprovecha para hablar al pueblo y dirigirle tres discursos que tienen como temas respectivos: el superhombre (parág. 3), el hombre (parág. 4) y el último hombre (parág. 5).  Pero después de cada uno, Zaratustra experimenta invariablemente lo mismo: la desilusión de quien no es comprendido (6); de quien ha fiado mucho en los receptores del mensaje que lo toman a risa (7); de quien es malinterpretado y confundido (8). Inmediatamente después sucede el drama que describe el parágrafo 6.

 

Hay en este texto singular del Zaratustra dos partes claramente diferenciadas: en la primera (que coincide con el primer párrafo del relato) destaca la acción del funámbulo interrumpida por el bufón, que simboliza la mala fortuna, la fatalidad. En la segunda, desde el párrafo 2 hasta el final, destaca el diálogo entre el funámbulo y Zaratustra.

 

La primera parte describe al volatinero, que se dispone a hacer su trabajo y a divertir al público con su ejercicio de acrobacia sobre una cuerda tendida entre dos torres, una cuerda que cuelga sobre el vacío. Pero dura poco su esfuerzo y al final se malogra: a medio camino, antes de llegar a su objetivo -alcanzar la otra torre-, sale de la primera un bufón vestido de colores, que lo hostiga, le hace perder seguridad y provoca su caída.

 

La segunda parte consuma el drama: el volatinero, maltrecho, pero todavía vivo, experimenta el temor de la muerte y de que su vida haya sido sólo un esfuerzo inútil y sin sentido. Zaratustra se acerca conmovido y trata de disipar sus temores. Cuando “el destrozado” le pregunta qué hace allí y si quiere impedir que el diablo se lo lleve, Zaratustra responde que no hay diablo ni infierno y pretende eliminar los fantasmas que el miedo crea. Luego, a la amarga reflexión del funámbulo –“Si tú dices la verdad, nada pierdo perdiendo la vida. Acaso no soy más que un animal al que con golpes y escasa comida se le ha enseñado a bailar”-, Zaratustra responde con una frase que intenta superar el profundo nihilismo de aquélla: “Tú has hecho del peligro tu profesión. Ahora pereces a causa de tu profesión. Y no hay en ello nada de despreciable”.

 

Zaratustra reconoce así el carácter de riesgo y de aventura de la vida. Cuando el hombre lo acepta, cuando toma las riendas de su destino y juega su suerte, con eso mismo se hace acreedor a una nobleza y a un aprecio que están más allá del resultado.

 

El drama se consuma de ese modo, pero el funámbulo muere en paz y busca la mano de Zaratustra, “como si quisiera darle las gracias”. La tragedia se verifica con sus dos componentes emotivos: el miedo (del funámbulo) y la compasión (de Zaratustra), pero el final no es la melancolía que despierta una vida sin sentido y entregada a algo inútil; no es tampoco la redención en un más allá trascendente que asegure el refugio y la negación de la tragedia. No se niega la tragedia, pero Nietzsche busca un camino a igual distancia de la trascendencia y la desesperación. En aquella insinuada gratitud del hombre que busca la mano de otro hombre, más allá del nihilismo, parece asentarse una afirmación de la vida y, con ella, de la fatalidad, de un amor fati que Nietzsche declara abiertamente.

 

 

2.2. Los personajes: Seiltänzer, Possenreiser, Zaratustra

 

En cuanto a los personajes, en la primera parte conviene tener en cuenta lo siguiente. En primer lugar, el funámbulo, el protagonista absoluto de la tragedia, que no es exactamente un héroe, sino alguien que realiza su trabajo. Es un Seiltänzer, uno que salta sobre una cuerda, que haciendo ejercicios de equilibrio expone su vida Y es imposible no recordar aquí el parágrafo 4 de este Prólogo: Nietzsche expone allí su visión del hombre como el animal “no fijado todavía”, que puede llegar a ser lo que es y dar cumplimiento a sus potencialidades, o simplemente malograrse y frustrarse. En el ámbito que le es propio, el de la posibilidad y el peligro, el hombre es descrito como “una cuerda tendida entre el animal y el superhombre, una cuerda sobre un abismo”, “un peligroso pasar al otro lado, un peligroso caminar, un peligroso estremecerse y pararse”. Pero ahí reside su grandeza: “en ser un puente y no una meta, lo que en el hombre se puede amar es que es un tránsito y un ocaso” (Nietzsche 1883-1885, Prólogo, parág. 4, p. 36; KSA, 4, 16-17).

 

Luego está el Possenreiser, el bufón. El individuo descreído que se ríe de todo y no cree en nada y acaba provocando la desgracia. Este personaje, que aparece más de una vez en la obra, tiene una carga significativa que no es posible pasar por alto. No es sólo un bufón, es, mucho más que eso, un destructor, alguien que carece de por qué y para qué: un verdadero nihilista. Zaratustra previene contra él cuando más adelante advierte de que “el peligro del noble no es que se vuelva bueno, sino insolente, burlón, destructor” (Nietzsche 1883-1885, p. 74; KSA, 4, 53). Nietzsche es muy preciso en su lenguaje y estos adjetivos describen con rigor la naturaleza del que no cree en nada y, criticando todo, pierde su ideal y su carácter noble. Pero tampoco se le escapa que hay algo extrañamente atractivo en estos destructores, algo cautivador y sugestivo en esos negadores absolutos, por eso les llama “seductores”. Mucho más adelante, muy avanzada ya la Cuarta parte de esta obra, hay una importante referencia a este tipo de hombre: “Y no los guías que sacan del peligro son los que más os agradan, sino los que sacan fuera de todos los caminos, los seductores” (Nietzsche 1883-1885, p. 402; KSA, 4, 376).

 

Finalmente, Zaratustra y el pueblo, completan el reparto de este drama. Zaratustra es, al principio al menos, un espectador más. También lo es el resto del pueblo, la muchedumbre (9), que actúa como masa y con la cobardía de la masa: todos se retiran y se apartan, sobre todo de allí “donde el cuerpo tenía que caer”; “el mercado y el pueblo parecían el mar cuando la tempestad avanza” … La multitud se repliega, retrocede, se encoge ante el peligro y elude encararlo. Sólo Zaratustra permanece inmóvil y cuando el cuerpo cae a su lado deja de ser un espectador y se convierte en protagonista activo del drama: el único que asiste al moribundo y lo consuela. Y promete “enterrarlo con sus propias manos”.

 

 

2.3. Tonalidades afectivas y pasiones trágicas

 

Los siguientes cuatro parágrafos que completan el prólogo completan también la trama de la tragedia, que, como toda tragedia, no se resuelve definitivamente. En todo caso, la acción no termina con la muerte del funámbulo: después de ese acontecimiento desgraciado, Zaratustra cumple su palabra y continúa su marcha. Entonces se produce el hallazgo de una nueva verdad. Pero todo se desarrolla bajo una luz precisa, como si la tonalidad de cada una de las partes del día acompañara también a una tonalidad afectiva y anímica. El atardecer, la noche, el alba y el mediodía son las luces de los cuatro parágrafos que terminan el Prólogo.

 

Por lo pronto la tarde comienza ya a caer. La hora de la sombra más larga, la hora del recuento y de la tentación de la melancolía se cierne sobre Zaratustra y el parágrafo 7 lo describe sentado junto al cadáver y sumido en graves pensamientos que no ocultan el componente luctuoso de la existencia: “Siniestra es la existencia humana y carente de sentido: un bufón puede convertirse para ella en una fatalidad” (10). Y a eso añade la constatación de su soledad: con ironía realiza el balance de su primera jornada entre los hombres, en la que no se ha hecho con uno solo de ellos: un cadáver es todo lo que su “pesca” se ha cobrado y un profundo malentendido con los vivos (11).

 

El día sigue su curso y al atardecer sigue la noche Zaratustra carga el cadáver sobre sus espaldas y se dispone a darle sepultura fuera de la ciudad, pero antes de eso se suceden tres encuentros: el primero con el bufón, que se le acerca a hurtadillas y le aconseja que abandone la ciudad (12). El segundo, al atravesar las puertas de la ciudad, con los sepultureros, que se ríen de él y se jactan de no tener que enterrar el cadáver que transporta Zaratustra. El último encuentro tiene lugar con un anciano eremita al que pide algo de comida y del que obtiene un poco de pan y vino acompañados de bastante indiferencia. Toda la noche vela Zaratustra y, cuando la mañana empieza a despuntar, coloca el cadáver en un árbol hueco, al abrigo de los lobos y sólo entonces se dispone a dormir: “cansado el cuerpo, pero serena el alma” (Nietzsche 1883-1885, Prólogo, parág. 8, pp. 43-44; KSA, 4, 24-25).

 

Entrada ya de lleno la mañana, despierta Zaratustra. A plena luz del día una nueva verdad viene hasta él: ni rebaños, ni cadáveres constituirán en adelante el objeto de su búsqueda. “Compañeros de viaje” es lo que necesita. Zaratustra se despide de su antiguo compañero muerto y da la bienvenida a esa nueva verdad. Todo el parágrafo 9 constituye un elogio de la amistad (13), de la relación plena y entre iguales. Ni los esclavos ni los tiranos son capaces de amistad (Nietzsche 1883-1885, I “Del amigo”, p. 93; KSA, 4, 72); ni siquiera el discípulo, si permanece siempre así y no llega a convertirse en maestro de sí mismo ((Nietzsche 1883-1885, I “De la virtud que hace regalos”, parág. 3, pp. 122-123; KSA, 4, 101-102). Tampoco los compasivos son capaces de amistad: cuando Zaratustra se refiere al trato con los otros, no se refiere al prójimo, sino al amigo (14).

 

Pero la hora avanza y culmina en el radiante mediodía. En este momento, “el de la sombra más corta”, cuando parecen no tener cabida los pensamientos lúgubres y oscuros porque la luz es plena y disipa las sombras, tiene lugar también una tonalidad afectiva luminosa: un buen humor. Los animales que Zaratustra vislumbra en el cielo (el águila y la serpiente anudada a su cuello) constituyen también un buen augurio. La voluntad y la inteligencia, el orgullo y el buen juicio unidos. Entonces Zaratustra solicita con ironía a su voluntad (su orgullo) que nunca lo abandone, aunque la inteligencia y el juicio alguna vez se ausenten. Tal voluntad y orgullo no parecen tener nada que ver con la soberbia ni con la vanidad, sino con el valor, el ánimo, la valentía: esa es la mejor respuesta frente al miedo.

 

Así culmina Zaratustra su primer contacto con los hombres, invirtiendo las dos pasiones trágicas presentes en el parágrafo 6 que hemos comentado: la compasión y el miedo. Una y otro serán sustituidos por esos otros sentimientos: la amistad y el valor. El Prólogo termina aquí y con este final, “comienza también el ocaso de Zaratustra” (Nietzsche 1883-1885, Prólogo, parág. 10, p. 46; KSA, 4, 28).

 

 

3. Conclusiones

 

Para terminar estas reflexiones conviene resumir la respuesta de Nietzsche a las posiciones respectivas de Schopenhauer y Aristóteles, recogidas de manera especial en tres de sus escritos: El nacimiento de la tragedia, El crepúsculo de los ídolos y Ecce homo. Dadas las restricciones de tiempo sólo me referiré a la segunda.

 

Nietzsche reconoce el acierto de su primera obra que, pese a todos los inconvenientes de una obra de juventud, adivinó en la “psicología del orgiasmo”, en el “desbordante sentimiento de vida y de fuerza”, el verdadero origen de la tragedia y de lo trágico, malentendidos tanto por Aristóteles como por el pesimismo. El siguiente parágrafo de El crepúsculo de los ídolos (25) lo resume perfectamente:

 

“El decir sí a la vida incluso en sus problemas más extraños y duros; la voluntad de vida, regocijándose de su propia inagotabilidad al sacrificar a sus tipos más altos, -a eso fue a lo que yo llamé dionisíaco, eso fue lo que yo adiviné como puente que lleva a la psicología del poeta trágico. No para desembarazarse del espanto y la compasión, no para purificarse de un afecto peligroso mediante una vehemente descarga del mismo –así lo entendió Aristóteles-: sino para, más allá del espanto y la compasión, ser nosotros mismos el eterno placer del devenir, ese placer que incluye en sí también el placer del destruir…” (Nietzsche 1889a, parág. 5, pp. 135-136; KSA, 6, 160).

 

La primera parte del texto es una refutación del pesimismo y se dirige contra Schopenhauer: “el decir sí a la vida”, “la voluntad de vida” que es suficientemente rica como para “sacrificar a sus tipos más altos” y que no retrocede ante lo extraño y lo difícil, incluso ante la crueldad y la dureza; todo eso contrasta con una concepción de la tragedia que, al contrario, considera que la vida no merece nuestro apego y debe conducir a la resignación.

 

La segunda parte constituye una refutación de Aristóteles. Según este último, las obras trágicas tienen como resultado una purificación de dos afectos peligrosos, la compasión y el miedo, mediante la excitación de los mismos producida en la obra de arte; pero Nietzsche lo niega y a su juicio, más allá del “espanto y la compasión”, la tragedia nos coloca en línea con la vida y prolonga en nosotros el doble movimiento de la vida: “el placer del devenir”, que incluye en sí también “el placer de destruir”.

 

En Ecce homo, la última obra antes de producirse la catástrofe, Nietzsche recoge este pensamiento cuando reflexiona sobre su obra primera y reproduce textualmente el párrafo citado. Y añade que aquella primera obra sobre el arte trágico le permitió ahondar en la psicología de la tragedia, le permitió “una transposición de lo dionisíaco a un pathos filosófico” y encontrar el camino hasta una “sabiduría trágica”, es decir, hasta una filosofía trágica (Nietzsche 1889b, parág. 3, pp. 70-71; KSA, 6, 312).

 

 

 

Ávila Crespo, Remedios
"El funámbulo. Claves nietzscheanas para una filosofía de la tragedia", Ensayos de Filosofía, nº 7, 2018, semestre 1, artículo 2
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