Ensayos de Filosofía
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 Número 11, 2020, semestre 1, artículo 8
 
Publicado 04 abril 2020


Resumen

Influencia del espacio en la percepción de nuestros hechos psíquicos. Nuestra conciencia introduce la sucesión en las cosas, y las cosas exteriorizan nuestros momentos unos de otros. Negamos la libertad cuando confundimos tiempo y espacio. El yo como causa libre en tiempo que transcurre.


Temas

conciencia

espacio

libertad

tiempo



Bibliografía

Bergso, Henri

1927 Ensayo sobre los datos inmediatos de la conciencia. Salamanca, Sigueme, 2006.

Bergson. Tiempo transcurrido y tiempo que transcurre

Influencia del espacio en la percepción de nuestros hechos psíquicos

 

Bergson ve el espacio como un medio homogéneo que separa las cosas, y el tiempo como un medio heterogéneo en el que unas cosas se penetran a otros. Para Bergson, igualar tiempo y espacio como medios homogéneos, lleva a negar la libertad, como hacen los deterministas, o plantearla fuera de este mundo, como hiciera Kant. El tiempo transcurrido si puede representarse como el espacio, pero no el tiempo que transcurre, en el que se produce el acto libre.

 

Para Kant tiempo y espacio son formas a priori de la sensibilidad por las que conocemos las cosas. Pero Bergson considera que existe una cierta realimentación en este proceso, y que la materia va a condicionar como nos captamos a nosotros mismos. Cómo percibimos el espacio, que es un elemento cuantitativo, va a determinar cómo percibimos los hecho psíquicos, que son elementos cualitativos. Nuestra percepción de la intensidad de los hechos psíquicos, la duración o la libertad va a ser una percepción influida por cómo percibimos el espacio.

 

Para Bergson, Kant se equivoca cuando considera dos tipos de cantidad, una extensiva y una intensiva. La intensidad de los hechos psíquicos es un elemento cualitativo, aunque venga influenciada por una magnitud cuantitativa, que es la que la provoca. La cantidad extensiva, el número, requiere primero de la intuición de un elemento homogéneo (el espacio) en el que las cosas permanecen externas unas a otras, y pueden ordenarse. 

 

 

Nuestra conciencia introduce la sucesión en las cosas, y las cosas exteriorizan nuestros momentos unos de otros

 

La duración es un elemento cualitativo. Los momentos de la duración interna no son exteriores unos a otros. Fuera de nosotros, solo existe el presente, la simultaneidad. Las cosas exteriores cambian, pero sólo se suceden para una memoria que se acuerda de ellos. Así, en la conciencia encontramos estados que se suceden sin distinguirse, y en el espacio simultaneidades que sin sucederse se distinguen. Nuestra conciencia introduce la sucesión en las cosas, inversamente las cosas exteriorizan unos respectos de otros los momentos sucesivos de nuestra duración interna. Hacemos durar las cosas como nosotros, poniendo el tiempo en el espacio. Tenemos momentos diferenciados porque trasladamos el espacio al tiempo.

 

El tiempo mensurable es espacio en cuanto que homogeneidad, y duración en tanto que sucesión. En los fenómenos internos, cuando se trata de fenómenos ya ocurridos, es posible para explicarlos separarlos y desplegados en un tiempo homogéneo pero cuando están ocurriendo, constituyen por su penetración mutua el desarrollo continuo de la persona libre. La duración es así una multiplicidad cualitativa, una heterogeneidad de elementos que se funden unos con otros. 

 

 

Negamos la libertad cuando confundimos tiempo y espacio

 

Preguntarnos si un acto puede estar determinado si conocemos sus condiciones por anticipado es tratar la duración como una cosa homogénea, y las intensidades como magnitudes. Negamos la libertad cuando confundimos tiempo y espacio, cuando pedimos al espacio una representación del tiempo, confundiendo sucesión y simultaneidad.

 

Cuesta más resolver el impacto del espacio sobre la conciencia que el de la subjetividad sobre la física porque esa solidificación nos permite darles nombres estables a los estados, a pesar de su penetración mutua. Tenemos por tanto dos yoes, el interior y su proyección exterior, su representación espacial y social.

 

Por reflexión captamos nuestros estados internos como seres vivientes, siempre en vía de formación, estados que se penetran unos a otros y cuya sucesión en la duración no es una yuxtaposición. Pero los momentos en los que nos captamos así son raros, y por eso raramente somos libres. La mayor parte del tiempo vivimos exteriormente a nosotros mismos. No percibimos nuestro yo sino la sombra que la pura duración proyecta en el espacio homogéneo. Nuestra existencia se desarrolla así más en el espacio que en el tiempo. Vivimos más en el mundo exterior que para nosotros. Obrar libremente es recobrar la posesión de sí, situarse de nuevo en la pura duración

 

Para Bergson, el error de Kant ha sido tomar el tiempo por un medio homogéneo. La duración real se compone de momentos unos interiores a otros. Cuando tiene la forma de un todo homogéneo es que se está expresando como espacio. Confundir tiempo y espacio supone confundir la representación simbólica del yo con el yo mismo.

 

Kant consideró que la conciencia percibía los hechos psicológicos por yuxtaposición. Los mismos estados pueden entonces reproducirse en la conciencia y el mundo físico, y la causalidad juega el en ambos mundos. Según esto, la libertad es entonces incomprensible, Pero como Kant cree en la libertad, la eleva entonces a la altura del noúmeno. Al confundir duración y espacio, y ese yo era extraño al espacio, no le quedó otra opción que hacerlo inaccesible al conocimiento.

 

Pero nosotros conocemos ese yo por reflexión cuando entramos en nosotros mismos. Aunque habitualmente vivimos de cara al exterior, siempre podemos situarnos en la pura duración, donde los momentos son interiores unos a otros, y donde una causa no podría reproducir su efecto porque no podría reproducirse ella misma.

 

Kant imagina el fenómeno como la refracción de las cosas en sí a través del tiempo y el espacio. El fenómeno es lo que la conciencia percibe, diferente de las cosas exteriores. El tiempo y el espacio se hallarían tanto dentro como fuera de nosotros. Esta distinción fuera y dentro sería obra del tiempo y el espacio. Los fenómenos serían así cognoscibles, que es una de las preguntas a las que Kant quería dar respuesta: ¿Qué puedo saber?

 

Distinguimos entonces entre materia y forma del conocimiento. Entre lo homogéneo y lo heterogéneo. Si el tiempo fuera un medio homogéneo como el espacio, la ciencia tendría un dominio sobre él como sobre el espacio. Pero cómo hemos buscado demostrar, la duración escapa al conocimiento matemático. En una duración homogénea, los estados podrían presentarse de nuevo, la causalidad determinaría determinación necesaria, y toda libertad resultaría incomprensible. Esta es la conclusión de la razón pura. Pero en lugar de concluir que la duración real es heterogénea, Kant prefiere situar la libertad fuera del tiempo, y levantar una barrera entre el fenómeno y el noúmeno.

 

 

El yo como causa libre en el tiempo que transcurre

 

Pero Bergson plantea que los momentos en la conciencia se penetran en lugar de yuxtaponerse, formando una heterogeneidad en el interior de la cual la determinación necesaria no tiene sentido. El yo captado por la conciencia sería entonces una causa libre. Admitimos un espacio homogéneo diferente de la materia que lo llena, el cual es una forma de nuestra sensibilidad

 

La intuición del espacio homogéneo nos permite exteriorizar las conceptos unos respecto de otros, favoreciendo la objetividad de las cosas y el desarrollo del lenguaje. El yo entonces cae en la tentación de expresar sus estados internos e inestables con la claridad con la que distingue los objetos exteriores, sustituyendo la íntima penetración y la multiplicidad cualitativa de sus estados psíquicos por una pluralidad numérica de términos que se yuxtaponen y se expresan por palabras.

 

Entonces, en lugar de la duración heterogénea, cuyos momentos se penetran, tenemos un tiempo homogéneo, cuyos momentos se alinean en el espacio. En lugar de una vida interior inconmensurable con el lenguaje, tenemos un yo recomponible artificialmente, cuyos estados psíquicos se agregan como hacen las palabras. Intuición inmediata y pensamiento discursivo son lo mismo en la realidad, y el mecanicismo por el que nos explicamos nuestra conducta acabará por gobernarla. Nuestros estados psíquicos formarán así enlaces con el exterior, y poco a poco el automatismo recubrirá nuestra libertad.

 

Tanto deterministas como Kantianos consideran entonces que es posible reproducir estados psíquicos en el tiempo, estando estos sujetos a determinación causal al igual que los estados físicos. Al considerar que estos se yuxtaponen y presentan partes exteriores unas a otras, están tratando el tiempo como el espacio, confundiendo duración con extensión, sucesión con simultaneidad. Entonces solo queda negar la libertad, o situarla en el plano intemporal.

 

Pero entre negar la libertad o situarla en el plano intemporal, hay una tercera opción, que es fijarnos en la duración viva, en el momento de la decisión, difícilmente expresable con palabras. SI la decisión nos pareció libre, es porque la relación entre la acción y el estado del que salía no es expresable según una ley. No hay determinación, porque cuando está determinado es que se han dado todas las condiciones, y entonces estamos en la situación concreta no en su previsión.

 

Somos libres siempre que queramos entrar en nosotros mismos, pero esto ocurre pocas veces.

 

 

 

Palacios, Nicolás
"Bergson. Tiempo transcurrido y tiempo que transcurre", Ensayos de Filosofía, nº 11, 2020, semestre 1, artículo 8
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