Ensayos de Filosofía
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 Número 7, 2018, semestre 1, artículo 9
 
Publicado 22 marzo 2018


Resumen

Se cuestiona el papel de los partidos políticos en las sociedades democráticas y su creciente responsabilidad en la alienación y pérdida de valores de los ciudadanos. Se sugieren soluciones para que las agrupaciones políticas dejen de ser el hilo conductor entre los votantes y el poder legislativo y el gubernamental.


Temas

contrato social

democracia

Estado

ética

transición política



Bibliografía

Aristóteles
2000 Política. Madrid, Alianza Editorial.

 

Goodwin, B.
1987 El uso de las ideas políticas. Barcelona, Península, 1997.

 

Hegel, G. W. F.
1830 Lecciones sobre la filosofía de la historia universal. Madrid, Alianza Universidad, 1997.

 

Mill, J. S.
1859 Sobre la libertad. Madrid, Alianza Editorial, 1999.

 

Moro, Th.
1516 Utopía. Madrid, Alianza Editorial, 1997.

 

Platón
1997 La República. Madrid, Alianza Editorial.

 

Rousseau, J.-J.
1762 Del contrato social. Madrid, Alianza Editorial, 1996.

 

Kant, E.
1795 Sobre la paz perpetua. Madrid, Akal, 2012

¿Democracia?

1. Justificación del ensayo

 

Últimamente estoy preocupado y perplejo pues cada vez que inocentemente me aproximo a algún medio de comunicación, en el que se esté debatiendo algún tema político, escucho, insistentemente y sin que venga a cuento, la palabra democracia, procedente, de alguno de los participantes, sea político, profesional tertuliano o ciudadano de a pie.

 

Esta conducta puede obedecer a varias causas: a que no saben lo que el nombre significa, para auto convencerse de que son demócratas, porque el sustantivo ha perdido su significado y se utiliza de forma indiscriminada, simplemente, como un adjetivo tal como: soy alto, soy feo, soy gordo o tal vez porque al usarla, sin ton ni son, desarrollamos un mecanismo de defensa con la vana pretensión de protegerla y anclarla en nuestras conciencias, temerosos del vacío que dejaría en las mismas si no pudiésemos ya contar con la “mítica” democracia a la que los políticos, a grandes dosis, nos han acostumbrado y empezásemos a sufrir su carencia.

 

Todo ello trasluce la existencia de algún problema mal resuelto, no solamente con el término en sí, sino con la forma como hemos integrado el concepto político de democracia en nuestra vida cotidiana.

 

Considerándome un lego en materias políticas y en las distintas formas de democracia, he intentado que autores clásicos, modernos y contemporáneos como Platón, Aristóteles, Moro, Rousseau, Kant, Goodwin me ilustrasen a través de sus obras políticas más significativas. La conclusión más importante que me han permitido entrever es que a lo largo de los siglos todos los sistemas y regímenes han sido probados y que los únicos que perduran, después de que los otros han fracasado, son los que se apoyan en dos grandes principios: la consecución del bien común y la participación activa en su logro por parte de unos ciudadanos que sitúen los objetivos colectivos por encima de los individuales, ya que el calibre de estos ciudadanos es según J. S. Mill la característica más importante de un sistema político.

 

J.-J. Rousseau apunta en esta línea cuando en El contrato social se compromete a buscar y atacar las causas políticas del mal, al concluir que estas no obedecen tanto a la naturaleza del ser humano como al hombre mal gobernado.

 

 

2. Problemas capitales a los que se enfrenta la democracia en la contemporaneidad

 

Si analizásemos la raíz de los problemas a los que se enfrenta la democracia y sus posibles soluciones tal vez llegaríamos a la conclusión de que nos enfrentamos a dos principios básicos: por un lado, el mal papel que han jugado los partidos políticos y, por el otro la dócil actitud de los ciudadanos.

 

Como decía Aristóteles en su obra La política: "existe más de una democracia" y tal vez nuestro error ha consistido en no saber interpretar que los distintos tipos de democracia a las que se refería Aristóteles, se diferenciaban, exclusivamente, en la forma de llevarlas a término.

 

Mi opinión es que en nuestra democracia la decisión de utilizar a los partidos políticos como hilo conductor entre los deseos de los ciudadanos y la consecución del bien común, ha demostrado ser inapropiada, pues aquellos han antepuesto su incremento de bienestar y felicidad al de los ciudadanos.

 

Ello ha ocasionado que ninguno de los dos principales causantes del problema: los políticos y los ciudadanos hayan sido capaces de reconocer su responsabilidad ni de aportar soluciones, llegando a un punto cíclico (una especie de “eterno retorno” en palabras de Nietzsche) en el que los políticos han continuado enfrascados en sus luchas por el poder, mientras que los ciudadanos han optado por aceptar, sin rechistar, el statu quo actual. En lugar de tomar medidas que ayudasen a revertir la situación, han preferido desengañarse de la política y mantenerse en un estado de eterna alienación dando por válida la aseveración de W. Churchill de que “el sistema democrático es el peor de los sistemas políticos, a excepción de todos los demás”. Esta manifestación los ha llevado a la conclusión de que el sistema no era mejorable, lo cual ha propiciado que fuesen los partidos políticos los que continuasen tomando las iniciativas.

 

No podemos obviar la influencia que en todo este proceso ha tenido nuestra evolución como especie, ya que durante la misma se ha producido un desfase entre la progresión del nivel de inteligencia del individuo y su nivel ético/moral en detrimento de este último.

 

El resultado ha sido que la sociedad ha conseguido una mejora de su bienestar físico, gracias a su capacidad de desarrollar nuevas tecnologías, sin que, desafortunadamente, el progreso moral haya seguido un rumbo paralelo.

 

Esta desviación o pérdida de valores éticos es clave para analizar su efecto sobre la convivencia y el efecto pernicioso que ha causado en la forma como han evolucionado nuestras organizaciones políticas; simplemente es algo que ha sucedido sin darnos cuenta y frente a lo cual no hemos sabido cómo reaccionar para enfrentarnos y dar solución a los problemas políticos que se han sucedido. Hemos preferido confiar en que el papá Estado los solucionase sin que nosotros tuviéramos que preocuparnos en demasía. Nos hemos cobijado en la libertad positiva de la que hablaba I. Berlín y no en su preconizada libertad negativa, ya que esta nos exigía utilizar unos valores y niveles personales de coraje que nunca habíamos tenido o que habíamos dilapidado.

 

Tal vez ha llegado el momento de ser honestos y dejar de culpar a los otros de nuestros fracasos y empezar a aceptar que la única solución duradera como individuos y como sociedad debemos buscarla en nosotros mismos.

 

 

3. Cuestiones que deberían plantearse los ciudadanos

 

Para conservar la dignidad de los ciudadanos “de a pie” (a los que los partidos políticos consideran, “exclusivamente”, relevantes en el momento de votar, se nos debería permitir debatir y hacer preguntas tales como: ¿por qué se están desinteresando los ciudadanos de la política?, ¿por qué los políticos no son capaces de solucionar nuestros problemas reales, aumentar el bien común y la felicidad de la comunidad?, ¿por qué muchas personas capaces de aportar capacidad de gestión e ideas, se desilusionan y alejan del mundo de la política y esta se convierte, en muchas ocasiones, en una profesión para que algunos puedan medrar a costa de, simplemente, obedecer las consignas del partido al que pertenecen?, ¿vivimos realmente en alguna de las formas de democracia en las que la prioridad debería ser la de aumentar el bienestar de la sociedad?

 

¿Es que acaso debemos aceptar, como si se tratase de un axioma que los partidos políticos son un vínculo imprescindible entre los ciudadanos y la sociedad? ¿No será que con sus dulces trinos arrastran a una mansa muchedumbre por los derroteros que más les convienen? ¿Es que nunca podremos superar la dicotomía derechas e izquierdas, cuando muchos de nosotros nos situamos en el término medio que transcurre, indistintamente, entre ambas tendencias, sabedores de que finalmente tienden a coincidir en un mismo punto? ¿Es que los ciudadanos debemos asistir impasibles a la guerra encarnizada entre los partidos políticos cuya única obsesión es alcanzar el poder sin valorar, por su parte, el coste para la sociedad que confiadamente permanece a la espera de que sus promesas electorales se cumplan? ¿debemos continuar jugando el papel secundario que nos han otorgado y esperar, tranquilamente, que cada x tiempo se nos pida nuestro voto?

 

Tengo la sensación de que los partidos políticos, de idéntica forma a lo que sucede en el mundo empresarial, en donde se toman decisiones para maximizar los resultados a corto plazo, son sabedores del impacto negativo que estas decisiones ocasionarán en el largo plazo.

 

Nuestros partidos políticos son conscientes del daño que ocasionarán estas políticas, pero sus efectos no les preocupan pues a medio plazo -plazo existente entre una convocatoria de elecciones y otra- el partido gobernante será probablemente sustituido por el partido adversario y al perdedor no le preocupa que su sucesor tenga que lidiar con la negatividad que le deja en forma de herencia envenenada. Pues se pone en práctica el dicho español de: ¡el que venga a continuación que lo arregle!

 

¿Cuántas veces no hemos visto como proyectos que han ocupado toda una legislatura, por ejemplo en la búsqueda y diseño de un sistema educativo, con el vano intento de conseguir que la educación pasase a ser un tema de estado y se situase más allá de las discusiones políticas han acabado en la papelera, por el simple hecho de que las elecciones las ha ganado el partido de la oposición, el cual no se ha planteado la discusión sobre la calidad o no del proyecto sino que simplemente ha utilizado sus votos en el Parlamento para mandarlo, sin ninguna consideración, al baúl de los recuerdos?

 

Como hemos resaltado anteriormente existe una lucha fratricida entre partidos políticos. Cualquier decisión o comentario de uno de ellos recibe la respuesta airada del otro, sin tener en cuenta el efecto sobre los ciudadanos, desvaneciéndose con ello, cualquier tipo de colaboración y de posibilidad de lealtades políticas.

 

Sería demasiado simple el intentar solucionar nuestros problemas políticos analizando y valorando, exclusivamente, el papel que han jugado los partidos políticos contentándonos con definir la mejor forma de estructurar políticamente la sociedad sino que es estrictamente necesario, como decíamos al principio, destacar el papel que los ciudadanos deseen y sean capaces de jugar en la política del país, pues en todas las esferas de la vida es absurdo aspirar a conseguir unos objetivos si los elementos humanos de los que se dispone no son los apropiados o no están dispuestos a emprender la tarea que les pueda ser encomendada.

 

 

4. Propuestas y procedimientos para sustituir a los partidos políticos

 

Nuestra propuesta se basa en modificar la forma de elección de los miembros del poder legislativo y del poder ejecutivo, intentando eliminar el papel que los partidos políticos han jugado hasta la fecha, dejando que el poder judicial tenga la libertad de organizarse sin la intervención de los otros poderes.

 

Una de las formas para conseguir superar el sistema actual de partidos políticos y conseguir que los ciudadanos se acerquen e impliquen en las instituciones consistiría en hacer una elección directa de los parlamentarios y la externalización de la búsqueda del mejor candidato a presidente del Parlamento y a presidente de Gobierno, para que a continuación este, a su vez, elija entre los diputados a su equipo de gobierno.

 

En cada circunscripción deberían presentarse los ciudadanos que lo deseasen y que se considerasen preparados para convertirse en parlamentarios de la nación. Estos candidatos deberían pasar unas pruebas de aptitud, previas a las votaciones para evidenciar si serían capaces de desarrollar su nueva función. Durante sus exámenes no estaría permitido preguntarles por su ideología política (pues se trata de desideologizar al Parlamento ya que su inclinación política forma parte de sus creencias privadas y no de su vida pública) de la misma forma que los jueces son capaces de redactar sentencias ajustadas a derecho sin que su ideología influya en las mismas.

 

Un ejemplo de que nuestras opiniones privadas no deben afectar, necesariamente, nuestras decisiones colectivas, es el del mundo empresarial en el que conviven, en todos los niveles de la organización, personas con ideologías dispares, organizadas alrededor de unos objetivos comunes, sin que ello les impida tomar decisiones que favorecen al conjunto de la empresa y al bienestar de todos sus componentes.

 

A continuación, se procedería a la elección de los parlamentarios, sin modificar el número actual por circunscripción. En este caso la ley d'Hondt no influiría en los resultados pues los candidatos no representarían a ningún partido político sino directamente a los ciudadanos de su circunscripción, a los que deberían rendir cuentas por como desarrollen su gestión futura.

 

Una vez constituido el Parlamento, los diputados procederían a la elección del presidente del Parlamento entre los candidatos diputados que opten a este cargo (asimismo y previamente, será necesario someterse a un examen de aptitud externalizado). Todo el proceso descrito para la elección de la cámara baja contará con la colaboración técnica de los letrados del Parlamento, de manera similar a la ayuda jurídica que se presta a los componentes de un jurado popular.

 

Llegados a este punto faltaría elegir al que durante los siguientes años será el presidente del Gobierno y a continuación, este a su vez a su equipo de ministros, los cuales deberán ser miembros del Parlamento para tener opción a ser designados.

 

Debido a la naturaleza de la persona que se debe elegir y a las capacidades éticas y técnicas, que estrictamente debe poseer para el desarrollo de sus funciones, no se puede dejar su elección en manos de los parlamentarios y sí externalizar nuevamente la valoración de los mejores candidatos.

 

La empresa elegida para efectuar la selección presentará al Parlamento a los que considere mejores candidatos entre los que se hayan optado al puesto, a los que insistimos no se habrá consultado su ideología. El designado finalmente por el Parlamento será el encargado de formar gobierno entre los 350 parlamentarios a los que elegirá par ser ministros, prescindiendo de la ideología de estos, pero prestando una máxima atención a sus valores técnicos y éticos.

 

El presidente del Gobierno deberá prestar especial atención a la manera como los valores individuales de cada ministro pueden complementar y aumentar la efectividad del futuro gobierno.

 

Este gobierno deberá ser capaz de mejorar el bien común y la eudemonía por extraño y difícil que parezca, pues el gobierno en su conjunto puede aportar mayor efectividad y calidad que la suma del valor individual de sus componentes.

 

Es más que probable que el presidente elegido esté alejado de la figura del rey filósofo que denodada e infructuosamente buscaba Platón, pero ello no es óbice para que consiga aglutinar y elegir un conglomerado de ciudadanos que conformen entre todos la “naturaleza excepcional”, que Platón pretendía encontrar en una sola persona. Este comité de gobierno estaría como en la actualidad controlado por el Parlamento, con “un sometimiento total al imperio de la ley”.

 

Los ministros deberán firmar, de la misma forma que prometen o juran la constitución, la aceptación del plan de gobierno. Estos, lógicamente, podrán dar su opinión y debatirla en los consejos, pero no deberá permitirse que ningún ministerio se convierta en un reino de taifas, en la que el ministro reporte por una parte al presidente del gobierno y por otro propio, de forma solapada, a un ideólogo próximo a sus ideas personales como se hace en la actualidad. Este es uno de los motivos por los que nunca han funcionado los gobiernos bi- o tripartitos, pues las decisiones de un presidente de gobierno de un partido chocan con las ideas de un ministro afín a otro partido que obedece a su jefe de filas frente a su presidente de gobierno.

 

 

5. Ventajas del sistema de elección de cargos públicos propuesto

 

Una de las justificaciones al procedimiento de elección anteriormente expuesto y a la eliminación de los partidos políticos, es que no nos podemos permitir el lujo de continuar gastando energías y recursos públicos en sempiternas discusiones entre partidos, cuyo único objetivo, como he señalado anteriormente, es alcanzar el poder, perpetuarse en él y marginalmente ocuparse, en época de elecciones, de hacer promesas falsas sobre el futuro bienestar de los ciudadanos que de antemano, saben que no van a cumplir y destinar el resto del tiempo de mandato a transformar al Parlamento en una especie de reality show en el que valen todo tipo de improperios y zancadillas para doblegar a lo que ellos llaman oposición.

 

Con la forma de elección propuesta evitaríamos el que los partidos actuales continuaran tomando medidas de corte populista para no soliviantar a los ciudadanos y no perder votos, en lugar de involucrarse en otras de auténtico calado y efectividad a medio y a largo plazo basadas en la voluntad general (no entendida como la suma de las voluntades individuales sino la que contesta a la pregunta: ¿qué solución colectiva es la que mejora el bien común, a pesar de que, tal vez desde una perspectiva de presente, incomode a la población por falta de perspectiva global?

 

Otra de las ventajas es que conseguiríamos evitar el nombramiento y encumbramiento del político profesional, cuya única meta es la de agradar a su jefe de filas; no olvidemos que, tanto su presencia en las listas electorales como su permanencia en el escaño y por ende su salario dependen de este último. El político profesional siempre tiene presente una máxima que guía sus actos y es que fuera de las listas electorales de los partidos políticos hace mucho frío, sobre todo para los que más allá de la política no tienen ni oficio ni beneficio. Muchos de estos pseudo políticos saben que, al no haber estado nunca en nómina de ninguna empresa privada, tienen muy difícil encontrar un trabajo en el que mínimamente puedan mantener su retribución y prebendas actuales.

 

Asimismo, más a menudo de lo deseado, evitaríamos presenciar la patética imagen, de cómo en el momento de votar una determinada proposición, el portavoz de cada uno de los partidos designado para esta honrosa y difícil tarea, levanta uno o dos dedos de su candorosa mano indicando con ello el sentido del voto, que los parlamentarios de su grupo deben perentoriamente obedecer, sin tener en cuenta que tal vez muchos, en su fuero interno, están en desacuerdo con el sentido del voto que se les exige.

 

Otra de las ventajas del nuevo sistema propuesto estribaría en el hecho de que personas de mucha valía personal y profesional, actualmente alejadas de la política, se volverían a aproximar a la misma con una vocación de servicio público, dispuestos a ofrecer sus ideas y capacidades a la comunidad, durante un corto periodo de sus vidas. Esta actuación de los ciudadanos directa y temporalmente en la política del Parlamento o del poder legislativo debería considerarse como un servicio al país y debería encontrarse alguna forma de agradecimiento y ayuda para que su retorno a su vida profesional previa no les resultase gravosa.

 

Algunas críticas, a las que, a no dudar, la puesta en práctica de estas sugerencias debería enfrentarse, aflorarían desde dentro de las filas de los partidos políticos actuales y de sus defensores desde los medios de comunicación afectos. Probablemente aducirían que la propuesta que exponemos es pura utopía y que su implementación nos conduciría, indefectiblemente, a una dictadura o a un fascismo y con ello al fracaso. Seguramente mantendrían que las características de la naturaleza humana harían inevitable, que los individuos con ideologías afines tendiesen nuevamente a agruparse, lo cual conllevaría una vuelta a los inicios y por ende conduciría al fracaso de las modificaciones propuestas Estos críticos están genéticamente convencidos de que la ausencia de partidos políticos hace que la democracia se convierta en algo no plausible.

 

Es lamentable, pero debemos aceptar que las buenas intenciones, normalmente, no son suficientes para implementar ideas, por prometedoras que estas sean y que a veces deben ir acompañadas de una fuerza coercitiva que impida la coacción de ciertos políticos, de dudosas intenciones, cuyas acciones si no se corrigen no permiten -como se ha demostrado a lo largo de nuestra historia democrática- que nada avance y no se alcancen los objetivos individuales y colectivos previstos.

 

La solución para evitar que los partidos apareciesen de nuevo consistiría en que el Estado de derecho pudiese tomar medidas que desanimasen estos reagrupamientos por ideologías. Para ello debería otorgarse poder suficiente al presidente del Gobierno y al del Parlamento a fin de que los ministros y diputados que antepongan una ideología al desarrollo de las funciones colectivas y al programa del gobierno, para el desarrollo del cual han sido elegidos, supiesen de antemano que serían cesados de sus cargos, en aras a favorecer la cohesión alejándonos del cáncer que en forma de partidos políticos contamina de forma ladina a la democracia.

 

 

6. Conclusiones y argumentos finales

 

Como conclusión insistiremos en que si como sociedad no tomamos medidas e intentamos adaptar el sistema democrático a posiciones que lo conviertan en más eficiente, nos aproximaremos al vacío, la alienación de los ciudadanos será creciente y se acelerará nuestra pérdida de dignidad como animales cívicos -en opinión de Aristóteles- la cual podríamos transformar en animales políticos no domesticados, que el filósofo probablemente aceptaría de buen grado.

 

Habrá quien, desgraciadamente, interprete estas palabras como una llamada al apocalipsis, pero si no reaccionamos, la democracia devendrá, a buen seguro una oclocracia (ciclo maldito de la democracia caracterizada por el gobierno de la muchedumbre -masa según Ortega y Gasset- entendida como aquel sector de la sociedad que sumida en la ignorancia se mueve por sentimientos elementales y emociones irracionales).

 

Parte de las críticas a este ensayo insistirán en que cualquier sistema político que se precie no puede prescindir no solamente, como hemos destacado anteriormente, de los partidos políticos sino tampoco de las sempiternas ideologías.

 

Nuestro argumento a este respecto es que cada día es más evidente que los dos grandes partidos españoles PP y PSOE, por más que en público les cueste reconocerlo, difieren muy poco en la parte de sus ideologías que se pueden realmente aplicar ya que, en el momento en el que alcanzan el poder, ambos saben que deberán olvidarse de sus soflamas utópicas, alejadas de toda verosimilitud, ya que “accidentalmente” olvidan que los recursos son limitados. Ya no les queda más remedio que adaptar sus sueños ideológicos a la realidad.

 

El deseo de mantener ideologías insanas, para poner en práctica políticas que han fracasado a lo largo de la historia, solo se vislumbra en los partidos populistas cuyo único objetivo a corto plazo es el de conseguir que el país vaya mal, para a medio plazo alcanzar el poder y desarrollar a continuación políticas totalitarias que les perpetúen, sin importarles la pérdida de bien colectivo y el sufrimiento de la población.

 

No quisiera concluir este ensayo sin evocar una vez más a los ciudadanos, pues si queremos mejorar nuestra sociedad a través de la política debemos rememorar y potenciar los valores colectivos potencialmente característicos de nuestra especie, los cuales estuvieron vigentes en mayor o menor medida durante la época de la Grecia clásica: amistad, madurez, templanza, juicio, control de las emociones, sabiduría, justicia, valentía…

 

Estos valores, a pesar de la torta duración de aquella cultura y de los vaivenes a los que fue sometida, fueron la base que permitió que la democracia brillase con su máximo esplendor.

 

Pensadores como Kant en el siglo XVIII creyeron, inocentemente, que el uso de la razón, por parte de los seres humanos, sería la solución y conllevaría la eliminación de conflictos (ver su obra La paz perpetua) pero esta confianza se ha demostrado como vana ya que la razón yace en el limbo con nulas esperanzas de que un día la racionalidad sea capaz de guiar nuestras acciones, puesto que esta exige a los individuos un esfuerzo que no están dispuestos a aportar.

 

La historia ha demostrado que el ser humano solo actúa de acuerdo con los principios de racionalidad kantiana en los momentos en los que sus reacciones son instintivas y no utiliza su inteligencia y capacidad de discernimiento para decidir qué es lo más provechoso para él a nivel individual. Son los únicos momentos en los que sus decisiones están más próximas a aportar algo a la colectividad.

 

Tal vez deberíamos mantener un halo de luz y confiar en que en épocas venideras el ser humano sufra un cambio importante en su proceso evolutivo y podamos enterrar el pensamiento hobbesano de que el “hombre es un lobo para el hombre”, con el deseo de que finalmente ocupe, por méritos propios, el papel central de una democracia consolidada.

 

Hasta que este momento llegue, la única manera de que el hombre del Leviatán se aproxime paulatinamente a la racionalidad colectiva y deje de actuar como un lobo, deberá aceptar someterse al imperio de la Ley a fin de poder implementar la voluntad general de Rousseau en todos los aspectos de su vida política y con ello mejorar el bien común y la felicidad de los ciudadanos.

 

¿Se les ocurren otras alternativas para sobrevivir y avanzar políticamente o debemos vernos obligados a aceptar nuestro fracaso y admitir como decía Kant, que la solución está en una caja fuerte y que la llave capaz de abrirla está dentro de la misma?

 

 

 

Roig Roura, Juan
"¿Democracia?", Ensayos de Filosofía, nº 7, 2018, semestre 1, artículo 9
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